Día: 20 marzo, 2018

Las dueñas

Me di cuenta por primera vez de mi situación social una tarde de finales de invierno en la plaza del Conde del Valle Suchil.  Yo estaba allí de paso, lejos de mi casa y de mi lugar habitual de juegos. Tres niñas vestidas con un uniforme escolar, yo nunca había llevado y me gustaban mucho, me parecían elegantes,  entraron corriendo en la plaza,  ocuparon su centro, invadieron los columpios solo para utilizarlos de forma rápida y con mucha fuerza, como si los torturasen, saltaron dejándolos solos y acelerados  y se desplazaron  hacia la zona de bancos. No llevaban abrigo aunque hacía frío, se sentaron en un banco y miraron la plaza con desdén de hastiadas propietarias.

La mayor tenía una melena por encima de los hombros, con flequillo, la del medio era la más guapa y la pequeña se parecía a la mayor pero con el pelo rizado y revuelto y llevaba en una de las manos una bolsa de caramelos. La abrió y empezaron a comerlos, eran unos caramelos de un tipo que yo nunca había visto: naranjas y negros, de formas extrañas. Los mordían un poco y después los escupían con hartazgo. No quería que se dieran cuenta de que las estaba mirando pero ellas se daban cuenta de todo, en especial la mayor, la del flequillo, cuyo principal interés parecía ser el control del territorio.

Vinieron las tres hacia donde yo estaba y la mayor me dijo mostrándome la bolsa, “son caramelos noruegos, nuestro padre viaja mucho allí, ¿quieres probar?” Acepté uno, era mejor de aspecto que de sabor pero no lo escupí como habían hecho ellas, no tenía tanta confianza con los caramelos nórdicos como para eso. Me preguntaron el nombre  y los dos apellidos mientras me inspeccionaban pero  no me dijeron los suyos. Nunca nadie me había examinado así, con tanta minuciosidad. Me sentí culpable de algo sin saber en concreto de qué y con los defectos expuestos, a la vista.

La mayor ya casi tenía decidido el veredicto pero aún tenía alguna duda. Iniciaron un interrogatorio como si fueran mis empleadoras y  quisieran contratarme. Me preguntaron a qué colegio iba y en qué trabajaba mi padre. Les dije el nombre de mi colegio y como mi padre trabajaba en una oficina y eso me pareció muy aburrido le cambié el lugar por una fábrica. Desde mi punto de vista era mucho mejor, más grande. A ellas no debían opinar lo musmo porque se rieron intercambiando miradas. A continuación me preguntaron dónde vivía y cuántas habitaciones tenía mi casa. Les di los datos ya con un poco de temor . Dudas resueltas. Acababan de clasificarme.

La pequeña, escarbando la tierra con el zapato, me dijo, ¿sabes que nuestro padre hizo esta plaza? Y ahora es el presidente, por eso no  te puedes sentar en este banco ni tampoco en ese. Me levanté pero antes de irme le di un tortazo a la mediana, a lo mejor porque me pareció la más inofensiva. No intentaron devolverme la torta, solo me llamaron paleta. Me fui fingiendo victoria  hasta la parada del 21 donde me estaban esperando.

Estuve muchos días pensando en esas tres, en la cara bellísima de la mediana, tenía la piel muy blanca y mi torta le había dejado una marca roja,  en la manera de hablar alargando mucho las eses de la mayor, en la mirada burlona de la pequeña,  en ese padre que viajaba a Noruega, en los caramelos exóticos, en que no llevaban abrigo, en sus uniformes elegantes, en que  parecían las dueñas, no solo de esa plaza,  del mundo entero; de los plátanos de sombra, de los nidos que había dentro, de los gorriones, de las palomas que se lanzaban en picado, de los autobuses y los taxis, de las fuentes,  de todos los edificios altos y bajos, de las nubes, del viento que las movía, del cielo, y de todas y cada una de las ventanas con todo lo que guardan por delante y por detrás.  Eran dueñas con naturalidad de dueñas, acostumbradas a serlo, porque sí, de nacimiento.