Mes: abril 2018

Olas verdes

Un escueto mensaje, “¿nos vemos el miércoles?” y después otro, sin esperar respuesta, ” a las ocho, en el bar del medio”. No es muy buen augurio, pocos sitios tan cutres como ese bar, su única ventaja es que está situado, pues eso, en medio. Sonia escribe “ok” y coloca un pulgar hacia arriba. Le molesta que haya dado por hecho que va a querer quedar, pero no lo suficiente como para decir que no.

El miércoles piensa desde por la mañana qué se va a poner, elige los pantalones negros con las botas de tacón y un jersey naranja. Se peina con coleta pero luego se la quita y se la  vuelve a poner y de nuevo se la quita. Al final sale con el pelo suelto. Hace mucho frío y bastante viento y por eso entra nada más llegar aunque él todavía no está.

Mientras espera apoyada en la barra se reafirma en su idea de que ese bar es horrible. La plancha donde hacen las tostadas está renegrida, a su lado hay un bol lleno a rebosar de una pasta amarilla que parece mantequilla y un trapo grisáceo, arrugado y viejo, con el que limpian o más bien ensucian todavía más la plancha. Bajo el mostrador se alinean exhibiéndose distintos alimentos de aspecto repulsivo, en ninguno de ellos falta la decoración con trozos de ajo y todos están cuajados en una capa de grasa naranja, del mismo color que su jersey.

Daniel llega media hora tarde, eso tampoco es buena señal. No se disculpa, parece despistado y  con prisa, como si tuviera muchas tareas más interesantes y urgentes que hacer y ese encuentro, que él mismo ha propuesto, fuera un incordio. Sonia no protesta por el retraso, es tan guapo que deslumbra, su belleza aturde e impide pensar con claridad. Se fija en que lleva una mochila de cuero nueva y también  en que sus dedos han empezado a  tamborilear nerviosos sobre la mesa. Los dedos son feos, descarnados, de mordedor de uñas,  y destacan de forma especial cuando se apoya la mano en la cara.

Bueno y qué, dice él, riendo, ¿cómo te va?

A Sonia la risa le parece falsa y estúpida pero contesta que todo bien, como siempre, igual. Al momento se arrepiente de haber dicho tan poca cosa y como siente vergüenza de lo pobre de su conversación, de lo rutinario de su vida sin novedades,  se pone a mirar las paredes. Así ve el cuadro. Nunca se había fijado en ese cuadro y eso que es enorme y además está resaltado por un foco de luz. Representa una tormenta en el mar, dos anacrónicos barcos de vela naufragan entre violentas olas verdes.

Daniel le toca una mano con sus dedos feos  y empieza a hablar de la ropa de entretiempo. Escucha entre incrédula y asombrada esperando que pronto la conversación dé un giro que explique por qué después de seis meses sin verse se reencuentran en ese bar horrible para hablar de ropa y de entretiempos.  Pero no hay giro ni explicación.

“En invierno te pones abrigo y en verano vas con  camisa pero ¿y en el entretiempo?”, de verdad parece preocupado por tal cuestión. También dice palabras como ratito, amalgama o estupendamente.  No es que sean palabras muy raras pero sí en su boca, no son suyas.

¿Estás con alguien?, le pregunta él entonces dejando de tocar su mano y dando un gran trago a su cerveza.

Sonia dice la verdad, no está con nadie. Es horrendo el cuadro de la tormenta verde como también  la luz que lanza la lámpara y que ilumina con crueldad los choricillos en aceite, los callos y unas bolas de carne. Horrendo y deprimente. Sonia se siente recubierta de una tristeza sucia y de forma inconsciente se sacude las mangas del jersey.

No tenía que haber dicho la verdad, qué tonta es. Oye la voz de su compañera de piso que siempre le está diciendo, “espabila, Sonia, tía, que te la juegan”. A Daniel le llama ”  ese”  nunca por su nombre.  Ni se te ocurra volver a quedar con “ese”. Pero se le ha ocurrido y ahora lo tiene ahí, enfrente.

Ese se acerca para besarla pero en vez de encontrarse las dos bocas, lo que se encuentran son sus narices. Él se ríe como si hubiera sido gracioso y no tuviera importancia la aparición de un obstáculo inesperado, pero ella sabe que sí la tiene. Está con alguien aunque no se lo haya dicho, alguien a quién le preocupa la ropa de entretiempo, que utilizaba las palabras amalgama, ratito y estupendamente y con una nariz más pequeña que la suya.

Daniel mira el teléfono, se tiene que marchar. Ya en la calle, se cuelga la mochila nueva, de la que parece estar muy orgulloso, le lanza  un meloso “cuídate” y sus dedos feos le acarician la cara como se toca a un animal familiar, con cariño y distracción.

El viento mueve el pelo de Sonia, se lo coloca por delante de la cara, le tapa los ojos, el viento  la empuja por detrás como si quisiera llevársela rápido de allí. Baja las escaleras del metro pensando en el choque nasal,  no le va a decir a su compañera que ha estado con  “ese”. Ni a nadie. Está  mareada, como si de verdad llevara un rato naufragando  dentro de enormes  olas verdes.

 

 

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Irina

 

La primera semana del mes de agosto, Irina aterriza en una gran piscina azul rodeada de tres edificios blancos. No sabe nadar, no habla español. Lleva una trenza tiesa, como si estuviera sujeta por dentro con alambre, de un rubio casi blanco, y un bañador rojo deformado de puro viejo. Tiene la nariz respingona y los dientes delanteros negros y carcomidos de caries. Los primeros días solo se atreve a recorrer con cautela el empedrado gris que bordea el agua, a caminar despacio por la zona de césped sembrada de sombrillas multicolores, a abrir y cerrar muchas veces los grifos de las duchas y a mojarse la punta del pie en el charco que se forma debajo. Hay avispas. Se entretiene  espantándolas.

En la segunda semana, Irina ya corre por el césped simulando que compite con alguien invisible, sube y baja a saltos las escaleras, entra y sale del agua por la zona no profunda, hace volteretas laterales y se acerca a los otros niños, a los que no están solos, a los que untan de crema protectora, cambian el bañador cuando lo tienen húmedo o les dan zumo y galletas. Ya ha aprendido a decir hola y adiós, me llamo Irina, ¿tú cómo te llamas? Soy de Ucrania, déjame el juguete  y qué hora es. También ha aprendido a eludir preguntas molestas como ¿estás sola?, ¿dónde están tus padres?, ¿quién te da de comer? Como respuesta sonríe enseñando sus dientes negros. Cuando no los muestra, es una niña muy guapa, de cara pecosa y sonrosada.

No hace falta que conteste, algunos ya han investigado por su cuenta y saben qué hacen los padres de Irina: recorren con una furgoneta los pueblos de la sierra y limpian casas recién reformadas y oficinas. Los sábados y domingos también trabajan.  Han alquilado un piso, es ese balcón del  primero  donde se amontonan los trastos.

A primera hora hay clases de natación. Mario, el profesor y socorrista, se hace un largo buceando y todos los niños le  aplauden cuando saca la cabeza y se  sacude el pelo. Después de la exhibición empieza la clase.Para tirarse de cabeza hay que apuntar con las manos al agua y dar una patada a la luna, eso les dice,  pero la mayoría se da un planchazo y la luna sigue arriba, por la mitad pero intacta, enfrente del sol.  Irina, que solo mira desde lejos, se ríe muchísimo con cada planchazo ajeno, estirándose el bañador rojo. Mientras los otros aprenden las técnicas de los distintos estilos y a respirar correctamente, ella chapotea a su aire por donde no cubre. Continúa dentro  cuando la clase se acaba- labios morados, piel erizada- y los demás se marchan.  No cae demasiado simpática, es pesada, invade las toallas porque ella no lleva, se pega a las familias para conseguir helados,  abusa de los más pequeños y les quita los juguetes.

Un mediodía de mitad de mes,  Mario, aburrido, musculoso y bronceado, contempla la piscina entre bostezos. Ve unos brazos que salen y se hunden por la zona profunda, una cabeza rubia que asciende y desciende con aparatosas boqueadas. Se lanza al agua y saca a Irina medio ahogada. Después de unas cuantas toses ya está otra vez corriendo por el césped, la nariz pelada, la piel cuarteada de cloro y sol. Se ríe  cuando le preguntan  sobre su casi ahogamiento y solo contesta, “nadar, nadar, así, así” y da brazadas sobre el aire denso del verano

La cuarta semana de agosto,  Irina ha aprendido a nadar sin hundirse en un estilo indefinible inventado por ella misma. Es eficaz, le sirve para cruzarse la piscina primero a lo ancho y luego a lo largo. También sabe frases nuevas como, ¿me das merienda?, me gusta el chocolate, venga, vamos a jugar. Mientras los demás están en la clase de natación, ella se pasea por el borde de la piscina con la que debe de ser su única muñeca. La lleva en un carro de ruedas desequilibradas y lona desecha. La muñeca, que va vestida con un traje amarillo de fiesta, lleno de brillos,  rebota y trastabilla sobre el asiento debido al empuje desafiante con el que la traslada su dueña. Cuando alguien se acerca a tocarla, la defiende con fiereza. Solo la pasea dos días más, hasta que recibe los halagos suficientes. Restablecido su orgullo,  la muñeca del vestido brillante regresa a su encierro en el piso alquilado, junto al resto de los trastos que allí se amontonan.

Es esa misma semana cuando se le caen los dos dientes negros, uno por la mañana y por la tarde el otro. Por entre las encías apuntan ya los incisivos nuevos y blancos,  grandes, compactos. Con su nueva sonrisa camela a niños y padres. Sube a las casas, pide que le pongan películas de dibujos, se tumba en el sofá y abre sin permiso la nevera.

Los vecinos han preparado una competición infantil de fin de verano, han comprado medallas, han instalado una mesa con patatas fritas, refrescos y bocadillos.  Irina no está apuntada pero  le dejan participar. En su muy peculiar estilo y sin que nadie la anime gritando su nombre, consigue llegar la segunda.

Los días se van acortando, la sombra avanza por la piscina ganando terreno, un viento semi-frío bambolea las sombrillas como si quisiera expulsarlas de aquel territorio, las familias se marchan, Irina empieza a ir a un colegio de la zona. Por las tardes juega  a carreras con invisibles competidores en el césped vacío, la coleta rubia y tiesa, como si llevara alambre por dentro,  un jersey de lana sobre el vestido de verano, la medalla plateada siempre encima, rebotando.

Échame una mano, app

Hacía mucho que no aparecía yo por aquí y a lo mejor pensabais que me había muerto. Pues no. No todavía, pero me debe de faltar poco. Lo digo porque  la dueña de esto, la interfecta, tiene todo el día el dedo merodeando en torno al botón nuclear del blog, ese que dice “eliminar” y no hace más que amenazar con apretarlo. Amenaza al aire, así como “a qué lo borro todo…” como si le importara mucho al aire lo que ella haga. A nosotros nos ha colgado de un armario, cada uno en su funda con cremallera, vamos mejorando en lo que a tratos se refiere, y de vez en cuando nos mira con nostalgia, nos abre, nos ventila un poco.

En una de esas me he escapado y le he robado el teclado para hablar un rato, es que con el resto de enfundados no se puede, cada uno va a su bola, más o menos como en la vida real, solo que en nuestro armario se nota más. Ves al de al lado moviendo la boca pero no sabes qué dice, te crea un poco de inquietud pero tampoco tanta, si en el fondo pasamos, lo nuestro es pasar, no sé si haciendo caminos sobre la mar o pasar de largo,  sin más.  Menos mal que no nos ha quitado los teléfonos móviles y así podemos saciar nuestras ansias de…y yo qué sé de qué, de vida, de comunicación, de amor,  de algo.

Yo por ejemplo  me he entretenido bastante estudiando las apps y sus prestaciones. Lo que no sé es cómo los humanos habéis podido vivir sin ellas  y no digamos sobrevivir. Por poner unos ejemplos básicos: te  avisan si hay goles, si se acaban los anuncios,  si se pone a llover -no sea que le dé a alguno por mirar por la ventana antes de salir y se caiga- si necesitas beber agua o si tienes sueño ¿O es que todavía quedan  arcaicos que se guían por la sed o por el cansancio? Vergüenza me da pensarlo.

Una app  ayuda en cualquier tipo de situación:  a estudiar, a adelgazar, a ahorrar, a encontrar pareja, a dormir o a vestirse. El clásico” qué me pongo, qué me pongo, no tengo nada”,  mirando con desespero un armario lleno, se acabó. Pobre Niña Pastori, tanto cantar “échame una mano prima que viene mi novio a verme estoy tan nerviosa que no sé qué vestío ponerme” y resulta que ya te lo dice una app. Dejad en paz a vuestras primas que tienen mucho que hacer descargándose sus propias apps.

Una app es como una madre, como un médico, como un amigo, como un mayordomo, como un coach de esos tan de moda, como un  cerebro, como un gurú, como una celestina,  como un entrenador personal y hasta como el oráculo. Te aconsejan qué decir en según qué momentos para que no metas la pata,  te suministran excusas creíbles cuando no quieres hacer algo, te traducen lo que quiere el gato, te insultan si te saltas el gimnasio,  te dicen lo que tienes que comer o lo que puedes cocinar con las tres porquerías que tienes en casa,  si cantas bien o mal, si eres guapo o feo,- digo yo si el espejo no te puede hacer la misma función pero se ve que estoy tan atrasada como la Pastori-, y hasta cómo besas. Si bien, regular o… déjalo, anda.

Pero la que más me ha gustado de todas, y me callo  ya que viene la del botón con cara de quererme estrangular por profanar su pantalla en blanco, es esta: se llama Kunkun y te alerta si hueles mal. Es tan lista que sabe detectar el amoniaco y el ácido isovalérico, elementos del olor sudoroso, así como  el diacetilo, componente del olor grasiento y rancio. El usuario solo tiene que acercarse el dispositivo a las zonas peligrosas, como por ejemplo los pies,  y kunkun le dice si es o no un apestoso ¿os imagináis la escena? Casi mejor que no, es muy perturbadora.

Me vuelvo a mi funda con mi teléfono y mis apps que los personajes también tenemos derecho a volvernos tan idiotas como aquellos que nos crearon. Adiós.

Bichero

Mientras espera a Jorge sentado en la escalera, levanta una piedra y encuentra una escolopendra. La engancha con un pequeño palo y  la mete veloz en su bote. Es un bote de judías marca Cidacos, la etiqueta se está borrando, la tapa tiene agujeros, se los ha hecho con la punta de un cuchillo.  La escolopendra se queda quieta en el fondo como si estuviera asimilando qué es lo que le ha pasado y luego intenta trepar con sus múltiples patas por las paredes de cristal. Se resbala y vuelve al fondo, donde se agita.

Fue  su abuelo quien le enseñó a distinguir insectos y las tácticas para atraparlos. Entonces vivía allí un petirrojo llamado señor Mirko,  llegaba cada mes de julio y anidaba en la tinaja de barro de la entrada, en septiembre se marchaba, igual que ellos. Cuando aparecía, su abuelo se ponía muy contento y hablaba con él de lo que había hecho durante el invierno. Nada, en realidad. No había hecho casi nada,   pero  al señor Mirko le daba lo mismo que el relato fuera aburrido porque lo que quería era comida y se la daban. Mientras,  hacía como que escuchaba ladeando la cabeza con atención. En la antigua casa del pájaro hay geranios que ha plantado su madre  y él, aunque sabe casi seguro que Mirko no está y que no va a volver,  mira dentro todos los días, un poco por costumbre y otro poco porque tiene una pequeña esperanza.

Y justo ayer mientras estaba encerrado con los deberes que le obligan a hacer cada día y que casi nunca hace,   su amigo Jorge encuentra una mantis.  Ahora todas sus capturas de tres días no valen nada. Ni el escarabajo que parecía una joya brillante ni los chinches con caparazones como escudos de guerreros africanos ni los tres bichos palos ni la libélula azul ni esa misma escolopendra, aunque sea venenosa y su picadura duela tanto que hasta te pueda hacer vomitar  y temblar. Él quería enseñársela a María, una de las niñas de la casa de al lado,  ya le regaló una libélula y ella se rió con su diente partido por la mitad. Jorge dice que tiene risa de tiburón pero a él también le gusta aunque no lo reconozca, es la única que  no grita qué asco ni sale corriendo  cuando se presentan  con los bichos, tampoco ensaya bailes con las otras. Se baña tanto en la piscina que se le ha puesto el pelo verde.

Jorge lleva la mantis en un tarro de plástico donde antes había limón granizado.  Se sienta a su lado en la escalera y la observan para saber si es macho o hembra, él sabe cómo se averigua, hay que contar los segmentos de la tripa, si tiene ocho es macho, si tiene seis es hembra. Las hembras son caníbales. Le tiran dos moscas pero no se las come,  es como si se supiera  observada,  se queda quieta con las patas delanteras juntas, parece que reza, de esa postura le viene el añadido de religiosa. Saltan la valla para pasar al jardín de al lado, donde viven las niñas. Antes de que se acerquen ya están gritando, corren en dirección a la casa donde ellos no pueden entrar y se asoman por una de las ventanas de arriba.  A él le llaman el Bichero pero a Jorge por su nombre. Preguntan por María y  ellas,  con risitas vengativas, les dicen que no  está, que se ha ido a la playa todo el mes.  Por un lado se alegra, así Jorge no puede hacerse el chulo con la mantis, por otro le fastidia mucho, como si le hubieran quitado al verano un trozo muy grande. Cuando se dan media vuelta para marcharse, las tontas les tiran desde arriba un vaso de agua. Ellos lanzan piñas a la ventana hasta que se aburren.

Vuelven a las escaleras de su casa  a observar sus bichos respectivos, ¿qué hacemos ahora?, le pregunta Jorge. Siempre quiere que sea él el que se invente los planes,  el que diga lo que va a venir a continuación y algo está a punto de inventar porque a ninguno le gustan los huecos libres y sin actividad, cuando observa con horror que su madre ha preparado en la mesa de fuera el material para los deberes. El cuaderno, el lápiz,  el sacapuntas y una goma de borrar, todo muy colocado.  Si te pones ahora mismo  y no te distraes los acabarás enseguida y podrás jugar, le dice saliendo con un tomate mojado entre las manos.  Jorge se escabulle por la puerta del patio,  por si acaso. Seguro que encuentra otra mantis mientras él está sentado, encerrado aunque esté al aire libre.

Han debido de pasar por lo menos tres horas y solo ha resuelto un problema, cree que mal, se desespera pero ya ha decidido que no va a hacer nada, siente un torcido placer en desobedecer aunque hacerlo le suponga no poder moverse de ahí en toda la mañana. Mira dentro de la tinaja, Mirko no está, ya lo sabía. Suelta a la escolopendra, la vuelca debajo de la piedra y se la vuelve a colocar encima. Un abejorro muy gordo y muy negro zumba sobre las flores y él se pone a dar saltos hasta que suda, saltos y más saltos. Después se cuelga por los pies de la barandilla. Boca abajo se balancea, le  gustaría ir a la playa con María, en las rocas hay cangrejos, se lo dijo un día.

 

 

 

 

 

 

 

Lady Palmira

Lady Palmira, que no sabe que ese es uno de sus motes, se está peinando en el cuarto de baño. Si abriera la ventana vería los montes  pero ahora mismo está demasiado ocupada como para ponerse a mirar. Además,  la hora que prefiere es la del atardecer, cuando la luz se concentra en las cavidades montañosas y crea sugerentes volúmenes.  Lo descubrió un día, a la hora de la puesta de sol,  cuando estaba paseando por  la playa y todos miraban hacia el mar. Se dio media vuelta rebelde y dijo, enfocando en dirección contraria, ¡ qué maravilla, pero qué maravilla! Por si no había quedado claro, señaló detrás y hacia arriba, hacia el monte que se estaba amoratando. Desde ese momento contempla al revés el atardecer, no tanto porque le entusiasme su visión como porque se ha convencido de que le tiene que gustar. Lo ha añadido a sus rasgos característicos.

Si algo no soporta Lady Palmira es compartir rasgos con los demás, en especial si esos demás forman masa. Las horquillas  se le resbalan de las manos, nunca se le ha dado bien manejar cosas pequeñas,  pero se esfuerza porque son necesarias para construirse el peinado, que es trabajoso.  Merece la pena pasar un mal rato cada mañana. Merece la pena esforzarse para salir de casa con el aspecto adecuado: llamativo. No quiere pasar desapercibida, ser un grano de arena más entre los numerosos granos de arena.

Allá que va Lady Palmira  por el paseo marítimo envuelta en sus fulares de colores, con su peinado rococó, su vestido vaporoso y su enorme pamelón.  Lástima que no haya todavía nadie para admirar su original estampa excepto el par de  camareros  del chiringuito, unas cuantas gaviotas chillonas y uno de esos pájaros pequeños que se mueven a saltitos sobre la arena. Le recuerda a su difunta tía Matilde, tan hacendosa la mujer y siempre corriendo apresurada. Adiós, tía Matilde le dice al pájaro y él se queda quieto un instante mirándola con un solo ojo desconfiado.

También están las palmeras que el viento inclina a su paso, como si la homenajearan, y sí, la están homenajeando, a quién si no. Desde luego no a los corredores sudorosos que ya han empezado a trotar de acá para allá con esas horribles mallas. Detesta los atuendos deportivos, el mundo está lleno de horrores y vulgaridades. Detesta el mundo la mayoría de las veces. Si lo pudiera poner a su gusto…

Se sienta en una de las mesas del paseo, pero el camarero del chiringuito,  en vez de acercarse se aleja  y se pone a trajinar o a fingir que trajina alrededor de la barra. A Lady Palmira le da lo mismo porque no quiere tomar nada, lo que quiere es sentarse y empezar a coser. Y tampoco es que le interese de manera especial  el resultado de la costura, es la tarea en sí lo que le atrae, es desplegar toda su parafernalia cosedora.  Está haciendo unos encajes para unas prendas de lencería. Los ha sacado de su enorme cesto de paja y los acaba de extender sobre la mesa para admirarlos a plena luz del sol,  al lado ha colocado algunas de esas prendas para estudiar cómo los casa. El camarero llega.

¿Va a tomar?, pregunta escueto, y tan rápido  que Lady Palmira solo oye ¿mar?

Sí, el mar, siempre el mar, lo adoro, dice  complacida mirando las olas.

Que qué va a tomar, le aclara el otro, gritando.

Qué hombre más ordinario, piensa , pero sin inmutarse por el malentendido detalla lo que quiere. Me va a traer un té, en un plato aparte me pone una rodaja de limón cortada fina y si tiene pastas…

El camarero ya se ha ido y le está diciendo en la barra a su colega, “un té con limón para la de las bragas”. Ese es el otro mote de Lady Palmira que, ajena a su denominación,  sigue dando puntadas muy historiadas, levantando mucho el brazo en cada una de ellas como si ejecutara una danza, descansando a cada poco para mirar el mar y respirar sus beneficiosas sales.

Empiezan a llegar los primeros bañistas, parejas, familias, grupos de jóvenes, gente adoradora del sol. Lady Palmira exagera sus movimientos cosedores. La miran, sí,  pero no tanto como a ella le gustaría, ya la conocen, es una habitual del paseo marítimo. La estrafalaria.

Cuando la playa se llena, recoge su labor y se marcha, se siente un poco decepcionada, siempre un poco decepcionada. Del verano. De todo.  Las palmeras agitan sus ramas, farfullando no sé qué. El pájaro pequeño y afanoso picotea a toda velocidad entre las toallas.

Hasta luego, tía Matilde, se despide Lady Palmira, melancólica. A última hora de la tarde regresará vestida de morado, a juego con los montes,para ponerse de espaldas a la puesta de sol y exclamar  mirando hacia donde nadie mira  ¡qué maravilla, qué maravilla!

 

Un cuento repetitivo

Es esa luz la que le hace pensar que algo bueno va a suceder, la que le hace creer que rodeada por  ese azul del cielo tan brillante y puro entrará  en otra dimensión donde no existirá el calor que  hace sudar ni el dolor de espalda ni el aburrimiento de una tarde en el parque.

Con una felicidad que viene de esa misma luz, empuja la silla y cruza unas cuantas calles en obras, sortea zanjas y pasa junto a las excavadoras y taladradoras que tanto entusiasman a su hijo. Cualquier máquina, sobre todo si es grande, le apasiona. Camiones de mudanzas,  autobuses y autocares,  trenes, más aún si son mercancías muy ruidosos, helicópteros.

La silla va rebotando en todos los desniveles del terreno, esa irregularidad del asfalto le viene bien. Si pasea al niño por un pavimento liso,  llora. Quiere baches, botes y rebotes, las vibraciones que produce la silla al rodar por algún empedrado. El paseo llano y tranquilo le aburre y crispa. Quiere adrenalina.

El niño es un poco mayor para ir sentado y cuando, de camino,  entran a comprar,  los tenderos habituales se lo recuerdan,” ¿pero todavía en silla con lo grande que eres? ve caminando con esas piernas fuertes que tienes”. En realidad se lo están diciendo a la madre a quien juzgan consentidora y poco experta en el arte de la educación. Ella a veces se justifica: es que se cansa y no llegamos nunca, no le gusta andar y se tira al suelo y llora.

Luego se arrepiente de lo que ha dicho porque es dar aún más motivos al frutero, al farmacéutico,  que tanto saben sobre la manera correcta de educar. La única que nunca juzga los métodos de la madre ni el comportamiento del niño es la panadera, una mujer con mirada de loca, encrespados pelos y piel recubierta por un leve velo harinoso. La panadera siempre le dice mientras regala al niño un alargado colín  a modo de dedo señalador: este niño es muy listo,  qué ojos tiene, qué mirada, atiende lo que te digo, es muy listo, no es normal lo listo que es.  Ya lo verás, ya lo verás.

Se pregunta cuánto tiempo tendrá que esperar para ver cumplido el vaticinio de la panadera. Imagina al  niño convertido en un hombre barbudo recibiendo un Premio Nóbel. La cara de loca de la panadera aparece detrás, en plena ceremonia,  recortada en una pequeña ventanita, con el largo dedo-colín apuntando hacia su hijo ya hombre y exclamando: ¡se lo dije!

Por el momento, el futuro premio Nóbel va diciendo adiós a todos los autobuses como si fuera el rey del asfalto.Solo es un niño apasionado de los baches y las máquinas, de todo lo grande y estruendoso,  de cualquier vehículo rodante. A veces piensa en lo que le gusta a ella y se asombra de que un ser tan opuesto  haya podido formarse en su interior.

Sigue empujando la silla,  atravesando con placer el aire cálido de la tarde de primavera. Cuando mira ese cielo tan puro y luminoso siente el deseo de  envolverse en esa piel azul como si estrenara un traje. Y el aire es tan suave que de verdad parece que la envuelve como lo haría una tela suave y nueva.

Antes de llegar al parque tienen que pasar por delante de las cocheras de los autobuses municipales. Es un edificio grande y abierto y desde la calle se ve una  hilera de autobuses rojos , vacíos. Al niño le encanta ese edificio pero la madre se acerca con recelo, sabe que, una vez allí,  querrá bajarse y entrar.  Detiene la silla para que pueda ver los autobuses y enseguida ocurre lo que temía. El niño, que hasta entonces estaba tranquilo, tensa el cuerpo e intenta zafarse de las cintas que lo sujetan, arrancárselas, salir. Señala los autobuses y esboza un conato de rabieta.

Para evitar que se desencadene la furia,  se inventa a toda prisa una historia de autobuses que duermen, esos, los de la cochera,  y de autobuses que están despiertos, los de la calle. Es un relato tonto,  simple y sin interés, eso le parece a la emisora, pero no así al receptor que permanece muy quieto y atento, profundamente concentrado.  Aprovecha esa concentración para girar la esquina y dejar atrás las cocheras. Si quiere que no llore tiene que seguir hablando. Por eso, encorvándose sobre la silla vuelve al cuento de los autobuses dormidos y los autobuses despiertos.

Cuando se calla,  el niño pide: otra vez. Y ella, empujando el carrito por baches y desniveles,  vuelve al tedioso relato. De vez en cuando, para despejarse,  mira al cielo y sigue teniendo la sensación de que alguna puerta maravillosa va a abrirse aquella tarde. Y es verdad que una puerta se abre ante ella,  la que conduce al parque.  En cuanto la cruzan,  la madre desata al niño que sale corriendo descontrolado  en dirección a los columpios.

En ese momento comienza el periplo habitual.  Su hijo nunca se sube al tobogán por arriba, si no que trepa intrépido  por abajo tropezando con  los otros que resbalan en la dirección correcta, avasallándolos.  Se impulsa tanto en el elefante con muelles que tiene que sujetarle de los tirantes para impedir que salga catapultado y se rompa la cabeza. Como no le gusta esa sujeción por la espalda, escapa hacia una torre de madera empeñado en trepar con sus pequeñas piernas hasta lo más alto. Una vez arriba, no sabe bajar y grita desolado. La madre tiene que escalar por la estructura para rescatarlo.

El niño tiene una agudeza visual prodigiosa para detectar juguetes ajenos apetecibles, especialmente  si poseen ruedas y son voluminosos.  Montado en el corre-pasillos con forma de cerdo de otro niño se tira cuesta abajo pletórico de energía y felicidad  mientras la madre pide disculpas e intenta detenerlo.  Arriba está el cielo azul pero no tiene ni un momento para mirarlo, solo puede mirar al suelo, a los incasables pies del niño, a sus rápidas y fuertes manos que acaban de lanzar arena a los ojos de otro.

Ya no ve a su hijo-hombre recibiendo el Premio Nóbel, más bien se lo imagina atracando un banco o esnifando cocaína. Por la ventanita superior de su imagen no se asoma la panadera si no las caras furibundas del frutero y el farmacéutico, coreando: le advertimos que le consentía demasiado; sabía andar y lo llevaba en silla; sabía hablar y le dejaba ponerse chupete; se enrabietaba y no había castigo.Mire lo que ha conseguido, este desecho social.

Influida por esta horrible visión, agarra con fuerza a su hijo y, sin contemplaciones, lo sienta en la silla. El pequeño llora y patalea,  arquea la espalda, intenta zafarse de las cintas que lo atan, escaparse por debajo de ellas, tirarse en marcha. La madre no le hace caso y empuja con más fuerza,  con algo de rabia también, está sofocada, suda y le laten dolorosamente las sienes.  Al dejar el parque y salir a la calle, un autobús rojo pasa por delante de los dos. El niño pide a gritos el cuento.

La historia termina y vuelve a empezar, una y otra vez como en una maldición circular,  mientras avanzan por la calle de vuelta a casa. La madre tiene dolor de espalda y la boca seca de tanto relatar la historia de los autobuses dormidos y los despiertos. Mira hacia el cielo y descubre unos jirones de nubes grisáceas que  lo emborronan. Ya no querría  ponerse ese vestido, envolverse en él, está sucio y gastado pero el trapo ajado se empeña en pegarse a su piel. Ya no espera puertas que se abran y den paso a otra dimensión.  Comprende que no hay otras dimensiones y si las hay, no están a su alcance en ese momento  y tal vez nunca lo estén. En ese mundo que ahora le parece plano y sin salidas ya no desea vestirse de azul, cubrirse con tejidos nuevos y brillantes, ponerse nada. Como mucho,  el pijama.