Día: 19 octubre, 2017

Paisaje

Libélulas grandes como pájaros iban y venían por el sendero, muy atareadas, con las ideas claras, decididas a ser libélulas con toda intensidad.
Pájaros pequeños como libélulas habían anidado en el largo tronco de un árbol muerto.
Asomaban la cabeza, daban tres saltitos y se escondían otra vez, inseguros de su condición.
La hiedra lo invadía todo y subía por los terraplenes, cubriéndolos.
Una mujer paseaba a un bebé, le iba explicando qué era un árbol, qué era el cielo, qué era un pájaro.
Volvía también ella a sus primeras veces, recuperaba la novedad, el asombro del mundo nombrando sus partes.
Escondido por debajo de las rocas circulaba el río, en paralelo al camino largo de tierra y polvo,al camino seco.
Arriba la ciudad.
En la tienda de recuerdos, los orientales hacían fotos a gatitos de peluche acostados sobre una manta, se enternecían y reían. Probaban los abanicos con gran contento.
Dos mujeres con carros de la compra se habían sentado a descansar en los escalones de un monumento muy visitado. Un guía explicaba sus piedras, sus antiguas utilidades.
Las dos mujeres hablaban de comidas y dolores, indiferentes a los turistas, al guía y al monumento. Les servía para sentarse, tenían confianza con él, era su lugar de reposo cotidiano. Vivían las piedras en presente, al revés que los visitantes, en busca del pasado. Asombrados abrían las bocas, miraban hacia arriba, lo fotografiaban. Las gárgolas miraban hacia abajo, las fauces también abiertas, amenazadoras.
Tres águilas planeaban sobre el sendero, sobre la ciudad con todas sus piedras y seres,tranquilas y lentas, mecidas por el viento, por encima, muy por encima de todo aquello.