Día: 14 febrero, 2018

Agua dormida

Empezó a pensar, si es que a ese estado medio flotante y denso de la mente se le podía llamar pensamiento,  en agrupamientos animales más coherentes. Pensó que el búho y el oso no debían estar juntos, que el oso marrón estaría mucho mejor al lado del oso azul y de los dos ositos pequeños y blancos, formando algo así como una zona plantígrada. Al otro lado del estante debería reunir a las aves: el búho, el pingüino y el flamenco. El flamenco cantaba si le apretabas la tripa, todos se habían reído mucho cuando cantó y habían dicho, “ay, pero qué cosa más graciosa”. No le hizo gracia pero sonrió, era más fácil y se acababa antes.  En ese momento no se acordaba de quién se lo había traído ni qué grupo humano formaba ese todos, solo recordaba que quería que se fueran, que con toda su alma quería que se fueran, que abajo, en la calle, había empezado a llover después de muchos meses de cielos despejados y que desde la ventana, en camisón, había visto pasar a la gente con gabardinas y paraguas en dirección a sus ocupaciones exteriores, el asfalto brillando, y que se sintió en otro mundo muy lejano de ese exterior. Un mundo en el que acaba de ingresar y cuyas reglas aun no manejaba  formado  por dos largas hileras de animales de peluche de todas las especies y colores y un niño de carne  que lloraba por motivos desconocidos y que cuando llegaba la noche no se dormía porque para él no había distinciones entre el día y la noche.

Ahora era de noche, ya llevaba siéndolo muchas horas y ni boca arriba ni de lado ni boca abajo ni con balanceo entre los brazos ni moviendo la cuna una y otra vez, una y otra y otra se dormía el niño. Con el movimiento parecía que sí, que ya se iba a dormir, los ojos se entrecerraban, pero cuando ya estaban a punto de desaparecer tras los párpados y el movimiento se aflojaba levemente,  volvían a abrirse, enormes. Y después de abrirse como con susto, lloraba y lloraba. Era su modo de comunicación, su manera de decir, no sé dónde estoy ni para qué, tengo frío o hambre o incomodidad o miedo o no sé lo que tengo.

Silenciosos observaban la escena la rana, los monos que se abrazaban, la jirafa, el erizo, el elefante azul y el hipopótamo con un corazón rojo bordado en la tripa. No trataban de comerse unos a otros, no olían mal, eran tiernos y ridículos a la vez  y la miraban desde la estantería como si supieran. Como si supieran que también tenía ganas de llorar y que a veces lloraba y eso que no podía decirse que no estuviera feliz. Eso no podía decirse. No solo no podía decirse porque no era verdad, no lo era, si no porque aunque no lo hubiera estado tampoco podría decirse. Por lo menos no  así en general, a todos esos que venían de visita con sus bombones y sus peluches y sus vestidos de bebé y sus consejos y sus inspecciones oculares buscando parecidos. Tal vez se lo podría haber dicho, en bajo,  a los tiernos animales de colores pero no hubiera servido de nada porque ellos no tenían lenguaje, no entendían el suyo, no podían corresponder.

La luz de una farola entraba en el cuarto iluminando de naranja una franja de suelo. Desde la silla estiró el cuello para mirar por la ventana sin dejar de mover y mover como si hiciera una masa de algo,  masa de sueño de niño, si dejaba de mover la masa se cortaba.  Vio pasar un coche y al rato otro, imaginó a sus conductores, con toda normalidad llegarían a sus casas,  se meterían en la cama y dormirían. Al igual que detrás de todas esas ventanas apagadas había gente durmiendo, libres recorriendo sus sueños, descargando sus subconscientes, descansando sus cuerpos. Dormir era su mayor deseo. Abandonarse al sueño. Abandonarse.

Le pareció que el conejo rosa se reía  y que el gato de rayas de colores también se reía. Que todos esos peluches que habían invadido su casa se reían. Pero no se reían, era solo esa expresión que les habían puesto, de inocente felicidad, con sus bocas cosidas en dirección ascendente. El burro tenía dientes y los enseñaba, el burro se carcajeaba.  Pero el  niño lloraba y no podía saberse el motivo. Hambre, frío, incomodidad, nerviosismo, cólicos, sueño. Y si tenía sueño, ¿por qué no se dormía? Porque no  podía, no sabía hacerlo. Le dio pena el niño que no sabía dormirse, tan recién llegado que ni eso sabía. Quiso decirle que era muy fácil, sólo había que cerrar los ojos y dejarse llevar por las oleadas hasta entrar en el mar del sueño. Era tan fácil caerse en ese mar y flotar a la deriva…, hundirse.  Se sujetó fuerte con una mano a uno de los brazos de la silla porque no se debía caer, no le estaba permitido caerse,  y con el otro siguió moviendo  la cuna arriba y abajo, abajo y arriba y hacia los lados. Le dolía el brazo y la cabeza y una extraña claridad que todavía no lo era anunciaba el amanecer.

Empezó a llover, el sonido de las gotas chocando contra el cristal daba mucho sueño, muchas ganas de ser gota y resbalar, derretirse, perder los contornos, unirse a otras gotas y dejarse arrastrar hacia abajo formando un camino líquido. Muchas ganas de ser agua inconsciente, agua dormida.