Día: 18 diciembre, 2017

Pablo Abest

El otoño se estaba yendo, ya apenas quedaban hojas en los árboles, y los días estaban vestidos de una luz blanca y helada. Se estaba yendo y no nos había pasado nada relacionado con esa estación, los charcos, la luna, la aventura y el misterio. Tendríamos que esperar al invierno que ya estaba a punto de llegar.

Íbamos a clase todas las mañanas por el mismo camino, primero pasábamos por delante de una casa con cuatro lagartos de piedra sujetando sus esquinas, nos encantaba esa casa y siempre nos parábamos a levantar la cabeza y mirar. Un poco más adelante estaba la frutería llamada, con gran lógica comercial,   “Comed mucha fruta”.  Maitena decía que  parecía un consejo bíblico del estilo de “pedid y se os dará”.  Comprábamos dos manzanas rojas, más por lo bonitas y brillantes que eran que porque nos las quisiéramos comer. Un frutero con cara de malas pulgas nos las entregaba dentro de una bolsa de papel y seguíamos caminando cuesta abajo hasta la plaza donde estaba nuestro colegio. Antes de llegar teníamos que pasar por el escaparate de  la tienda de ropa “Corte Elegante”.

Era una tienda muy fea y nos gustaba mirar lo que exhibían  para vestir imaginariamente a nuestros profesores y  a los compañeros que nos caían mal.  En casi todas las ropas expuestas, a cual peor,  había prendida una etiqueta en la que estaba escrito con mayúsculas y entre exclamaciones, ¡MÁS COLORES!, ¡MÁS TALLAS!, como si fueran unos sádicos de las ropas feas y no tuvieran bastante con un modelo de cada.

En la puerta del colegio nos esperaba Sandra,  tan delgadita y nerviosa, siempre tenía frío y se estaba frotando las manos aun con los guantes puestos. Sus guantes eran de lana azul, llenos de bolillas. En clase se entretenía arrancándolas una a una y después formaba una bola grande con todas ellas que tiraba a la papelera al salir. Mientras sus manos se ocupaban en ese trabajo, su mente volaba como una polilla alrededor de Jesús, del cual seguía enamoradísima.  O flasheada, según Maitena.

Pero ahora, a diferencia de al principio cuando todavía albergaba la esperanza de ser correspondida,  ya sabía que eso no pasaría nunca porque él se lo había dicho. Se  quería quitar de encima ese amor que le daba sufrimiento pero no podía. Los amores no eran como las bolitas de la lana que con tanta paciencia iba arrancando de los guantes o como  un parásito  al que se puede exterminar .

No, el amor una vez que entraba y tomaba posesión, no obedecía a ningún empeño, no se iba hasta que se disolvía de forma natural porque le había llegado el tiempo de la disolución. La  fuerza de voluntad tenía poco que hacer en esos casos.  Nos daba un poco de pena la tristeza enamorada de  Sandra pero también nos aburría porque una persona flasehada y desesperanzada no era una compañía divertida.

A primera hora tocaba latín y el profesor, que también era nuestro tutor, un hombre muy bajito con zapatos que no llegaban a ser de tacón pero casi,  pasaba lista. Cuando oíamos nuestro nombre teníamos que contestar con la palabra latina, “adsum”, que quería decir presente. Si el nombre pronunciado no estaba en clase era el propio profesor el que después de esperar unos instantes contestaba “abest”, ausente, y a continuación anotaba algo en la lista con gesto contrariado.  Había un nombre que le contrariaba mucho porque siempre estaba abest. Nos tenía muy intrigadas, estábamos deseando conocer a Pablo Dorado Abest.

Y un día lo conocimos.  Uno de nuestros compañeros dio un codazo a otro y dijo, “mira, tío, ha venido Dorado”. En ese instante sonó el timbre que anunciaba que las puertas iban a abrirse y todos fuimos entrando a empujones, también el abest para dejar de serlo. Cuando  el de latín pasó lista,  Pablo Dorado levantó la mano, no sabía decir Adsum.

Pero sí sabía lo que quería, lo tenía muy claro. Su sueño era ser barrendero. O jardinero, una de dos, los dos oficios le atraían. O mejor todavía, quería ser jardinero barredor.  Maitena lo miró extasiada y yo también, tanto que temí que nos estuviéramos  flasheando  a la par.  Y Sandra también lo temió, dejó de arrancar bolitas a los guantes y miró con desconfianza a Pablo y a nosotras con preocupación.

Una de esas mañanas, en nuestro recorrido habitual, mientras nos parábamos a observar los lagartos de piedra, a leer el consejo bíblico comercial de “comed mucha fruta”, a obedecerlo comprando dos manzanas y a  vestir imaginariamente a nuestros conocidos odiados con la ropa fea, Maitena dijo,  “¿verdad que no es nada anodino? y no hizo falta que me dijera a quién se refería porque estaba claro que era a Dorado Abest.

No creas que le va a ser fácil conseguir lo que quiere, no le van a dejar, añadió luego.  Dicho así me pareció una tontería, ¿cómo no iba a conseguir ser barrendero o jardinero barredor si eso era mucho más fácil que ser cirujano, por ejemplo?  Pero  tenía un poco de  razón porque los sueños  modestos cuando uno no está destinado a ellos son más difíciles de alcanzar que los elevados.  Aunque, ¿quién decide qué es un sueño elevado y qué no, dónde está el medidor de sueños?

Había un chaleco de rombos de colores en el escaparate y decidimos que era perfecto para el de latín. Nos dio tanta risa imaginar su cuerpo retaco vestido con  ese chaleco y pronunciando sin cesar sus adsum y abest, cual si fuera un muñeco latino diabólico, que nos olvidamos de los sueños imposibles de Dorado, de los sueños imposibles en general y  con el ataque de risa las manzanas se cayeron de la bolsa  de papel y rodaron rojas y brillantes  cuesta abajo, por el asfalto.

 

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