Completamente tío Víctor

No sé en qué momento exacto me convertí en mi propio tío, será porque no existe ese momento, porque uno no se convierte en otro de una forma rápida y repentina. Volverse otro lleva tiempo y trabajo. Lleva años de lentas, inapreciables transformaciones. Hasta que un día, y ahí si hay un momento exacto, uno se da cuenta: es otro.  Hoy me he dado cuenta. Ha sido al salir del metro, eran las ocho de la tarde,  hacía mucho frío y no encontraba el guante  derecho. Iba rebuscando por los bolsillos cuando he visto a mi sobrino Pablo, sin abrigo, sentado en el respaldo de un banco de la plaza, y  he pensado, “otra vez este, se pasa el día en la calle, ¿qué hará a estas horas y con este frío ahí sentado y sin abrigo?”,  y eso que tiene en la mano, ¿es un cigarro? Así que fuma, qué pájaro”.

Ha sido en ese instante cuando he pensado, “ay, Dios, soy mi tío Víctor”. Ese mismo tío al que de adolescente odiaba porque me lo encontraba a todas horas y en los momentos más inoportunos. Ese tío del que decía escondiéndome, “joder, mi tío otra vez, qué plasta, está en todos lados”.

De pequeño lo quería mucho, lo adoraba. Era el único que vivía todavía en la casa de los abuelos. Cuando me dejaban allí algunas tardes, el tío Víctor tiraba una manta al suelo, yo me tumbaba encima y él me arrastraba a toda velocidad por el pasillo. Ese juego se llamaba la alfombra mágica. También desmontaba el sofá para construir un refugio y dentro, escondidos bajo la cúpula de almohadones, me daba monedas de chocolate.  O entrábamos en el dormitorio grande que el tío Víctor llamaba “la gruta” poniendo una voz terrorífica,  para enfrentarnos a las fieras.  Decía que allí escondidos había animales hambrientos, deseosos de devorar niños que tuvieran un remolino en el centro del pelo y hoyuelos en las mejillas. Esas características mías eran los manjares preferidos de las bestias. Yo pasaba miedo verdadero. Para ahuyentarlas, el tío Víctor les tendía trampas imaginarias, peleaba furioso contra el aire y así me salvaba  cada tarde de los monstruos sibaritas.

Luego nos separamos, crecí y sólo nos veíamos una o dos veces al año en alguna reunión familiar. A él le gustaba recordarme esos juegos infantiles, a mí me hacía gracia pero al mismo tiempo me daba vergüenza y hubiera preferido que no me lo recordara. Hasta que al llegar la adolescencia empecé a encontrármelo por la calle. A todas horas.

Si estaba fumando mis primeros y furtivos cigarros, ahí se aparecía el tío Víctor con su maletín de trabajo, un maletín que él llamaba el ataché, palabra que me sonaba a estornudo y que me parecía ridícula, tan ridícula y anticuada como ese mismo maletín. Si estaba besando a alguna chica, casualmente torcía la esquina el tío Víctor con sus gafitas redondas. Esas mismas gafas o unas iguales le tiré a un estanque, sin querer, de un impulsivo manotazo, un día que me llevó al parque.  Allí se quedaron sumergidas entre los peces naranjas, los palos, las hojas y las migas de pan.  No se enfadó, era muy paciente. Sin gafas su cara parecía aún más bondadosa pero también desprotegida, vulnerable.

Cómo odié luego ese mismo rostro paciente y  bondadoso. Odié al maldito tío Víctor  y su manera de ocupar las calles que yo empezaba a transitar con libertad. No había manera de faltar a clase o de ligar o de beber sin ser descubierto por mi omnipresente tío, ¿lo hacía adrede? Los dos fingíamos que no nos habíamos visto pero los dos sabíamos que sí y que estábamos fingiendo. Qué incómodo.

Y ahora soy yo mi propio tío Víctor, lo he sabido por ese gesto apenas esbozado en la cara de mi sobrino sentado en el respaldo del banco, un gesto muy sútil pero que al momento he interpretado como, “el pesado de mi tío otra vez, está en todas partes”. Omnipresente yo también. He recordado que Pablo de pequeño me hizo un regalo en uno de mis cumpleaños, un librito diminuto con las hojas grapadas que tituló “Libro de seres”. Dentro, en cada una de las hojas había dibujado un ser. Algunos solo eran figuras geométricas, como el ser cuadrado, un simple cuadrado con un ojo en el centro.  He tenido muchas ganas de recordárselo, de acercarme y decirle, ¿te acuerdas del libro de seres, del ser cuadrado?

Pero me he comportado como se hubiera comportado el tío Víctor, porque ya soy él, he puesto cara de despistado y he pasado por delante de Pablo deprisa, mirando para otro lado, sin saludar, con un solo guante y rebuscando el otro por los bolsillos. Ridículo y anticuado a sus ojos, estoy seguro. Completamente tío Víctor.

 

39 comentarios en “Completamente tío Víctor

  1. Es curioso, cómo vamos creciendo… todos hemos tenido un tío Víctor, y de pronto nos parecemos a quienes “juramos” no parecernos.
    Eso es la magia de los zapatos(cuando nos ponemos en el lugar del otro), aunque casi siempre nos los ponemos tarde.
    Tus relatos siempre tienen me dejan un algo para reflexionar.
    Feliz puente, Paloma

  2. Dios…cómo escribes de bien, condenada. Maravillosa historia, y yo creo que es de lo mejor que te he leído, de lo mejor redactado y plasmado, por decirlo así.
    Las expresiones “no existe ese momento (…) Volverse otro lleva tiempo y trabajo. Lleva años de lentas, inapreciables transformaciones” ya valen su peso en oro, es para quitarse el sombrero.
    Pues retratas una ternura y una inocencia que sencillamente me han emocionado: El juego de la alfombra mágica, el refugio dentro del sofá…denotan cúanto amor sentía ese adulto por ese niño, y viceversa, me imagino. Por eso es doloroso y triste después ver toda esa transformación de los sentimientos y las percepciones…hasta cogerle casi ojeriza. Pero es comprensible, el plasta del tío que se encuentra en todas partes y por otro lado la adolescencia rebelde, la libertad, las chicas, los cigarros…
    En esta vida todo parece moverse por ciclos, es verdad, quizá podemos llegar a parecernos a otros o estar en ciertos roles ya vistos con el paso de los años. Yo muchas veces he visto a mi propio padre, difunto, mirándome al espejo, porque ya soy un hombre adulto y porque hay un gran parecido físico. Me temo que ahí se termina casi todo el parecido…
    Solo puedo decir…
    Me ha encantado.
    Muchos besos para ti.

    1. Pero es natural que ese amor se pierda en la adolescencia. Luego vuelve, eso creo. A lo mejor no en todos los casos pero sí en muchos. Vuelve cuando eres adulto y entiendes y recuerdas. Cuando ya eres tu tío o tu tía, jajajaja.
      Me alegra mucho que te haya gustado.
      Gracias por todos los piropos.
      Besos de vuelta.

  3. Y aunque repita lo mismo: qué bien lo haces, por Dios!
    No podemos fingir: somos el otro. Y repitiendo el ciclo, nos aceptarán como el otro…..
    Excelente construcción. Gracias por este rato. Un abrazo!

  4. Real como la vida misma. Antes o después, el tío Víctor que todos llevamos dentro acaba manifestándose, como los espíritus en las sesiones de güija, y mejor que sea así no vaya a ser que acabe poseyéndonos. Saludos.

  5. Jaja, a mí me has recordado a algunos de mis hermanos, que algunas veces, no siempre, aparecían …
    Y su sonrisa de “bah, solo pasaba por aquí”.
    Me han encantado los juegos del tío Víctor, qué riquín. Una suerte de tío. Algunos juegos como que ‘me suenan’ mucho con mi padre, era muy juguetón.
    “El libro de los seres” me parece una idea preciosa.

    Un beso, y muchos … 🙂

    1. Los hermanos mayores también se pueden aparecer, cierto.
      Pues sí, muy majo el tío Víctor, esa es la verdad.
      Me alegra que te hayas fijado en el “libro de los seres”, es que a mí me gusta mucho.
      Un beso, Rosa.

      1. A mí también me ha gustado “el libro de los seres” y me ha sorprendido porque una amiga del mundo corpóreo usa esa expresión ¡Qué hilos invisibles nos unen! De la historia te digo (merepitolosé) que copies y pegues aquí la crítica tan llena de palabras de Whatgoesaround, porque me parece bueno y sincero todo lo que dice. Besos para todos

  6. Esta mañana he estado buscando un guante que acababa de perder en el tramo del portal a mi casa, un buen rato y he bajado al portal y allí había un hombre sentado y como Holden Cauldfield he imaginado que estaría dentro de las botas de agua, y que el lo había escondido,… pero no he tenido el arrojo de preguntárselo….
    Estupendo relato y sin duda este libro que tenía en la recámara me está diciendo muchas cosas de tu estilo….
    Por cierto a donde van los patos e invierno….
    Lennon sin las gafas redondas me recuerda a tu tío Víctor…. silbando Tin Rood blues
    Saludos

    1. Eso me gustaría a mí también saber, dónde van.
      Mira que no preguntarle nada al de las botas…se ha quedado con tu guante, casi seguro. Hay gente muy rara que colecciona objetos impares.
      Y otra vez Lennon, pero con otra canción, me gusta!!

      1. La canción sale en el libro del Guardián y la anécdota del guante escondido en la botas también, ha sido una triple casualidad… primero leerla en el libro , luego sufrirla en mis propias manos y por último leerlo en tu extraordinario relato y todo en el mismo día…

  7. Entrañable el tío Víctor. Mis tíos estaban más obsesionados con la disciplina y las buenas maneras, nunca se preocuparon de que los niños fuesen felices, eran simples ensayos de adultos, A pesar de todo, libre era mi pensamiento.

    Cada día escribes mejor, tus historias son trocitos de realidad deseada por nosotros.

    Un besazo.

  8. Hoy tu relato me ha trasmitido una tristeza irremediable, porque yo no quiero convertirme en mama Nona, ahora comparto secretos, risas, somos cómplices de juegos pero en nada seré mama Nona y eso es peor que tío Víctor, porque ellas son parte de mi yo, si les pasa algo me muero, si fuman casi ya es lo de menos con lo que hay por ahí, ojala pudiera contar con mil tíos Víctor pero verdaderos de esos que de vez en cuando echan alguna regañina

    1. Creo que es normal que los hijos se vayan alejando de nosotros y vuelen por ahí.
      Lo raro y malo sería lo contrario.
      Pero eso no pasa de un día para otro, así que disfruta de tus niñas ahora y no le des más vueltas al asunto.
      (Pronto de vuelta el Toni y la Esme para que te eches unas risas)
      Besos, Nona.

  9. De adolescente, de joven pensé…nunca , jamas como mi madre ( en ciertas situaciones) Y ahora muy a menudo me pillo ..¡¡¡ Por Dios , soy como mi madre!! .Creo que la cadena va a seguir…tengo una hija. Un abrazo.

  10. 🙂 ¡Ay, Paloma! Cómo nos pones en evidencia con tus palabras. Cómo nos hurgas en el alma y haces que la miremos sin contemplaciones, en toda su desnudez. Porque creo, que a medida que nos hacemos mayores, nos vamos pareciendo y vamos actuando como tío Víctor, como mamá, como papá o como la tía Elena… Como cualquier persona de nuestro pasado que nos hizo felices con esas pequeñas cosas que en nuestra infancia nos fascinaban y a las que luego renunciamos por vergüenza. Y es que, al crecer, recuperas de tu memoria esas «verdaderas y pequeñas felicidades», tan tontas como son una gruta imaginaria, un libro de seres, unos disfraces hechos con pañuelos viejos, sábanas y colchas o una tarde en la sección de rebajas imaginando que vaz de caza a la jungla… 😉 Tienes el don de despertar recuerdos. ¡Fantástica entrada!

    1. Si nos comportamos como los que nos hicieron felices vamos por buen camino.
      Las “verdaderas y pequeñas felicidades” nunca son tontas, al contrario, están llenas de inteligencia. Pero eso tú ya lo sabes :))
      Gracias, Nona.
      Y muchos besos

  11. Creo que has descrito el libro de las transformaciones. es inevitable ejercer de tío igual que crecer hasta alcanzar a ese ser que se muestra cual adolescente odioso. Como todos hemos sido el padre ausente, proveedor y preocupado o más tarde el abuelo pesado al cual se le pueden gastar bromas sin sufrir las consecuencias. Y es que la vida obliga a interpretar el papel que, como a los buenos actores, les cuadra con la edad. Un abrazo.

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