Mes: noviembre 2017

No contrastes las fuentes

Me he encontrado a la Esme esta mañana muy enfrascada en sus propios enfrascamientos, lo que quiere decir mareando la perdiz en internet pero que a base de bien. Se puede llamar también navegación, por darle al símil marino. Gusta mucho a la realeza esto de los símiles marinos, por eso en sus discursos están siempre dale y dale con la singladura. Queda finísimo.

Digo, Esme, maja, levanta la cabeza y hablemos cara a cara como en la prehistoria, ¿ es que no me has visto?

Como para no verte con tu volumen y tu masa, solo me estoy haciendo la longuis. Es que tengo mucho trabajo con las noticias nuestras de cada día.

Qué bien, te has metido a periodista, eso me gusta, ya has vuelto a emprender.

No, no es eso, es que sigo los consejos que tan desinteresadamente nos dan los de Facebook. Dicen ellos que para identificar las noticias falsas hagamos esto: investigar las fuentes, revisar las fechas, consultar otras noticias, prestar atención a las fotos…total que llevo toda la mañana solo con una y todavía no sé si es verdadera, falsa o todo lo contrario.

Menudo curro tiene esto, espero que me den un sueldo a cambio o me hagan alta directiva de lo que sea. Antes las noticias ya venían contrastadas de fábrica pero como ahora hay tantas fábricas…cualquiera con un poco de maña puede hacerse las suyas propias y ponerlas a circular.

Pues piensa que todas son mentira y acabas antes con la singladura, le he dicho yo cual si fuera reina y usara vocabulario real.

Oye, pues sí, tienes razón, voy a probar. A ver, a ver…Kim Jong Un no existe,  ¿cómo va a existir semejante mamarracho?  Su antagonista mostrenco, Donald Trump, tampoco existe, pero si es que es imposible, ¡cómo he podido creerlo! Y el iceberg gigante que se ha desprendido de la Antártida a causa del cambio climático, buenoooo, esa es la típica historia que se acaba de inventar uno que se aburría en la oficina.

Ale, venga, que te invito a un café, qué tranquila me he quedado sin contrastar fuentes.

Huy, qué alegría, Esme, y si puede ser con bollo el café, mejor que mejor. Qué bonita singladura hemos hecho hoy.

 

 

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Salinger en la panadería

En mi barrio vive Jerome David Salinger. Me lo encuentro por lo menos una vez a la semana, casi siempre en la panadería, y es raro el día que no se cuela. Con un giro de lo más hábil, toma la posición delantera sin que nadie más se dé cuenta de su maniobra. Tengo ganas de protestar pero, claro, como ha escrito “El guardián entre el centeno” me aguanto y no digo nada.

Para ser fiel a sí mismo, de entre todos los panes posibles compra el de centeno, aunque antes pasa un buen rato dudando y pregunta por la barra de masa madre, por el pan de cristal, por el de siete cereales, por la hogaza rústica… ¡lo que marea el hombre para al final llevarse lo de siempre! Además le pide a la panadera, que se llama Pili, que se lo corte en rebanadas.

Pili pone el pan del caprichoso de Salinger en la máquina rebanadora y mientras esta hace su trabajo y bastante ruido, aprovecha para hablar de su hijo Iván, su tema de conversación preferido.

Me tiene un cuarto Iván que no te lo puedes ni imaginar, ni pisar se puede, ¿te puedes creer que tiene toda la ropa tirada por el suelo y el armario vacío?, dice poniéndose en jarras porque es muy jacarandosa.

Y ha vuelto a suspender el carné de conducir, qué hago, ¿lo mato?

No sé por qué se dirige a mí y no a Salinger, que es al que está atendiendo, pero se ve que con él no tiene tanta confianza, tampoco ayuda mucho el gesto hosco del señor.

O es porque sospecha o se imagina que yo pudiera tener uno o varios Ivanes viviendo en casa. Yo nunca le he dicho ni que sí ni que no y me limito a poner cara de “entiendo por lo que estás pasando”, Pili, guapa.

Salinger, pese a haber escrito sobre un adolescente, no se muestra nada interesado en las andanzas del chaval, se ve que ya tuvo bastante con Holden Caulfield y ahora tiene otros intereses o los está buscando. Así que después de analizar el contenido del mostrador se pone a mirar por la ventana.

Observa a la gente que pasa, los árboles, dos mirlos muy locos que cruzan de una acera a otra sobrevolando el tráfico y diciéndose cosas entre ellos. Mira a la pareja que se mete dentro del contenedor de papel para llevarse su contenido y luego venderlo, a la farmacéutica que sale a que le dé el aire a la puerta de su farmacia con unos zuecos brillantes. A mí me parecen horrorosos pero creo que a él le gustan los destellos que lanzan en mitad de la calle gris. Cosas así mira.

Como la semana pasada no lo vi pensé que se había muerto porque debe de ser centenario o casi, pero hoy hemos vuelto a coincidir en la panadería ¡Tendrá morro!, otra vez se me ha colado con su habilidoso giro avanza posiciones. Se nota que fue agente de inteligencia en sus años mozos. Y de nuevo a preguntar por un pan y por otro y por otro.

Si te vas a llevar el de siempre, Jerome David, son ganas de molestar a Pili y de hacerme perder el tiempo, con la prisa que llevo hoy. Eso es lo que me hubiera gustado decirle pero no me he atrevido, no quiero que se dé cuenta de que le he reconocido porque sé que odia que le presten atención.

Como él mismo dijo, los sentimientos de oscuridad  de un escritor son su segunda propiedad más valiosa. Estoy bastante de acuerdo, con eso y con que Iván tiene un cuarto que no es normal. Es que Pili le ha hecho una foto al desastre nuclear, así lo llama ella, y me ha enseñado el documento gráfico mientras la máquina rebanaba el pan de centeno de Salinger.
Me ha parecido que Jerome David se reía por lo bajo de la foto, de Pili y de mí.

Hasta mañana, abríguese, que por las mañanas hace mucho frío, le ha dicho Pili, muy maternal ella. Él ha respondido levantando el puño como si nos fuera a partir la cara.

Es un borde pero se le puede perdonar por haber escrito un cuento como el de “Un día perfecto para el pez plátano”. Me encanta ese cuento y me hubiera gustado hablar de él con su autor pero sospecho que no hubiera querido, que como mucho me hubiera dicho,  ” si te gusta tanto, leélo otra vez y déjame en paz, yo ya ni me acuerdo”.

No tengo muchas esperanzas de que Pili lo haya leído pero tanteo el terreno,
¿sabes quién es?, le digo señalando la espalda encorvada de Salinger que ya cruza la calle al mismo tiempo que los dos mirlos. Puede que le hayan reconocido esos dos.

¿Ramón?, sí, claro, se le ha ido bastante la cabeza y es pesadísimo, pero a ver, todos nos haremos viejos y maniáticos.
No la saco de su error, tampoco es cuestión de delatar a Salinger, que viva en paz con su pan de centeno rebanado y su tranquilo anonimato lo  que le quede de vida.

Días negros, noches blancas

LLevaba una temporada el Toni muy pacífico y aquietao. Como a estas alturas ya sé que de carácter no va a cambiar, me dio por pensar que se estaba tomando la droga de los aquietamientos. Existe, es blanca, la Esme se la toma a veces y se queda de un pacífico que da miedo, mucho más que con sus naturales arrebatos. A mí no me gusta ese pacifismo químico, qué queréis que os diga.

Así que le pregunté directamente: Toni, majo, ¿tú no te estarás drogando que se te nota de un tranquilo y de un silencioso que ni el Swami Sivananda ? Nombre que me vino a la cabeza de tanto verlo desfilar por los estantes de libros alternativos de la Patricia. Es un señor muy apañao y muy calvo que te dice desde los libros que habita cosas como “sirve, ama, da, purifícate, medita y realízate”, todo así, en fila india por ser él de esa misma región.

Si protesto, malo y si no protesto, peor. El caso es atacar a la pareja como si fuera el enemigo. Si estoy callado estos días es porque todo es inútil, incluso decir que todo es inútil es inútil, así que no me hagas decirlo y respeta mi mutismo.
Ah bueno, pues si solo era eso no me tengo que preocupar. Casi mejor, que la canción protesta a todas horas, te acaba agotando. Pero el que es cantautor, tarde o temprano vuelve a lo suyo, eso es así. Hoy ha vuelto.
Estábamos desayunando y concentrados cada uno en nuestros móviles respectivos, como una pareja normal, sana y bien avenida que no necesita hablar ni mirarse, cuando salta muy furioso “pero… estos cretinos ¿por qué se tienen que dirigir a mí como si me conocieran de algo? Mira qué mensaje, ” Antonio, ¿estás ya preparado para el black friday? Qué asco de día y qué asco de todo.

Pues en nuestra tienda, dice la Noe asomándose a la puerta con un atavío que ella llama de mucho “power dressing” y que consiste sobre todo en poca tela y apretada, ya llevamos una semana, hemos puesto unos cartelacos enormes que dicen, “Adelántateeeee al black friday!!!!!”, así la peña se pone nerviosa pensando que se va a perder algo esencial para su vida, que no va a tener lo que otros más espabilados sí y entra como reposeída. Después vamos a cambiarlos por otros en los que pone, “prolongamoooooos el black friday!!!!!!”, para que se sigan poniendo nerviosos y continúen entrando. Los precios se quedan más o menos porque primero los habíamos subido para poderlos bajar, es que si no dime tú el negocio…pero mola mogollón este día. Han aumentado el transporte público y todo para que podamos disfrutarlo más y mejor.

Los niveles de subnormalidad están como los de contaminación, muy altos,y esto no hay protocolo ni escenario uno ni dos que lo detenga, dice el Toni con tal cara de cabreo que ahora sé seguro que no se ha tomado la pastilla blanca pacifista. Id preparando el pavo y los arándanos porque el año que viene celebramos el día de Acción de gracias. Lo que me extraña es que no lo hayamos celebrado todavía. Y el Día del Soltero consumista como los chinos aunque no seamos ni chinos ni solteros. Consumistas sí, algo es algo. Y a todo esto sin poder ver a las Leónidas, me las he perdido. Los días son negros, negros, negrísimos pero las noches se han vuelto blancas.

Le he tenido que explicar a la Noe por el camino al trabajo que las Leónidas  no son unas tías buenas como ella estaba pensando, que se trata de una lluvia de meteoritos que se produce por estos días y que pone el cielo tan bonito como si hubiera fuegos artificiales pero de forma natural. El Toni lleva toda una semana maldurmiendo intentando avistar el fenómeno desde el cielo de Madrid. Qué iluso es a veces, lo único que ha logrado ver ha sido el helicóptero de la dirección general de tráfico que comprueba una y otra vez que sí, que de tráfico vamos muy bien.
Días negros, noches llenas de luces, todo se le pone en contra pero siempre le quedará hacer lo que dice el Swami: sirve (por algo es camarero), ama (esa me conviene) y lo que sigue hasta que se realice.

Éramos pocos…

Anda que… éramos pocos y parieron las fotos del móvil. Esta mujer se ha pensado que el blog es un cajón de esos que hay en todas las casas donde se guardan porquerías varias: un chicle más duro que una piedra por si algún día sientes deseos irreflenables de masticar un chicle duro, una pila que no se sabe si está gastada o sin gastar, unas gomas de plástico por si necesitaras urgentemente atar lo que sea con gomas,( a tus seres queridos, por ejemplo), velas de números de pasados cumpleaños, por si vuelves a cumplir los mismos, una muestra de crema al aloe vera (toda crema que se precie tiene que llevar o decir que lleva aloe vera o rosa mosqueta), unas llaves que nadie sabe de dónde son ni qué puerta importante abren pero por si acaso, unas etiquetas de regalo en las que se lee “espero que te guste” y una figurita de un gatito que salió en un roscón hace diez navidades.
Mira, mira, mira… ¡que no!, que no me gusta el cariz que está tomando esto. Esto se va al garete, ¿qué será el garete?, no lo sé, pero debe de estar hasta los topes de seres, cosas y blogs. Habrá más de un garete porque de otra manera no me lo explico, teniendo en cuenta que el destino último de todo es el garete.

Antes la gente venía aquí a echarse unas risas, pero ahora, como no hay nada o muy poco y encima lo que hay es tirando a lacrimógeno, como no estamos nosotros los personajes auténticos, como no estoy yo, Esmeralda, pues se dedican a hurgar por aquí y por allá.
Eso lo digo porque he estado mirando los movimientos y estadísticas y he visto tanto trajín que me he dicho, ¡por fin diversión, se nos ha colado la trama rusa!

Lo que me gustaría a mí una injerencia de alto nivel y no las injerencillas que tenemos para darle emoción a este muermo. Lo que me gustaría que nos alertara la OTAN de graves amenazas.  Qué aburrido y de bajo nivel es todo, hijos míos. Y hablando de hijos, los míos me caen mal. Esto me lo va a censurar y lo mismo la entrada entera, lo veo venir, me río yo de la ley mordaza comparado con lo que hay que aguantar aquí.

Me marcho ya que me tengo que bio inspirar, observo las hormigas y otros bichos rastreros que desfilan alrededor de mi quiosco. De ahí espero sacar alguna conclusión que degenere en invento genial. Os aviso y os alerto cual si fuera el mismísimo Centro de Comunicaciones Estratégicas: tiene nuevas fotos de arbolitos y chorradas, pero hoy ya no va a poder ser, se siente, me he adelantado. De nada.

Cualquier día de estos utiliza el blog de tendedero y os pone la colada. Como sois tan buenas personas se lo comentaréis. Anda que…

Nido caído al suelo

Cantaban un himno en el que se decía la palabra gloria y la palabra honor. Gloria se llamaba su compañera de la cama de al lado. Por honor se podía matar y morir. Honor tenía que ver con los hombres, con las mujeres no.  A su padre lo habían matado hacía poco pero no había sido por nada de honor, había sido por la mala suerte de la guerra. Su padre era muy joven, casi un niño, lo engañaron, se lo dijo su abuela sentada en la silla de la cocina. Casi un niño, qué pena, todos decían eso. Y su madre una niña viuda, qué pena también. Con dos criaturas. Ella era una de las criaturas, llevaba un lazo blanco en el pelo y un collar de cuentas de colores.

Los mandaron internos al colegio de los huérfanos, con las monjas, la falda del uniforme picaba en los muslos. Su hermano le apretaba muy fuerte la mano.
Desde las ventanas se veía primero la ría y después el mar. Por las mañanas, en algunas de las ventanas colgaban sábanas,  eran las de los niños que por la noche se habían meado en la cama. Colgaban sus sábanas para que todos lo vieran y así escarmentaran. Ser meón era cosa muy mala.
Ella no era meona, su hermano tampoco.
Una noche notó una humedad en las sábanas y tuvo miedo de haberse vuelto meona.Se estuvo quieta, quieta hasta la mañana siguiente. Gloria en sueños decía, “noooo, nooo”. Era sonámbula del hablar. Cuando amaneció vio la mancha roja que indicaba que se estaba muriendo.
En el himno también decían “pujante unidad colegial” y cuando lo decían pisaban muy fuerte contra el suelo, pateaban como si marcharan. A veces marchaban dando la vuelta al colegio y cantando, las gaviotas también cantaban sus propios himnos, a gritos,  el mar estaba debajo y arriba el monte muy verde, envuelto en nubes y nieblas.  Marchar era andar sin llegar a ningún sitio, sin querer llegar, marchar era dar vueltas. Vieron un nido tirado en el suelo, caído. Estaba hecho con palos muy finos, trenzados, y relleno de hojas picadas.
Una monja le dio una toalla para que se la pusiera entre las piernas. Se la puso. Se estaba muriendo y no era por nada de honor. Era una enfermedad, la sangre era siempre de enfermedad, de cuerpo herido o roto.
Gloria padecía la misma enfermedad, le dijo que era cosa de mujeres, que no se iban a morir todavía y que ya podían tener hijos. Los coágulos eran trozos de hígado, así se lo explicó Gloria, no pasaba nada por perder un poco, el hígado era grande.
Los llamaban por un número, nunca por su nombre, ella era el 29 y su hermano el 33, la edad de Cristo. A las monjas les gustaba ese número.
Ella tenía miedo de que se le moviera la toalla, de que se le manchara la falda del uniforme, de volverse meona, de tener un hijo, de perder del todo el hígado.

Gloria era el número  42, llamaba a su madre por las noches. El viento quería entrar, entrar, entrar y lloraba pegado a la ventana, buscando refugio. Pero había sido él el que había tirado el nido. También la lluvia quería entrar y llamaba nerviosa y furiosa golpeando los cristales. Por los pasillos un olor a frío con sal y a sopa. Pujante quería decir dar patadas en el suelo, pisar fuerte. De un árbol se había caído un nido. Volaría el que tuviera las alas fuertes.