Día: 27 diciembre, 2017

Todo estaba lleno de dioses

Pablo Dorado tenía un amigo que tocaba la guitarra, los dos habían crecido juntos, en un barrio al otro lado de la M-30 , al que se llegaba cruzando un puente. Por debajo de ese puente,en una ciudad soñada, debería haber pasado un río. En la nuestra real lo único que pasaba era el tráfico de coches.
El amigo acompañaba algunos días a Pablo hasta la puerta de clase pero no entraba, se quedaba fuera, en la plaza delantera, tocando la guitarra toda la mañana. Desde las ventanas, por las que mirábamos mucho, lo veíamos sentado en uno de los bancos junto a otros seres típicos de las plazas urbanas: palomas del color del asfalto, algunos viejos en las horas centrales de la mañana y un grupo de borrachos vagabundos que habían hecho del lugar su asentamiento. Dormían sobre los bancos, tapados con cartones y cuando se despertaban se lavaban en la fuente, bebían vino de tetra brik y se peleaban o reían enseñando sus encías melladas. A uno de ellos le gustaba leer, solía tener un libro al lado de los zapatos que se quitaba para dormir.

“Según Tales de Mileto, no el hombre sino el agua es la realidad de todas las cosas”, dijo Nuria,  la que nos daba filosofía. En ese momento empezó a caer del cielo gris una lluvia muy fina y fría, de esas que pueden transformarse en nieve a poco que se esfuercen. Nos reímos todos por la coincidencia, había dicho agua y se había puesto a llover, no es que tuviera mucha gracia pero la cuestión era reírse por algo y ahuyentar el sueño y a los presocráticos. Ignorando nuestras risas, Nuria siguió hablando, “Tales también decía que todas las cosas están llenas de dioses”.

Qué chorrada, me dijo Maitena al oído y otra vez nos reímos. Aunque no entendía lo que había querido decir Tales de Mileto, la frase me gustó.  Imaginé pequeños diosecillos, similares a insectos, pululando dentro y alrededor  de cada cosa. Era bonito y un poco asqueroso a la vez. Por suerte no se veían, igual que no se ven los ácaros de las sábanas y gracias a eso se duerme en paz. Los dioses tenían la delicadeza de no mostrarse para dejarnos vivir. Todo eso también era una chorrada, había que reconocerlo,  así que seguí alternando la visión a través de la ventana con el perfil de Pablo Dorado. Me gustaba mucho su nuez prominente en un cuello muy largo y delgado y el dibujo de su boca.

La lluvia, que caía suave pero persistente en pequeñas gotas punzantes como alfileres, no disuadía al amigo de Dorado que seguía en el banco tocando la guitarra, los rizos cayéndole sobre la cara.  Tampoco los borrachos modificaron sus costumbres por un poco de agua helada, solo las palomas volaron a refugiarse en el alero del edificio de enfrente y se quedaron allí,  acurrucadas y puestas en fila como una cenefa aviar.

Al parecer todos los presocráticos estaban muy obsesionados con averiguar el principio de todo, en griego se llamaba arché,  seguramente creían que acertando con el inicio entenderían toda la continuación.  Para Anaxámenes  ese principio era el aire,  para Heráclito, el fuego, y para Anaximandro lo indefinido o indeterminado.  Este último me hizo gracia, me daba la sensación de que se había quedado sin elementos, porque ya se los habían quitado los otros y dijo lo indeterminado por salir del paso. Además, ¿quién podía rebatir ese argumento tan poco concreto? Era el más listo Anaximandro, me cayó bien.

Alternando con las gotas, caía también un poco de agua nieve y aunque no llegaba a  la categoría de copos,  la esperanza de ver los tejados blancos en una ciudad donde raramente nieva nos tenía a todos más pendientes de la ventana que de las explicaciones de la de filosofía. En el edificio de enfrente, por debajo de las palomas en fila, una mujer se asomó a una ventana y sacudió con mucha energía una alfombra.  Como si con ese movimiento hubiera abierto la compuerta de la nieve cayeron los primeros copos.

“El mundo fluye permanentemente, no es posible descender dos veces al mismo río, tocar dos veces una substancia mortal en el mismo estado…”, decía Nuria que decía Heráclito. No era posible mirar dos veces el mismo perfil de Dorado, en la siguiente mirada ya no sería igual aunque sí me lo pareciera. Resultaba inquietante.

Qué coñazo de clase, me dijo Maitena, ¿qué hora es, crees que cuajará la nieve? Mira al amigo de Dorado, qué flipao, sigue tocando la guitarra, ¿qué estará tocando? Oye, ¿te has fijado en que el borracho de las barbas es igual que Tales de Mileto?  Era verdad, en el libro venía un dibujo de Tales y se parecían mucho. El del parque estaba más viejo y desvencijado pero es que habían pasado muchos años. Además era el que leía libros, todo cuadraba, era Tales o su reencarnación.

“…por el ímpetu y la velocidad de los cambios se dispersa y nuevamente se reúne y viene y desparece”, ¿habéis entendido lo que quiso decir Heráclito?, insistía la de filosofía.

Sí,  más o menos, que estábamos fluyendo, cambiando siempre,  en transformación continua. Fuera nevaba ya sin dudas, bailaban los copos en una silenciosa danza que mareaba y fascinaba a la vez. Tales y sus colegas vagabundos habían cambiado el ágora por la más cálida boca del metro buscando cobijo  y  el amigo de Dorado, con sus rizos y su guitarra, nos hacía gestos desde el banco señalando la nieve y daba entusiasmados  saltos de simio loco.

Y todo, todo  estaba lleno de dioses pequeños, algunos benévolos, otros malignos. Dioses culos inquietos que se aburrían de ver lo mismo y por eso empujaban a las cosas, nos empujaban a nosotros con ellas  y no nos dejaban ni nos dejarían nunca permanecer ni seguir siendo los mismos.