Día: 28 noviembre, 2017

Salinger en la panadería

En mi barrio vive Jerome David Salinger. Me lo encuentro por lo menos una vez a la semana, casi siempre en la panadería, y es raro el día que no se cuela. Con un giro de lo más hábil, toma la posición delantera sin que nadie más se dé cuenta de su maniobra. Tengo ganas de protestar pero, claro, como ha escrito “El guardián entre el centeno” me aguanto y no digo nada.

Para ser fiel a sí mismo, de entre todos los panes posibles compra el de centeno, aunque antes pasa un buen rato dudando y pregunta por la barra de masa madre, por el pan de cristal, por el de siete cereales, por la hogaza rústica… ¡lo que marea el hombre para al final llevarse lo de siempre! Además le pide a la panadera, que se llama Pili, que se lo corte en rebanadas.

Pili pone el pan del caprichoso de Salinger en la máquina rebanadora y mientras esta hace su trabajo y bastante ruido, aprovecha para hablar de su hijo Iván, su tema de conversación preferido.

Me tiene un cuarto Iván que no te lo puedes ni imaginar, ni pisar se puede, ¿te puedes creer que tiene toda la ropa tirada por el suelo y el armario vacío?, dice poniéndose en jarras porque es muy jacarandosa.

Y ha vuelto a suspender el carné de conducir, qué hago, ¿lo mato?

No sé por qué se dirige a mí y no a Salinger, que es al que está atendiendo, pero se ve que con él no tiene tanta confianza, tampoco ayuda mucho el gesto hosco del señor.

O es porque sospecha o se imagina que yo pudiera tener uno o varios Ivanes viviendo en casa. Yo nunca le he dicho ni que sí ni que no y me limito a poner cara de “entiendo por lo que estás pasando”, Pili, guapa.

Salinger, pese a haber escrito sobre un adolescente, no se muestra nada interesado en las andanzas del chaval, se ve que ya tuvo bastante con Holden Caulfield y ahora tiene otros intereses o los está buscando. Así que después de analizar el contenido del mostrador se pone a mirar por la ventana.

Observa a la gente que pasa, los árboles, dos mirlos muy locos que cruzan de una acera a otra sobrevolando el tráfico y diciéndose cosas entre ellos. Mira a la pareja que se mete dentro del contenedor de papel para llevarse su contenido y luego venderlo, a la farmacéutica que sale a que le dé el aire a la puerta de su farmacia con unos zuecos brillantes. A mí me parecen horrorosos pero creo que a él le gustan los destellos que lanzan en mitad de la calle gris. Cosas así mira.

Como la semana pasada no lo vi pensé que se había muerto porque debe de ser centenario o casi, pero hoy hemos vuelto a coincidir en la panadería ¡Tendrá morro!, otra vez se me ha colado con su habilidoso giro avanza posiciones. Se nota que fue agente de inteligencia en sus años mozos. Y de nuevo a preguntar por un pan y por otro y por otro.

Si te vas a llevar el de siempre, Jerome David, son ganas de molestar a Pili y de hacerme perder el tiempo, con la prisa que llevo hoy. Eso es lo que me hubiera gustado decirle pero no me he atrevido, no quiero que se dé cuenta de que le he reconocido porque sé que odia que le presten atención.

Como él mismo dijo, los sentimientos de oscuridad  de un escritor son su segunda propiedad más valiosa. Estoy bastante de acuerdo, con eso y con que Iván tiene un cuarto que no es normal. Es que Pili le ha hecho una foto al desastre nuclear, así lo llama ella, y me ha enseñado el documento gráfico mientras la máquina rebanaba el pan de centeno de Salinger.
Me ha parecido que Jerome David se reía por lo bajo de la foto, de Pili y de mí.

Hasta mañana, abríguese, que por las mañanas hace mucho frío, le ha dicho Pili, muy maternal ella. Él ha respondido levantando el puño como si nos fuera a partir la cara.

Es un borde pero se le puede perdonar por haber escrito un cuento como el de “Un día perfecto para el pez plátano”. Me encanta ese cuento y me hubiera gustado hablar de él con su autor pero sospecho que no hubiera querido, que como mucho me hubiera dicho,  ” si te gusta tanto, leélo otra vez y déjame en paz, yo ya ni me acuerdo”.

No tengo muchas esperanzas de que Pili lo haya leído pero tanteo el terreno,
¿sabes quién es?, le digo señalando la espalda encorvada de Salinger que ya cruza la calle al mismo tiempo que los dos mirlos. Puede que le hayan reconocido esos dos.

¿Ramón?, sí, claro, se le ha ido bastante la cabeza y es pesadísimo, pero a ver, todos nos haremos viejos y maniáticos.
No la saco de su error, tampoco es cuestión de delatar a Salinger, que viva en paz con su pan de centeno rebanado y su tranquilo anonimato lo  que le quede de vida.