Día: 2 abril, 2018

Un cuento repetitivo

Es esa luz la que le hace pensar que algo bueno va a suceder, la que le hace creer que rodeada por  ese azul del cielo tan brillante y puro entrará  en otra dimensión donde no existirá el calor que  hace sudar ni el dolor de espalda ni el aburrimiento de una tarde en el parque.

Con una felicidad que viene de esa misma luz, empuja la silla y cruza unas cuantas calles en obras, sortea zanjas y pasa junto a las excavadoras y taladradoras que tanto entusiasman a su hijo. Cualquier máquina, sobre todo si es grande, le apasiona. Camiones de mudanzas,  autobuses y autocares,  trenes, más aún si son mercancías muy ruidosos, helicópteros.

La silla va rebotando en todos los desniveles del terreno, esa irregularidad del asfalto le viene bien. Si pasea al niño por un pavimento liso,  llora. Quiere baches, botes y rebotes, las vibraciones que produce la silla al rodar por algún empedrado. El paseo llano y tranquilo le aburre y crispa. Quiere adrenalina.

El niño es un poco mayor para ir sentado y cuando, de camino,  entran a comprar,  los tenderos habituales se lo recuerdan,” ¿pero todavía en silla con lo grande que eres? ve caminando con esas piernas fuertes que tienes”. En realidad se lo están diciendo a la madre a quien juzgan consentidora y poco experta en el arte de la educación. Ella a veces se justifica: es que se cansa y no llegamos nunca, no le gusta andar y se tira al suelo y llora.

Luego se arrepiente de lo que ha dicho porque es dar aún más motivos al frutero, al farmacéutico,  que tanto saben sobre la manera correcta de educar. La única que nunca juzga los métodos de la madre ni el comportamiento del niño es la panadera, una mujer con mirada de loca, encrespados pelos y piel recubierta por un leve velo harinoso. La panadera siempre le dice mientras regala al niño un alargado colín  a modo de dedo señalador: este niño es muy listo,  qué ojos tiene, qué mirada, atiende lo que te digo, es muy listo, no es normal lo listo que es.  Ya lo verás, ya lo verás.

Se pregunta cuánto tiempo tendrá que esperar para ver cumplido el vaticinio de la panadera. Imagina al  niño convertido en un hombre barbudo recibiendo un Premio Nóbel. La cara de loca de la panadera aparece detrás, en plena ceremonia,  recortada en una pequeña ventanita, con el largo dedo-colín apuntando hacia su hijo ya hombre y exclamando: ¡se lo dije!

Por el momento, el futuro premio Nóbel va diciendo adiós a todos los autobuses como si fuera el rey del asfalto.Solo es un niño apasionado de los baches y las máquinas, de todo lo grande y estruendoso,  de cualquier vehículo rodante. A veces piensa en lo que le gusta a ella y se asombra de que un ser tan opuesto  haya podido formarse en su interior.

Sigue empujando la silla,  atravesando con placer el aire cálido de la tarde de primavera. Cuando mira ese cielo tan puro y luminoso siente el deseo de  envolverse en esa piel azul como si estrenara un traje. Y el aire es tan suave que de verdad parece que la envuelve como lo haría una tela suave y nueva.

Antes de llegar al parque tienen que pasar por delante de las cocheras de los autobuses municipales. Es un edificio grande y abierto y desde la calle se ve una  hilera de autobuses rojos , vacíos. Al niño le encanta ese edificio pero la madre se acerca con recelo, sabe que, una vez allí,  querrá bajarse y entrar.  Detiene la silla para que pueda ver los autobuses y enseguida ocurre lo que temía. El niño, que hasta entonces estaba tranquilo, tensa el cuerpo e intenta zafarse de las cintas que lo sujetan, arrancárselas, salir. Señala los autobuses y esboza un conato de rabieta.

Para evitar que se desencadene la furia,  se inventa a toda prisa una historia de autobuses que duermen, esos, los de la cochera,  y de autobuses que están despiertos, los de la calle. Es un relato tonto,  simple y sin interés, eso le parece a la emisora, pero no así al receptor que permanece muy quieto y atento, profundamente concentrado.  Aprovecha esa concentración para girar la esquina y dejar atrás las cocheras. Si quiere que no llore tiene que seguir hablando. Por eso, encorvándose sobre la silla vuelve al cuento de los autobuses dormidos y los autobuses despiertos.

Cuando se calla,  el niño pide: otra vez. Y ella, empujando el carrito por baches y desniveles,  vuelve al tedioso relato. De vez en cuando, para despejarse,  mira al cielo y sigue teniendo la sensación de que alguna puerta maravillosa va a abrirse aquella tarde. Y es verdad que una puerta se abre ante ella,  la que conduce al parque.  En cuanto la cruzan,  la madre desata al niño que sale corriendo descontrolado  en dirección a los columpios.

En ese momento comienza el periplo habitual.  Su hijo nunca se sube al tobogán por arriba, si no que trepa intrépido  por abajo tropezando con  los otros que resbalan en la dirección correcta, avasallándolos.  Se impulsa tanto en el elefante con muelles que tiene que sujetarle de los tirantes para impedir que salga catapultado y se rompa la cabeza. Como no le gusta esa sujeción por la espalda, escapa hacia una torre de madera empeñado en trepar con sus pequeñas piernas hasta lo más alto. Una vez arriba, no sabe bajar y grita desolado. La madre tiene que escalar por la estructura para rescatarlo.

El niño tiene una agudeza visual prodigiosa para detectar juguetes ajenos apetecibles, especialmente  si poseen ruedas y son voluminosos.  Montado en el corre-pasillos con forma de cerdo de otro niño se tira cuesta abajo pletórico de energía y felicidad  mientras la madre pide disculpas e intenta detenerlo.  Arriba está el cielo azul pero no tiene ni un momento para mirarlo, solo puede mirar al suelo, a los incasables pies del niño, a sus rápidas y fuertes manos que acaban de lanzar arena a los ojos de otro.

Ya no ve a su hijo-hombre recibiendo el Premio Nóbel, más bien se lo imagina atracando un banco o esnifando cocaína. Por la ventanita superior de su imagen no se asoma la panadera si no las caras furibundas del frutero y el farmacéutico, coreando: le advertimos que le consentía demasiado; sabía andar y lo llevaba en silla; sabía hablar y le dejaba ponerse chupete; se enrabietaba y no había castigo.Mire lo que ha conseguido, este desecho social.

Influida por esta horrible visión, agarra con fuerza a su hijo y, sin contemplaciones, lo sienta en la silla. El pequeño llora y patalea,  arquea la espalda, intenta zafarse de las cintas que lo atan, escaparse por debajo de ellas, tirarse en marcha. La madre no le hace caso y empuja con más fuerza,  con algo de rabia también, está sofocada, suda y le laten dolorosamente las sienes.  Al dejar el parque y salir a la calle, un autobús rojo pasa por delante de los dos. El niño pide a gritos el cuento.

La historia termina y vuelve a empezar, una y otra vez como en una maldición circular,  mientras avanzan por la calle de vuelta a casa. La madre tiene dolor de espalda y la boca seca de tanto relatar la historia de los autobuses dormidos y los despiertos. Mira hacia el cielo y descubre unos jirones de nubes grisáceas que  lo emborronan. Ya no querría  ponerse ese vestido, envolverse en él, está sucio y gastado pero el trapo ajado se empeña en pegarse a su piel. Ya no espera puertas que se abran y den paso a otra dimensión.  Comprende que no hay otras dimensiones y si las hay, no están a su alcance en ese momento  y tal vez nunca lo estén. En ese mundo que ahora le parece plano y sin salidas ya no desea vestirse de azul, cubrirse con tejidos nuevos y brillantes, ponerse nada. Como mucho,  el pijama.