Día: 15 octubre, 2017

Tampoco tan divertido

El padre tiene la cara alargada y un bigote oscuro. La madre tiene la cara muy ancha, ojos azules. Las dos niñas tienen la misma cara ancha y ojos también azules. Los genes del padre, al menos los que dan los rasgos visibles, perdieron en el intercambio. Están comiendo en la terraza de un restaurante, es día festivo. La niña mayor no quiere comer, el padre quiere que coma, quiere que se duerma la niña pequeña, la pequeña no se duerme, la madre mira la pantalla de su teléfono.
El padre es peleón, no ha perdido la esperanza de imponer su voluntad, que una coma, que la otra se duerma. La madre sí la ha perdido o la ha dejado aparcada para otro rato. En los árboles se mueven las hojas, muchas están secas y se caen. Antes de caer se agitan en la rama como si se despidieran. Algunas,más que caer, se precipitan, una muerte fulminante y rápida. Otras se demoran, revolotean un poco, oscilan antes de llegar al suelo, se resisten. La niña mayor observa, señala y dice: falling down. Lo acaba de aprender en el colegio, también sabe decir autumn.

Los padres se ríen mucho, la niña no sabe por qué se ríen pero como intuye que ha sido graciosa se levanta y da vueltas tratando de imitar a las hojas y gritando falling down. Eso ya no está bien, está molestando a los que comen en otras mesas, el padre se enfada, le ordena que se siente, le dice que con ella no se puede bromear porque enseguida se sobrepasa, alarga un tenedor con un trozo de carne hasta su boca.Ella no quiere, está enfadada, no entiende por qué primero se ríen y luego ya no, cierra la boca, niega tozuda con la cabeza.Lleva una camiseta con un pingüino bordado con lentejuelas, el pingüino sube y baja al ritmo de su respiración. A veces sube mucho y también se ensancha porque la niña respira inflando la tripa.
La mesa está pegada al cristal y a través de él se ve un comedor interior y al lado, una sala de juegos con una colchoneta donde otros niños saltan y una piscina de bolas donde se revuelcan. Quiere ir ahí, eso es lo que quiere desde que han llegado.

Cuando comas, contesta el padre acercando de nuevo el tenedor. La carne entra en la boca y da vueltas dentro durante mucho rato. La niña mira la sala de sus deseos, la carne se le ha hecho bola, no puede tragarla, llora. La pequeña también llora, por sueño o por solidaridad y de un manotazo tira un vaso con zumo sobre los pantalones del padre.

La madre que te parió, dice el padre intentando contener el río de zumo que baja en cascada desde la mesa hasta su pierna y desde allí hasta el suelo. Falling down, dice la madre cuyos genes cara ancha han sido vencedores.  El pingüino sube y baja en la tripa de la niña, brillando de forma intermitente.

El padre se está hartando, desea un rato de paz y ese deseo se impone, poderoso, al de control y educación. Podéis ir a jugar, concede. La mayor sujeta en brazos a la pequeña y bajan tambaleantes un tramo de escaleras. Puede que se caigan pero con un poco de suerte no se caen, calibra la madre, con un poco de suerte no les pasa nada y ellos dos pueden terminar de comer con tranquilidad. No se han caído pero vuelven enseguida, casi al instante. Padre cara fina avisa con un codazo a madre cara ancha: ya están aquí.

No era tan divertido que digamos, dice la niña, sentándose. Acaba de comprobar que las cosas suelen ser mejor vistas de lejos y en la imaginación. Desde la silla mira la sala de juegos a través del cristal, ahora con cierto desdén.

Las hojas se caen a ratos y a ratos dejan de caerse. Sujetas a la rama se mueven a uno y otro lado diciendo adiós como reinas a sus súbditos invisibles.

La madre mira el móvil, el padre mira las hojas, la hermana pequeña se duerme en los brazos del padre.

El pingüino de lentejuelas engorda y adelgaza, engorda y adelgaza. A ratos brilla y a ratos no.

No tan divertido que digamos, dice de nuevo la niña como si estuviera revelando el pensamiento de todos. Después rompe en trocitos muy pequeños una servilleta de papel y con ellos hace caminos.