Li-bre

Orlando tenía unos brazos así, bien pero que bien fuertes, y los ojos verdes, muy verdes, dijo la tía Nieves sin venir a cuento cuando ya estaban empezando a tomar el postre. Lo dijo mirando al vacío o más bien a una franja de luz llena de motas de polvo que se filtraba por la ventana.   Y hoy no he bebido, que quede claro.

Era un hombre fornido, a mí me gustan los hombres fuertes, que se note que son hombres, los enclenques no son para mí. Se arrepintió al instante de haber dicho eso porque justo enfrente tenía sentado a un representante de hombre enclenque, el marido de su hermana Marta. No se había dado por aludido, menos mal. Era la ventaja de que nadie le hiciera caso.  A veces la tía Nieves se preguntaba si la escuchaban cuando hablaba aunque con el jaleo que había en esa mesa tampoco era de extrañar que nadie se hubiera enterado de lo que acababa de decir. Familia de folloneros, pensó.

Subiendo un poco más el tono de voz volvió a la carga. Orlando, qué hombre, le gustaba montar a caballo al lado del mar, alguna vez me llevó pero a mí los caballos me dan respeto, yo me quedaba sentada en un banco del paseo marítimo, mirando. Esa zona estaba llena de flores de todos los colores y abajo el mar con su oleaje y Orlando cabalgando junto a la orilla y las flores con su perfume… Ahora sí la había escuchado alguien, unos cuantos, los sobrinos jóvenes que estaban sentados al fondo.

Se reían escandalosamente  como los descerebrados que eran y les había oído decir, “ya está flipando la tía Snows”, bah,  qué sabrían ellos de historias de amor si todavía no habían ni empezado a vivir. Con suerte tendrían una a lo largo de sus vidas o puede que ninguna. Había gente que no tenía ninguna, que jamás experimentaba la pasión ni llegaba a arder con su llama. Su hermana, por ejemplo, tantos años primero de noviazgo tranquilo  y luego de matrimonio más tranquilo todavía con el enclenque…eso no se podía llamar amor, no como ella lo entendía. Qué pasión podían sentir esos dos, como mucho la de compartir el flan como estaban haciendo ahora. Aunque nunca se sabía, la tía Nieves los observó intentando imaginarlos en su intimidad, pero desechó sus pensamientos por demasiado perturbadores.

El padre, el de Orlando, era agregado cultural en una embajada, pero ahora no recuerdo en cuál. Tenían una casa cerca de Lisboa, una señora casa, no un piso, una casa con un jardín lleno de árboles frutales y parterres.  Y una fuente con nenúfares, cuántas veces nos sentamos en su borde a contemplar el atardecer mientras nos besábamos y besábamos y besábamos…¿Pero de eso cuántos años hace?, le preguntó su hermana interrumpiendo el besatorio.

Ya empezaban con las dataciones, en esa familia todo tenía que fecharse o no se quedaban tranquilos, eran como historiadores de ellos  mismos y hasta que no lo tenían todo acotado en el tiempo y bien colocado no descansaban.

A ella le daba lo mismo, las fechas nunca se le quedaban, los recuerdos estaban por ahí, yendo y viniendo a su antojo como pájaros, a veces se posaban cerca y después desparecían, emigraban, volvían al cabo del tiempo. Mejor así,  no le gustaba encerrarlos. Por eso no precisó, por eso y porque no lo sabía.

Hará veinte años o treinta o puede que más o menos,  no me acuerdo, tampoco es tan importante. Lo que sí sé es que tenía unos ojos maravillosos, llenos de luz,  y una voz profunda que con solo pronunciar mi nombre no sé cómo explicaros, dijo acariciándose los brazos…De nuevo las risas de los jovenzuelos tontainas y  otra pregunta inoportuna de una de las niñas, “¿y qué pasó después, por qué no seguiste con él?”.

Esa era la siguiente manía por orden de aparición: primero fechar y después conocer el desenlace cuando resulta que justo el desenlace es siempre lo menos interesante. Era aventurero, eso pasó, dijo con total  naturalidad, como si ese dato lo aclarara todo.  Y para ella lo aclaraba, no se imaginaba  a Orlando sentado en esa mesa ruidosa comiéndose un flan y con una servilleta blanca sobre los muslos. No se lo quería  ni imaginar.

¿Orlando no es el título de un libro?, su hermana otra vez, qué pesada. Me suena mucho. Para qué quieres más, el enclenque ya se había lanzado a buscarlo en google y declamaba muy satisfecho como si lo hubiera escrito él, “Orlando Furioso, de Ludovico Ariosto, poema épico caballaresco cuya redacción definitiva se publicó en 1532”

“¿Y el tuyo también era furioso, tía? La niña, mira qué rica. Y más risas.

No diría yo que furioso sea la palabra exacta, la palabra exacta sería… no la dijo, no la encontraba y además había venido un nuevo recuerdo alado batiendo el aire con fuerza.

También salí con un italiano, se llamaba Franchesco, nombre que significa hombre libre. Al decir esto miró al enclenque que se estaba quedando dormido con los ojos abiertos, tenía esa habilidad. La franja de luz se había desplazado y lo iluminaba como se hace con los monologuistas en un teatro. Solo que su cuñado no decía nada, era un monologuista mudo. Y soso.

Libre, repitió la tía Nieves. Li-bre, silabeó disfrutando de partir en dos la palabra como si así la liberará también a ella al dejar que por ese hueco entre las sílabas se escapara parte del significado. Una miga de pan hecha bola lanzada por uno de los chicos aterrizó en su copa de vino y le salpicó de rojo la blusa blanca.

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43 comentarios en “Li-bre

  1. “Los recuerdos estaban por allí… yendo y viniendo como pájaros…” Cuánta luz llevaban y traían esos recuerdos. Me trajeron otros…
    Lo disfruté!
    Beso, Paloma

  2. Joder… qué final!!!
    Esa miga de pan, esa miga criminal que lo rompe todo definitivamente.
    Qué imagen…
    Uno de los mejores relatos que te he leído.
    De concurso y de ganarlo.
    Una auténtica maravilla.
    De verdad que es muy bueno Paloma.
    Mi aplauso para ti.

    Y un besos.

  3. … cuando resulta que justo el desenlace es siempre lo menos interesante…Tan buena y cierta esa frase, Paloma…..¡ Genial! Siempre corta las alas de mis recuerdos esa pregunta y desvia mis recuerdos al lado menos interesante. Besos.

  4. jaja me ha gustado ese chapuzón final para despertarla de su sueño – cruel, mucho, eso sí- pero como final de 10 ; ) me pregunto por qué cuando alguien se relame de gusto repasando algún capítulo estupendo de esos que todos guardamos en le pasado a todo el mundo le da por destrozártelo jaja creo que será mejor que tía Nieves disfrute de sus recuerdos en otro lugar que no sea en medio de una comida familiar, al menos con esa familia tan poco cuidadosa con sus recuerdos ; )

    Estupendo PALOMA, me ha encantado … como siempre ! ; )

    Montón de besos cielo!
    tb para tía Nieves, dile que nos cuente a ti y a mi sus recueros que la escucharemos embobadas ; )

    1. Hola, María!!
      La gente es muy fastidiona, debe de ser eso.
      A mí me encanta que me cuenten cosas, lo único malo es que luego puede que las escriba 😉
      Le daré tus besos a la tía Nieves.
      Otro para ti

  5. Los hombres enclenques y…¡¡viva la diplomacia!!
    Creo que, después de mucho buscarlo, puedo haber encontrado mi nuevo alias: tía Snows.
    Nunca debe subestimarse la pasión de comerse un flan… oh, es algo tan tórrido y salvaje. Y además compartirlo, ¡¡con la misma cuchara, chupada por el otro!!
    Pobre mujer, ninguna panda de niños impertinentes y preguntones le estropeará esos hermosos recuerdos de amor. Ni la miga de 3 puntos.

    1. Jajajaja, sí, qué metepatas la tía Nieves.
      Lo de comer compartiendo cuchara, bueno, todo depende de la pasión que se le ponga, es muy de película la escena.
      Esta vez sí que le estropearon el recuerdo. O ls fantasía de recuerdo.
      Besos, What (o Snows a partir de ahora? )

      1. Desde luego, esa pasión de cuchara compartida y chupada dependería de con quién la compartes. Se me ocurren a mí muchas féminas con las que hacer cosas de estas. De hecho empecé a pensar en películas eróticas y subiditas de tono. Me vino a la mente la mítica “El Cartero Siempre Llama Dos Veces”, espero la hayas visto: Jack Nicholson y Jessica Lange y esa mesa de la cocina, buff. Y después pensé en “Nueve Semanas y Media”, una película que fue bastante criticada pero a mí me gustó, es muy visual. Escena en que al pie de una nevera empiezan a compartir y jugar con alimentos. Ahí entraría tu cuchara, por pleno derecho. En fin, mis desvaríos eróticos que creo van más allá de tu parejita, igual se asustaban.
        Como siempre, me corroe la duda de cúanto de verídico y real hay en esos relatos y esos personajes, pero qué más da.
        “Snows” me mola y me ha hecho mucha gracia. Suena a agente secreto británico…

      2. Creo que ha visto usted demasiadas películas, agente Snows.
        Casi siempre está todo basado en hechos reales. Deformados más o menos.

  6. Los recuerdos son lo más personal que tenemos, no atienden a la realidad de los hechos, sino que se agolpan por la intensidad con la que sintió nuestro corazón, son nuestro íntimo secreto y ello nos hace sentir Li-bres.

    Necesito que me hagas un favor, una edición en papel de todos tus relatos. Coincido con Toro en que tu final de hoy es genial. Enlazas lo más dispar de tal modo que lo conviertes en natural.Si creyese en la monarquía y llegase a ser reina, te haría “relatista” de la corte.

    Un beso.

    1. Es verdad, Ilduara, me gusta tu interpretación de la memoria. Los recuerdos son nuestros hasta para inventárnoslos.
      Y del resto que me dices, pues muchas gracias, remaja 🙂
      Pero mejor republicanas, no?

  7. Sigue dejando salir los recuerdos por su boca, aún sabiendo que tiene el viento de contra con la familia que le ha tocado. Sigue haciéndolo porque sabe que si no los verbaliza, irán desapareciendo
    💋💋 besazos Paloma,

  8. El final es simbólicamente trágico. El cuerpo del relato fluctúa entre el drama y la comedia. En el mundo familiar no se aprecian ni los amores pasionales ni las fabulaciones. Parece que la tía Nieves (paradójico nombre) era experta en ambos campos. Perfectos el desarrollo y la recreación del ambiente.

    1. Quizá la tía Nieves no escogió el escenario adecuado para ponerse a recordar y a fabular en voz alta.
      Y de ahí lo tragicómico de la situación.
      Gracias, Antonio

      1. Ay. Pues leelo… Está dentro de un libro de relatos que se llama Dublineses.Luego bajate la peli… le dieron un oscar es la obra póstuma de John Huston (era su relato favorito). Ya me contaras.

        Concursos? Alguno es bueno… como los políticos jiji

        Besos

  9. Buenísimo, me has dejado ‘atrapada’, lo he releído.
    Una pena que la tía Nieves no encontrara los oyentes adecuados.
    A mí tampoco me gusta encerrar los recuerdos, van y vienen, es cierto.

    Un beso, Pa-lo-ma.
    🙂

    1. Gracias, Rosa, con relectura y todo, ¡vaya lujo!
      Pues sí, la tía Nieves tendría que haber elegido a oyentes con un poco más de empatía o por lo menos de interés.
      Muchos besos

  10. Tengo un amigo que se llama Orlando… Es un nombre que me lleva al pasado… Como esos recuerdos que van y vienen… ¿Hay nombres que son capaces de evocar mejor los recuerdos que otros?
    ¡Genial tu relato, Paloma!
    Un abrazo kilométrico.

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