Día: 15 noviembre, 2017

Nido caído al suelo

Cantaban un himno en el que se decía la palabra gloria y la palabra honor. Gloria se llamaba su compañera de la cama de al lado. Por honor se podía matar y morir. Honor tenía que ver con los hombres, con las mujeres no.  A su padre lo habían matado hacía poco pero no había sido por nada de honor, había sido por la mala suerte de la guerra. Su padre era muy joven, casi un niño, lo engañaron, se lo dijo su abuela sentada en la silla de la cocina. Casi un niño, qué pena, todos decían eso. Y su madre una niña viuda, qué pena también. Con dos criaturas. Ella era una de las criaturas, llevaba un lazo blanco en el pelo y un collar de cuentas de colores.

Los mandaron internos al colegio de los huérfanos, con las monjas, la falda del uniforme picaba en los muslos. Su hermano le apretaba muy fuerte la mano.
Desde las ventanas se veía primero la ría y después el mar. Por las mañanas, en algunas de las ventanas colgaban sábanas,  eran las de los niños que por la noche se habían meado en la cama. Colgaban sus sábanas para que todos lo vieran y así escarmentaran. Ser meón era cosa muy mala.
Ella no era meona, su hermano tampoco.
Una noche notó una humedad en las sábanas y tuvo miedo de haberse vuelto meona.Se estuvo quieta, quieta hasta la mañana siguiente. Gloria en sueños decía, “noooo, nooo”. Era sonámbula del hablar. Cuando amaneció vio la mancha roja que indicaba que se estaba muriendo.
En el himno también decían “pujante unidad colegial” y cuando lo decían pisaban muy fuerte contra el suelo, pateaban como si marcharan. A veces marchaban dando la vuelta al colegio y cantando, las gaviotas también cantaban sus propios himnos, a gritos,  el mar estaba debajo y arriba el monte muy verde, envuelto en nubes y nieblas.  Marchar era andar sin llegar a ningún sitio, sin querer llegar, marchar era dar vueltas. Vieron un nido tirado en el suelo, caído. Estaba hecho con palos muy finos, trenzados, y relleno de hojas picadas.
Una monja le dio una toalla para que se la pusiera entre las piernas. Se la puso. Se estaba muriendo y no era por nada de honor. Era una enfermedad, la sangre era siempre de enfermedad, de cuerpo herido o roto.
Gloria padecía la misma enfermedad, le dijo que era cosa de mujeres, que no se iban a morir todavía y que ya podían tener hijos. Los coágulos eran trozos de hígado, así se lo explicó Gloria, no pasaba nada por perder un poco, el hígado era grande.
Los llamaban por un número, nunca por su nombre, ella era el 29 y su hermano el 33, la edad de Cristo. A las monjas les gustaba ese número.
Ella tenía miedo de que se le moviera la toalla, de que se le manchara la falda del uniforme, de volverse meona, de tener un hijo, de perder del todo el hígado.

Gloria era el número  42, llamaba a su madre por las noches. El viento quería entrar, entrar, entrar y lloraba pegado a la ventana, buscando refugio. Pero había sido él el que había tirado el nido. También la lluvia quería entrar y llamaba nerviosa y furiosa golpeando los cristales. Por los pasillos un olor a frío con sal y a sopa. Pujante quería decir dar patadas en el suelo, pisar fuerte. De un árbol se había caído un nido. Volaría el que tuviera las alas fuertes.

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