Día: 6 marzo, 2018

Sibi

El primer arrebato le dió una mañana de lluvia. El agua caía sobre el suelo del patio haciendo un ruido de pequeñas patitas, muchas pequeñas patitas caminando a la vez. Sibi estaba en la cocina guisando un pollo. Cuando terminó,  recogió, limpió, dobló el trapo de secar y, como estaba un poco húmedo, lo colocó sobre el radiador. Se quedó un rato alisándolo con las manos, tenía pena pero no sabia por qué, alisar el trapo era como alisarse su propia pena. Escuchó con atención el golpear de las patitas, parecía que querían entrar,  que a su manera le estaban pidiendo que abriera.

Dejó en paz el trapo, abrió la ventana obedeciendo a la lluvia, sintió el frío de la calle y el olor a tierra mojada y con una rabia que no sabía que tenía,  estampó el  contenido de la cazuela sobre el suelo. Un pajarito llamado lavandera se acercó a saltos, picoteó uno de los muslos del pollo y después una rodaja de zanahoria. Sibi miró al pájaro y observó que de las ramas de los árboles colgaban gotas como cristales brillantes. Era un adorno muy bonito y le hubiera gustado tenerlo para ella, como pendientes, por ejemplo. La pena se había apaciguado pero al ver la comida que acababa de preparar tirada en el suelo comprendió que  algo raro le había pasado, algo que escapaba a su control.  Tuvo la certeza de  que ese algo indomesticable se iba a quedar ya para siempre.

Lloró apoyando la cabeza entre los brazos,  el pelo rojo y rizado  extendido sobre la mesa de la cocina.  Lloró y lloró temblando, acompañada por el agua de lluvia, por esas gotas suaves y persistentes que  ya no eran patitas que le pedían auxilio, eran voces suaves que decían, “pobre, Sibi, pobre, pobre”, consolándola. Cuando terminó de llorar se comió una mandarina. Las gotas colgaban de las ramas, brillantes. Alisó de nuevo el trapo con las manos unas cuantas veces.