Agua dormida

Empezó a pensar, si es que a ese estado medio flotante y denso de la mente se le podía llamar pensamiento,  en agrupamientos animales más coherentes. Pensó que el búho y el oso no debían estar juntos, que el oso marrón estaría mucho mejor al lado del oso azul y de los dos ositos pequeños y blancos, formando algo así como una zona plantígrada. Al otro lado del estante debería reunir a las aves: el búho, el pingüino y el flamenco. El flamenco cantaba si le apretabas la tripa, todos se habían reído mucho cuando cantó y habían dicho, “ay, pero qué cosa más graciosa”. No le hizo gracia pero sonrió, era más fácil y se acababa antes.  En ese momento no se acordaba de quién se lo había traído ni qué grupo humano formaba ese todos, solo recordaba que quería que se fueran, que con toda su alma quería que se fueran, que abajo, en la calle, había empezado a llover después de muchos meses de cielos despejados y que desde la ventana, en camisón, había visto pasar a la gente con gabardinas y paraguas en dirección a sus ocupaciones exteriores, el asfalto brillando, y que se sintió en otro mundo muy lejano de ese exterior. Un mundo en el que acaba de ingresar y cuyas reglas aun no manejaba  formado  por dos largas hileras de animales de peluche de todas las especies y colores y un niño de carne  que lloraba por motivos desconocidos y que cuando llegaba la noche no se dormía porque para él no había distinciones entre el día y la noche.

Ahora era de noche, ya llevaba siéndolo muchas horas y ni boca arriba ni de lado ni boca abajo ni con balanceo entre los brazos ni moviendo la cuna una y otra vez, una y otra y otra se dormía el niño. Con el movimiento parecía que sí, que ya se iba a dormir, los ojos se entrecerraban, pero cuando ya estaban a punto de desaparecer tras los párpados y el movimiento se aflojaba levemente,  volvían a abrirse, enormes. Y después de abrirse como con susto, lloraba y lloraba. Era su modo de comunicación, su manera de decir, no sé dónde estoy ni para qué, tengo frío o hambre o incomodidad o miedo o no sé lo que tengo.

Silenciosos observaban la escena la rana, los monos que se abrazaban, la jirafa, el erizo, el elefante azul y el hipopótamo con un corazón rojo bordado en la tripa. No trataban de comerse unos a otros, no olían mal, eran tiernos y ridículos a la vez  y la miraban desde la estantería como si supieran. Como si supieran que también tenía ganas de llorar y que a veces lloraba y eso que no podía decirse que no estuviera feliz. Eso no podía decirse. No solo no podía decirse porque no era verdad, no lo era, si no porque aunque no lo hubiera estado tampoco podría decirse. Por lo menos no  así en general, a todos esos que venían de visita con sus bombones y sus peluches y sus vestidos de bebé y sus consejos y sus inspecciones oculares buscando parecidos. Tal vez se lo podría haber dicho, en bajo,  a los tiernos animales de colores pero no hubiera servido de nada porque ellos no tenían lenguaje, no entendían el suyo, no podían corresponder.

La luz de una farola entraba en el cuarto iluminando de naranja una franja de suelo. Desde la silla estiró el cuello para mirar por la ventana sin dejar de mover y mover como si hiciera una masa de algo,  masa de sueño de niño, si dejaba de mover la masa se cortaba.  Vio pasar un coche y al rato otro, imaginó a sus conductores, con toda normalidad llegarían a sus casas,  se meterían en la cama y dormirían. Al igual que detrás de todas esas ventanas apagadas había gente durmiendo, libres recorriendo sus sueños, descargando sus subconscientes, descansando sus cuerpos. Dormir era su mayor deseo. Abandonarse al sueño. Abandonarse.

Le pareció que el conejo rosa se reía  y que el gato de rayas de colores también se reía. Que todos esos peluches que habían invadido su casa se reían. Pero no se reían, era solo esa expresión que les habían puesto, de inocente felicidad, con sus bocas cosidas en dirección ascendente. El burro tenía dientes y los enseñaba, el burro se carcajeaba.  Pero el  niño lloraba y no podía saberse el motivo. Hambre, frío, incomodidad, nerviosismo, cólicos, sueño. Y si tenía sueño, ¿por qué no se dormía? Porque no  podía, no sabía hacerlo. Le dio pena el niño que no sabía dormirse, tan recién llegado que ni eso sabía. Quiso decirle que era muy fácil, sólo había que cerrar los ojos y dejarse llevar por las oleadas hasta entrar en el mar del sueño. Era tan fácil caerse en ese mar y flotar a la deriva…, hundirse.  Se sujetó fuerte con una mano a uno de los brazos de la silla porque no se debía caer, no le estaba permitido caerse,  y con el otro siguió moviendo  la cuna arriba y abajo, abajo y arriba y hacia los lados. Le dolía el brazo y la cabeza y una extraña claridad que todavía no lo era anunciaba el amanecer.

Empezó a llover, el sonido de las gotas chocando contra el cristal daba mucho sueño, muchas ganas de ser gota y resbalar, derretirse, perder los contornos, unirse a otras gotas y dejarse arrastrar hacia abajo formando un camino líquido. Muchas ganas de ser agua inconsciente, agua dormida.

 

 

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38 comentarios en “Agua dormida

  1. Qué pasote, eva: como dice Torosalvaje, haces magia con las palabras. Y tienes la facultad de trasladar a otros espacios… sin ir más lejos, a un inverno nevado del Hospital de la Paz de Madrid, hace muchos años, con el sistema de calefacción averiado y un frío que helaba el alma. El padre de mi compañera de cuarto puso espadadrapo alrededor del marco de la ventana, pero el aire gélido seguía colándose por las rendijas. Metí en la cama a mi pequeñin (ochomesimo y arrugado como un garbanzo) para darle calor y me pase toda la noche luchando por no caer dormida, porque estaba convencida de que, de hacerlo, lo aplastaría… Como desee entonces ser agua dormida. Es un relato impresionante y mucho más.

  2. ¡Cuánta ternura!

    Tienes una capacidad para evocar que me deja con la boca abierta.
    Un niño no entiende la llegada de un hermano, ni aunque posea todo un zoo de animales de peluche.

    Tuvo suerte su madre, pues el protagonista no zarandeó el bebe fuertemente y lo arrojó al suelo.

    Un beso.

    1. Hola, Ilduara.
      Creo que lo he escrito tan etéreo que no se ha entendido bien porque también What, más abajo, lo ha interpretado así. No es una niña y su hermano, es una madre con un recién nacido.
      No quise entrar en detalles de partos y lactancias, solo en la falta de sueño y en ese estado de ánimo raro que provoca no dormir.
      Pero muchas gracias por leer y comentar.
      Un beso

  3. Paloma eres increible, mujer, excelentisimo texto Sra mia!!!
    Pobrecilla, tan joven, tan madre, tan desolada!
    Felicitaciones, me has hecho comprenderme
    Comparto mañana , hoy estan todos con San Valentin

  4. Qué desesperación, qué pesadez, qué necesidad imperiosa de dormir y ese ¿hermano pequeño? que no deja a la niña hacerlo, porque ni siquiera sabe él mismo cómo. Lo transmites, plasmas y contagias magistralmente, casi nos haces sentir que tu relato pesa miles de toneladas, o mejor nuestros párpados, por el agotamiento y la imposibilidad de dormir.
    “Silenciosos observaban la escena la rana, los monos que se abrazaban, la jirafa, el erizo, el elefante azul y el hipopótamo con un corazón rojo bordado en la tripa.” Y ole, cómo nos haces ver esa estantería y activas nuestra imaginación con una frase para enmarcar. Poesía pura y dura, o tierna poesía, o poesía peluchil y animalesca. Y bueno, toda la descripción de esos peluches es fantástica.
    Y los que se reían… “bocas cosidas en dirección ascendente”… jajaja, ole, ole y ole otra vez.
    Me has hecho regresar, o sentirme en ese cuarto para niños que nunca tuve o en el que nunca he estado, eso es lo asombroso. Una niñez mágica con gotas de dolor e incomprensión.
    ¿Dónde pongo estas frases que tanto me gustan, y ya son muchas? ¿en un trastero? ¿en un escaparate, en un museo, en un lateral, en algún espejo de la blgosfera?
    Y en cuanto a la “escapista”, jajaja, yo diría: ¿”Tu nombre me sabe a yerba”?
    Ciao Evavill.

    1. Esto….What, son una madre y su hijo los protagonistas de la historia. Suelen regalarles muchos peluches a los recién nacidos, de ahí la invasión de muñequitos sonrientes. Pero no importa la confusión, he sido poco precisa, lo importante es que te haya gustado leerlo que creo (espero) que sí.
      Muchas gracias por todo.
      (Muy ingenioso el título que le has puesto a la foto, jajajajaja, me ha gustado).

  5. Cuando llego tarde, todas las palabras que quiero decirte ya están dichas, pero aunque sea repetirme, aunque sea decir lo de siempre… ¡Peazo de escritora que eres, Paloma! Tus letras no duermen, tus letras acunan los sueños de los lectores que te seguimos.

  6. Me uno al sentir de los comentarios anteriores, es increíble la capacidad que tienes para hacer arte de lo cotidiano. El último párrafo es de lo mejor que he leído últimamente, no me canso de leerlo. Enhorabuena! Saludos

    1. Muy bien no se lo estaban pasando pero esos ratos malos forman parte de la vida.
      Los peluches un poco grimosos, cierto, pero es por la visión que da el agotamiento.
      Me gusta tu observación final.

  7. No es tan etéreo, y se concreta en algunos puntos, lo que es suficiente, pero es un texto donde la sensación predominante inunda toda la materia como un buen humo. Un magnífico relato ahumado. Abrazos, Paloma

    1. Sí que tiene una atmósfera un poco gaseosa, es el sueño que le quita el peso a las cosas.
      En realidad no lo sé, pero me ha gustado tu interpretación.
      Eres muy majo, Eladio. Gracias.
      Otro abrazo para ti.

      1. Pues , precisamente es su punto fuerte..tener una atmosfera un poco gaseosa.El texto es absolutamente cierto, vivo y natural, como si fuera yo con mi primer hijo. No hay palabras , Paloma..tan sutil y fino es el relato.

    1. Eso también es muy malo, querer dormir y no poder, no porque no nos deje otro si no porque no nos dejamos nosotros. A mí me pasa de vez en cuando. De pequeña también era mala durmiente.
      Besos, Álter.

  8. ¡¡Ay!!Paloma. Lo has bordado… me siento totalmente identificada con la madre, mi hija no tenia demasiadose peluches, ni ganas de dormir. He pasado muchas noches con ella en brazos, sentada en la cama… un milagro que no se me cayera de los brazos cuando me quedaba dormida de cansancio…
    Te aplaudo, Paloma.
    Besossss

    1. Mil gracias, Maite.
      Creo que cualquiera que haya pasado por esa situación tan cotidiana pero desesperante lo puede entender.

      Pero ya duermes, ¿a que sí?
      ¡Qué placer tan sencillo y tan bueno!
      Un beso

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