Día: 22 agosto, 2017

En la rotonda

De verdad que son unos impresentables, le dije a Tomás. Mira que quedar para ver los fuegos en la rotonda…no había otro sitio peor. Antes subíamos al mirador, desde allí sí son bonitos, más que nada por el entorno. O nos sentábamos en la plaza con todo el mundo para verlos muy de cerca. Ahí también son bonitos.

Se encogió de hombros: qué manía tienes con que todo sea bonito. O zen. Qué más da si solo es un rato, los vemos y nos vamos.

Les había intentado convencer pero ellos que no,  que este año mejor desde allí, que se ven igual de bien y no tienen que mover el coche. Y ahí estaban, con los vecinos de las urbanizaciones de alrededor, subidos a la rotonda.  Jaime nos hizo un gesto con la mano, como si no le hubiéramos visto, si estaba el tío apoyado en la señal, ya el colmo.

Venga, venga, que llegáis tarde, que ya empiezan, pasad, pasad. Solo le faltó decir, como si estuvierais en vuestra propia rotonda. Ni que vivieran ahí y esa fuera su casa. Y Alicia haciéndose la entusiasmada, desde aquí se ven de cine,  nos hemos traído la silla de la piscina, ¿te quieres sentar?

Lo que me faltaba, sentarme en una silla de plástico en mitad de una rotonda. Se me ocurrió decir que por qué no nos íbamos mejor a la otra que al menos tiene árboles y no está tan llena de gente.
Si está vacía será por algo, no se ven tan bien como desde esta, te lo dijo yo, hazme caso, me lo tengo muy estudiado. Y Tomás, indiferente, nunca entra en discusiones por lo que él llama temas menores.

¿Os hemos contado que hace dos años, cuando alquilamos en ese edificio de la esquina, los vimos sentados desde el sofá?

Y tanto que nos lo habían contado. Y varias veces. Me estaba dando miedo que se hubieran llevado la bolsa nevera y sacaran un melón, eran más que capaces. Y los murciélagos que nos sobrevolaban las cabezas y los mosquitos y los autobuses que hacían el giro y pasaban rozándonos los pies y los niños plastas que no paraban de gritar sentados sobre los monopatines. Todo me estaba dando miedo, puesto en conjunto.

Entonces tuve esa sensación de irrealidad que tengo a veces, pensé, no me puede estar pasando esto, ¿qué hago subida a una rotonda enfrente de un Mercadona esperando para ver unos fuegos que no me interesan?  Me acerqué a Alicia que estaba repantingada en su silla de la piscina y le dije por lo bajo, oye, Alicia, ¿pero a ti te gustan los fuegos?

Qué pregunta más rara, los fuegos son los fuegos, toda la vida los hemos visto, es una tradición.

Pero ¿te gustan?, insistí.

Que ya empiezan, gritó uno de los rotondeños .

Estalló en el cielo una especie de estrella de colores, aplausos,  luego las palmeras doradas, más aplausos,  después esos que parecen espermatozoides. Y alguien dijo, “los espermatozoides”, siempre hay alguno que lo dice

¿ Yel óvulo?, contestó una graciosa, no hay óvulo, pobres espermatozoides.

Como en la vida misma, es un mensaje subliminal, dijo un gordo con pinta de no comerse muchos roscos.

Más palmeras doradas, estas ya sin aplausos, empezaban a ser repetitivas y luego unos plateados que parecían que se nos iba a echar encima pero al final retrocedían  y se disolvían.

Una niña vestida de bailarina rosa se puso a llorar. Me ha querido ahogar y encima me ha dicho que me odia, dijo señalando a una bailarina morada, algo más alta. Mientras lo decía se ahogaba ella misma, reproduciendo la afrenta, y tosía.

Qué día me estáis dando y qué veranito, las separó la madre mientras volvían a estallar unas palmeras gigantescas que hicieron aplaudir a los más entusiastas.

Parecían todos locos, con las caras iluminadas por una luz intermitente. Aplaudían y gritaban de cachondeo, ¡viva el alcalde! Me fijé en un hombre joven  con una cara muy triste, estaba sentado en el bordillo, las rodillas dobladas y recogidas por los brazos. Ausente. De vez en cuando un niño rubio se le tiraba a la espalda y lo abrazaba por detrás.

Hubo una traca final, algunos decían que habían sido peores y más cortos que otros años, pero eso también lo dicen siempre. Alicia plegó la silla y se sacudió el vestido. Bueno, pues ya los hemos visto, otro año más, nos vamos que mañana tenemos que madrugar, yo ya curro. Qué fresquito más bueno viene de esos árboles.

Hasta los árboles me parecieron extraños, su forma, su manera de clavarse al suelo, de elevarse, sus sombras proyectadas sobre la carretera. Pasó otro autobús, las farolas iluminaban tanto que oscurecían a la mayor parte de las estrellas.

Anda, dijo Alicia, eso es la Osa Mayor, sí, sí, es, el carro. Y esa otra, tiene forma de tenedor o de tridente. Espera, que lo voy a a buscar en Google, “constelación con forma de tridente”  No sé, podría ser la del  Águila, casi seguro porque aquí dice que se ve en el cielo de verano dirección este. Su estrella más brillante es Altair, esta, se ve perfectamente aquí dibujada.

De verdad se veía muy bien en el cielo de la pantalla del teléfono,  en el de verdad había que imaginársela. Los vecinos se dispersaban con sus niños, sus perros, sus sillas, sus pensamientos. La bailarina rosa y la morada giraban muy juntas con los brazos en alto y se empujaban como si no hubiera más espacio disponible. La madre hablaba con alguien por telefóno, quejándose, “mucho calor y las niñas pesadas como monas”,  el hombre triste se encendió un cigarro. Llevaba al niño rubio agarrado a una de sus piernas.

Desde  la rotonda, como hay menos luz,  se tiene que ver bien el Águila…podríamos venir mañana o pasado a localizar más ¿qué os parece?, propuso Alicia bostezando.

Yo a la rotonda no vuelvo, le dije al oído a Tomás, que lo sepas.

Y él, qué más da, si solo va a ser un rato, a los diez minutos se han cansado, me conoceré yo a estos dos y volvió a encogerse de hombros. Y luego, para fastidiarme, con cara burlona añadió,  ver estrellas es bonito y bastante zen.