Mes: febrero 2018

Lo normal

Algún vecino ha colgado un cartel en el ascensor que dice,  “por educación, higiene y respeto no fumen dentro del ascensor, no dejen las basuras fuera del contenedor y no hagan ruido después de las doce”.” Me la pela”, le viene en ese instante a la cabeza y se sobresalta.  Es el estribillo de  una canción  que solían escuchar sus nietos y que le parecía abominable.  El  pequeño apenas sabía hablar pero ya pronunciaba con bastante claridad “me la pela”y luego se reían a la par como trogloditas, el mayor por habérselo enseñado al otro y el otro por imitación. Los Trogloditas, así los empezó a llamar, le molestaba que oyeran esa canción y también que les hiciera gracia, ¿cómo podía gustarles algo tan chabacano? Pero sería lo normal, como lo es que ahora que ya han crecido no le hagan ni caso.

Siempre, todo, es lo normal y hasta lo que parece más anormal termina normalizándose por el simple hecho de ser. Todo lo que es, se normaliza si sigue siendo durante el tiempo suficiente, a esa conclusión ha llegado.  Se enciende un cigarro y echa el humo en dirección al cartel pegado, ¿Quién lo habrá escrito y colgado ? Alguna maniática.

Entra en el bar estrecho, se llama como su característica, El Estrecho. Pide un cortado,  la tragaperras lo saluda con su musiquita, Fermín, el camarero y dueño, con la cabeza. No le gusta hablar, a él tampoco,  se llevan bien por eso  o por lo menos no mal.  Se sienta debajo de unas banderillas taurinas colgadas en la pared,  parece que se le van a clavar a él en la espalda. Son feas como el bar, un bar feo y normal. Mira pasar la gente, los coches. Como llueve está la calle atascada y todos los coches pitan, en esta ciudad seca se asustan de la lluvia. Cuando él llegó de lo que se asustó fue de sus cielos azules, de toda esa luz que caía sobre las cosas y las hacía parecer más duras y agresivas pero ahora ya encuentra normal esa luz mesetaria, ya no añora el cielo gris y la vida difuminada, borrosa y más discreta de debajo.

Está dando un trago a su café que está fuerte y malo, café malo normal de bar feo normal, cuando ve caerse a un hombre en mitad del cruce. Una furgoneta de reparto frena a tiempo y no lo arrolla de milagro. Sale por si puede ayudar, el de la furgoneta se ha bajado y no hace más que repetir, “yo no he sido,  se ha caído él solo, yo no le he hecho nada”. No se queda tranquilo hasta que un par de testigos confirman que sí, que el hombre se ha caído solo, ha resbalado”. El accidentado es chino y acaba de lanzar un desgarrador grito de dolor con el pie sujeto entre las manos. Grita muy fuerte, gesticulando a la vez, abre mucho la boca y enseña una dentadura marrón y un poco temible. El grito, que se repite a intervalos, también es temible.

No tiene nada, dice un ciudadano escéptico, es que los orientales son muy exagerados, lo sé porque tengo un cuñado chino, gritan todos así a la mínima, es lo normal entre ellos. Le toca por encima el pie y hace el diagnóstico: como mucho un esguince y de los leves ¿Cuánto te duele del uno al diez? Tengo restaurante, contesta el otro.

Como alguien ha llamado a una ambulancia y su presencia no hace falta, se retira de nuevo al bar. Fermín lo recibe con un encogimiento de hombros que puede querer decir varias cosas o ninguna. No se molesta en interpretarlo. Echa unas monedas en la máquina que emite sobre los dos, sobre la estrechez de El Estrecho,  una luz morada y un tanto siniestra. Pasan unos chicos con los pantalones rotos por las rodillas, se los compran así y no son por eso más baratos. Hace mucho que no ve a los Trogloditas, seguro que también llevan los pantalones con los rotos hechos de fábrica, son chicos normales. “Fabuloso. Amazing. Último remate”, eso pone en el escaparate de la zapatería que está enfrente entre muchas exclamaciones.

Piensa en el grito del hombre, iba precedido de silencio,como si el grito se gestara ahí, en ese silencio y no iba dirigido a nadie, era como una comunicación entre él y el dolor. Un grito para él mismo,  no miraba a nadie, como si estuviera solo.  Muy extraño o puede que no, puede que todos gritemos así cuando sentimos dolor y miedo y eso sea lo normal.

 

 

 

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La flecha del tiempo

Anoche, para cerrar el fin de semana debidamente, el Toni decidió que teníamos que ver un documental sobre los misterios del Universo. La Noe se negaba, dice que en esas películas no salen personas y que a ella lo que le gusta ver son los líos que se traen los humanos entre ellos, ya sean de amor o de odio y que el Universo, como es tan impersonal y está ahí venga a expandirse le provoca sueño. Es verdad, se quedó dormida en cuanto salió esa primera masa rojiza y azul con pinta de placenta galáctica. Está todo el Universo lleno de eso, será por lo de primigenio. O no tendrá nada que ver, yo qué sé.

A continuación de las placentas flotantes sí que aparecieron personas así que le di un meneo para que no se las perdiera, abrió los ojos pero enseguida los volvió a cerrar porque esas personas salían de una en una y en parajes solitarios, sin relacionarse. Eran los científicos que explicaban los misterios. El primero se paseaba tan tranquilamente por un glaciar donde solo estaban él y el hielo, no sé que nos quería contar ahí porque me despisté y me  puse a pensar en asuntos propios. Al segundo lo entendí mejor, estaba el hombre en mitad de una playa también desierta y hacía un castillo de arena. No era para jugar cual si hubiera vuelto a su feliz infancia si no para  demostrar que él ponía orden en los granos de arena y les daba forma pero que pasado un rato más o menos largo,  el castillo  se le iba a ir al carajo porque esa es la ley básica del Universo, que todo lo que contiene se estropee de muy mala manera. A eso lo llamó la flecha del tiempo y según explicó con mucha calma y como si con él no fuera la cosa, no tiene remedio porque para atrás no va, siempre se dirige hacia delante destrozando todo en su camino y poniéndolo todo hecho unos zorros.

¿Ves?, te lo dije, se me pone el Toni como si hubiera descubierto él la flecha y la entropía, que así es como se llama al lío que monta el tiempo en su viaje destructivo hacia ninguna parte.

No sé si me lo has dicho pero  ahora mismo vamos a quitar este tostón agorero que nos has puesto que ya estoy harta de tanta extinción.

Eso, machista, salta la Noe sacando la cabeza de su  agujero negro. Ya está bien de que siempre mandes tú, ahora mismo ponemos nuestra serie de mujeres carcelarias. Ahí sí que pasan cosas.

Pero en ese momento salió un tercer hombre solitario de la ciencia que durmió al instante a la Noe con su parrafada cuántica. Explicó el señor que nuestras partículas elementales, los átomos y otras todavía más pequeñas, sí escapan  de la flecha maldita. Pueden  estar en varios lugares al mismo tiempo, aparecer y desaparecer a voluntad y viajar hacia atrás en el tiempo.

¿Ves?, te lo dije, Toni, no todo está perdido, tenemos como quién dice la inmortalidad dentro.

Es mentira, claro, nunca he dicho yo semejante cosa porque no la sabía y además que no la entiendo pero llevo todo el día de hoy dándole vueltas a ver si asimilo que estoy hecha de partículas reversibles pero que yo en conjunto no lo soy.

Y mientras lo pienso,  lucho contra el caos en casa de la Patricia. Menuda la que ha armado en esa casa la flecha del tiempo en tan solo dos días. Con la ayuda del Jacobín, ella sola no revuelve tanto.

 

 

 

 

De ardores y extrañezas

Estaba la Esme esta mañana obnubilá total dentro del quiosco. Esto va a ser el efecto de un lunes de febrero que vira ya del invierno a la primavera, he pensado yo mientras me aproximaba.
Digo, Esme, guapa, a qué viene esa cara de alucinación.Ya sé que están floreciendo los primeros almendros,  es un fenómeno muy precioso y digno de ser contemplado, pero lo hemos visto ya otros años, no se puede decir que nos sorprenda, tampoco es para embobarse así con el ciclo estacional.

Ah, no, no, nada de almendros, estoy mirando el fuego. El fuego, el mar, el rostro amado mientras es amado, luego ya no…son todos ellos lugares hipnóticos donde la vista se queda prendida y no se puede despegar, se me pone ella como si fuera una poeta de mercadillo que lo mismo te vende un tomate que te hace un recitativo. Y todo esto sin quitar la cara de embobe dirección su teléfono inteligente.

Yo no veo fuego por aquí, maja, pero tú sabrás.
No me gusta contradecir a las amigas, tampoco a las enemigas, soy muy de seguir la corriente a todo el mundo  y dejar a cada cual con sus cosillas, discutir me da pereza, no tengo la necesidad de imponer a otro mis opinines, como tampoco tengo muchas…será por eso. El Toni dice que admira esa indiferencia mía en querer tener razón, pero que al mismo tiempo le irrita profundamente.

Sí, mujer, es el fuego de las redes sociales, me aclara ella, mira, mira cómo arden. Si hasta crepitan. Arden casi todos los días y por cualquier nimiedad, tienen esa capacidad. Y después de haber ardido, se regeneran no sé cómo, y listas para volver a arder. A saber qué leyes físicas o químicas seguirán pero las de la materia no son. Es raro, ¿verdad?

Bueno, sí, no sé, no estoy muy puesta en redes ardorosas.

Mejor para ti, son tóxicas, me noto un ahogo raro. Se acabó, voy a mirar los árboles, su belleza silenciosa me calma y me sana. Ay, qué bonitos son, transmiten paz. Aunque al mismo tiempo, qué raros si te paras a mirarlos con detenimiento. Ese tronco, esas raíces escondidas que chupan de la tierra, esas ramas…Igual que nosotros los humanos, es que te observo ahora mismo a ti, Eva, y me pareces un ser de lo más extraño. La nariz, las orejas, el pelo, los ojos. No abras tanto los ojos que todavía me pareces más rara. Y cuando hablas…esa manera de mover la boca y articular el lenguaje y el lenguaje….somos rarísimos, ridículos, también prodigiosos.  No me digas que no.
No te digo que no.
Y no me des la razón, tampoco.
No te la doy, tampoco.
¿Quieres arder como una red social cualquiera? Porque me están entrando ganas de incendiarte.

Hija, Esme, que agresiva te pones para ser un lunes de febrero a medio camino entre el invierno y la primavera. Ponte a mirar el fuego otra vez y te obnubilas como cuando he llegado. ¿Y por qué motivo arden ahora las redes?

A ver que te diga…ah, sí, por el himno de la patria nuestra, ya ves tú. Una mujer cantante le ha puesto letra y dice que ya se puede ir tranquila a la tumba, madre del amor fermoso, no doy crédito a lo que leo. Debería volver a examinar los árboles pero voy a seguir un poco más, nada, de verdad, un rato corto, yo controlo, yo controlo.

No le he querido decir por no asustarla que esa frase es la misma que repetía cada día el yinyanes, el drogadicto más famoso de mi pueblo.

Agua dormida

Empezó a pensar, si es que a ese estado medio flotante y denso de la mente se le podía llamar pensamiento,  en agrupamientos animales más coherentes. Pensó que el búho y el oso no debían estar juntos, que el oso marrón estaría mucho mejor al lado del oso azul y de los dos ositos pequeños y blancos, formando algo así como una zona plantígrada. Al otro lado del estante debería reunir a las aves: el búho, el pingüino y el flamenco. El flamenco cantaba si le apretabas la tripa, todos se habían reído mucho cuando cantó y habían dicho, “ay, pero qué cosa más graciosa”. No le hizo gracia pero sonrió, era más fácil y se acababa antes.  En ese momento no se acordaba de quién se lo había traído ni qué grupo humano formaba ese todos, solo recordaba que quería que se fueran, que con toda su alma quería que se fueran, que abajo, en la calle, había empezado a llover después de muchos meses de cielos despejados y que desde la ventana, en camisón, había visto pasar a la gente con gabardinas y paraguas en dirección a sus ocupaciones exteriores, el asfalto brillando, y que se sintió en otro mundo muy lejano de ese exterior. Un mundo en el que acaba de ingresar y cuyas reglas aun no manejaba  formado  por dos largas hileras de animales de peluche de todas las especies y colores y un niño de carne  que lloraba por motivos desconocidos y que cuando llegaba la noche no se dormía porque para él no había distinciones entre el día y la noche.

Ahora era de noche, ya llevaba siéndolo muchas horas y ni boca arriba ni de lado ni boca abajo ni con balanceo entre los brazos ni moviendo la cuna una y otra vez, una y otra y otra se dormía el niño. Con el movimiento parecía que sí, que ya se iba a dormir, los ojos se entrecerraban, pero cuando ya estaban a punto de desaparecer tras los párpados y el movimiento se aflojaba levemente,  volvían a abrirse, enormes. Y después de abrirse como con susto, lloraba y lloraba. Era su modo de comunicación, su manera de decir, no sé dónde estoy ni para qué, tengo frío o hambre o incomodidad o miedo o no sé lo que tengo.

Silenciosos observaban la escena la rana, los monos que se abrazaban, la jirafa, el erizo, el elefante azul y el hipopótamo con un corazón rojo bordado en la tripa. No trataban de comerse unos a otros, no olían mal, eran tiernos y ridículos a la vez  y la miraban desde la estantería como si supieran. Como si supieran que también tenía ganas de llorar y que a veces lloraba y eso que no podía decirse que no estuviera feliz. Eso no podía decirse. No solo no podía decirse porque no era verdad, no lo era, si no porque aunque no lo hubiera estado tampoco podría decirse. Por lo menos no  así en general, a todos esos que venían de visita con sus bombones y sus peluches y sus vestidos de bebé y sus consejos y sus inspecciones oculares buscando parecidos. Tal vez se lo podría haber dicho, en bajo,  a los tiernos animales de colores pero no hubiera servido de nada porque ellos no tenían lenguaje, no entendían el suyo, no podían corresponder.

La luz de una farola entraba en el cuarto iluminando de naranja una franja de suelo. Desde la silla estiró el cuello para mirar por la ventana sin dejar de mover y mover como si hiciera una masa de algo,  masa de sueño de niño, si dejaba de mover la masa se cortaba.  Vio pasar un coche y al rato otro, imaginó a sus conductores, con toda normalidad llegarían a sus casas,  se meterían en la cama y dormirían. Al igual que detrás de todas esas ventanas apagadas había gente durmiendo, libres recorriendo sus sueños, descargando sus subconscientes, descansando sus cuerpos. Dormir era su mayor deseo. Abandonarse al sueño. Abandonarse.

Le pareció que el conejo rosa se reía  y que el gato de rayas de colores también se reía. Que todos esos peluches que habían invadido su casa se reían. Pero no se reían, era solo esa expresión que les habían puesto, de inocente felicidad, con sus bocas cosidas en dirección ascendente. El burro tenía dientes y los enseñaba, el burro se carcajeaba.  Pero el  niño lloraba y no podía saberse el motivo. Hambre, frío, incomodidad, nerviosismo, cólicos, sueño. Y si tenía sueño, ¿por qué no se dormía? Porque no  podía, no sabía hacerlo. Le dio pena el niño que no sabía dormirse, tan recién llegado que ni eso sabía. Quiso decirle que era muy fácil, sólo había que cerrar los ojos y dejarse llevar por las oleadas hasta entrar en el mar del sueño. Era tan fácil caerse en ese mar y flotar a la deriva…, hundirse.  Se sujetó fuerte con una mano a uno de los brazos de la silla porque no se debía caer, no le estaba permitido caerse,  y con el otro siguió moviendo  la cuna arriba y abajo, abajo y arriba y hacia los lados. Le dolía el brazo y la cabeza y una extraña claridad que todavía no lo era anunciaba el amanecer.

Empezó a llover, el sonido de las gotas chocando contra el cristal daba mucho sueño, muchas ganas de ser gota y resbalar, derretirse, perder los contornos, unirse a otras gotas y dejarse arrastrar hacia abajo formando un camino líquido. Muchas ganas de ser agua inconsciente, agua dormida.

 

 

Ballena blanca

Qué susto esta mañana, estábamos la Noe y yo haciendo nuestras abluciones, ella  limpiándose la cara con una toallita y yo lavándome los dientes, cuando irrumpe el Toni cual cavernícola de los aseos y grita muy alterado ¡por ahí no, inepta, cuidado, la ballena blanca!

¿Qué cosa dices de ballenas?, pregunta la Noe lanzando la toallita al inodoro y  tirando de la cadena. Este hombre está fatal y yo, desde ahora te lo digo, no voy a aguantar más muestras de lo que sea que sea esto. Así que por si acaso, “me too”, ¿me has oído, Toni? Y “je suis” también, por si las moscas. A mí no me acosa ningún macho dominante. Y yo que tú, Eva, hacía algo pero ya porque lo de ballena, ahora que lo pienso, puede que vaya por ti.  Y me voy a currar que ya estoy tardando.

Pero, Noe, si vas en pijama, se te ha olvidado vestirte, la he avisado mientras me rumiaba lo de la ballena, mira que si es verdad que me ha llamado  cetácea en mis narices…Acoso no me parece pero grosería sí y de las gordas, nunca mejor dicho.

No se me ha olvidado vestirme ni mucho menos, se me pone ella echándose un abrigo por encima, es que el pijama es tendencia desde hace mucho, ¿pero todavía no te has enterado? Qué atrasados estáis vosotros dos, ha dicho preparándose para salir la calle con la misma ropa que se ha puesto para dormir. Qué tendenciosa es.

Espero que lo de ballena no sea por mí, le he dicho al Toni,  se acerca san Valentín y aunque ya sé que te parece una fecha absurda y que lo odias con esa costumbre tan tuya  de odiarlo todo, pues por lo menos, ya que regalo y cena romántica no, alusiones a los defectos de cada cual, tampoco.

No me estaba metiendo contigo ni con tu amiga la del pijama con tacones, me refería a las ballenas blancas que se expanden cual plaga por todas las alcantarillas de las grandes ciudades del planeta. Todas esas toallitas se unen hasta formar asquerosas y malolientes moles. Eso sí, con camomila y vitamina E, qué bien. Así que no las tires más por el váter, Noemi, ya lo sabes.

Qué picajoso, ¿no? y qué tiquismiquis, por una toallita de nada ¿cómo se va a formar el lío que dice de ballenas por las alcantarillas? Ratas sí que puede y bien grandes, ¿te acuerdas de el otro día en el metro la que vimos marchando tan campante por una de las vías?  Uffff, solo le faltan el bolso y el móvil para ser humana. Pero ballenas, anda ya, Toni, exagerao.  Bueno, venga te retiro lo del acoso pero ten cuidadito que nos hemos empoderao, ¿verdad, Eva?

Sí, bueno, no sé, eso sobre todo la Esme, ella sí es muy de empoderamientos igual que tú de tendencias. Pues luego me voy a verla y le cuento lo de las toallitas por si no lo supiera o supiese. Y eso he hecho en cuanto he tenido un rato a eso de la hora de comer. Digo, Esme, maja, no arrojes toallitas que se forma la ballena blanca y a ver qué hacemos luego con semejante animal atascado por los desagües.

¿A qué juegas, a la ciudadana cívica modelo? Se me ocurre otro jueguito mejor, juguemos a los informativos de la 1, justo los estaba viendo a la par que cerraba los ojos. Ponte ahí donde los carámbanos con el gorro de lana bien encasquetao, si tienes capucha con pelos mejor que mejor, y cara de estar quedándote pájara. Con este palo que te voy a dar simulas un micrófono y cuentas a la audiencia el frío que hace.  Luego yo hago de señora que pasaba por aquí y tú me entrevistas sobre el frío otra vez. Yo te contesto que en todos mis años de vida en la Tierra nunca había visto otro temporal como este y que así están los cuerpos y que ojalá escampe pero que el invierno es así.

¿Y no es un juego un poco aburrido, Esmeralda?

Mogollón de aburrido pero así no hablamos de nada de interés, igualito que en la 1. Anda calla, que sí, que acaban de decir que la humanidad ha dado el primer paso para llegar a Marte con un cohete que lleva dentro un descapotable. Mira qué bien, una vez que lo hayamos puesto aquí todo perdido de plásticos, de ballenas blancas y de todo tipo de dióxidos y monóxidos,  nos montamos en nuestros coches espaciales rojos último modelo y a enguarrinar nuevos planetas. Me da felicidad saber que nuestra labor puede continuar, ¿a ti no?

Pssss, no tanta y pareces el Toni. Pero ya llega el carnaval, ¿te vas a disfrazar? A mí me gustaría pero no se me ocurre de qué.

Pues no va y me dice que ella pasa de disfraces pero que me deja sus paquetes de toallitas desmaquilladoras compradas en los chinos y que puedo ir de ballena blanca…creo que le ha sentado mal que la comparara con el Toni. Como es empoderada, será por eso. O no, me lían entre todos.