Día: 5 abril, 2018

Lady Palmira

Lady Palmira, que no sabe que ese es uno de sus motes, se está peinando en el cuarto de baño. Si abriera la ventana vería los montes  pero ahora mismo está demasiado ocupada como para ponerse a mirar. Además,  la hora que prefiere es la del atardecer, cuando la luz se concentra en las cavidades montañosas y crea sugerentes volúmenes.  Lo descubrió un día, a la hora de la puesta de sol,  cuando estaba paseando por  la playa y todos miraban hacia el mar. Se dio media vuelta rebelde y dijo, enfocando en dirección contraria, ¡ qué maravilla, pero qué maravilla! Por si no había quedado claro, señaló detrás y hacia arriba, hacia el monte que se estaba amoratando. Desde ese momento contempla al revés el atardecer, no tanto porque le entusiasme su visión como porque se ha convencido de que le tiene que gustar. Lo ha añadido a sus rasgos característicos.

Si algo no soporta Lady Palmira es compartir rasgos con los demás, en especial si esos demás forman masa. Las horquillas  se le resbalan de las manos, nunca se le ha dado bien manejar cosas pequeñas,  pero se esfuerza porque son necesarias para construirse el peinado, que es trabajoso.  Merece la pena pasar un mal rato cada mañana. Merece la pena esforzarse para salir de casa con el aspecto adecuado: llamativo. No quiere pasar desapercibida, ser un grano de arena más entre los numerosos granos de arena.

Allá que va Lady Palmira  por el paseo marítimo envuelta en sus fulares de colores, con su peinado rococó, su vestido vaporoso y su enorme pamelón.  Lástima que no haya todavía nadie para admirar su original estampa excepto el par de  camareros  del chiringuito, unas cuantas gaviotas chillonas y uno de esos pájaros pequeños que se mueven a saltitos sobre la arena. Le recuerda a su difunta tía Matilde, tan hacendosa la mujer y siempre corriendo apresurada. Adiós, tía Matilde le dice al pájaro y él se queda quieto un instante mirándola con un solo ojo desconfiado.

También están las palmeras que el viento inclina a su paso, como si la homenajearan, y sí, la están homenajeando, a quién si no. Desde luego no a los corredores sudorosos que ya han empezado a trotar de acá para allá con esas horribles mallas. Detesta los atuendos deportivos, el mundo está lleno de horrores y vulgaridades. Detesta el mundo la mayoría de las veces. Si lo pudiera poner a su gusto…

Se sienta en una de las mesas del paseo, pero el camarero del chiringuito,  en vez de acercarse se aleja  y se pone a trajinar o a fingir que trajina alrededor de la barra. A Lady Palmira le da lo mismo porque no quiere tomar nada, lo que quiere es sentarse y empezar a coser. Y tampoco es que le interese de manera especial  el resultado de la costura, es la tarea en sí lo que le atrae, es desplegar toda su parafernalia cosedora.  Está haciendo unos encajes para unas prendas de lencería. Los ha sacado de su enorme cesto de paja y los acaba de extender sobre la mesa para admirarlos a plena luz del sol,  al lado ha colocado algunas de esas prendas para estudiar cómo los casa. El camarero llega.

¿Va a tomar?, pregunta escueto, y tan rápido  que Lady Palmira solo oye ¿mar?

Sí, el mar, siempre el mar, lo adoro, dice  complacida mirando las olas.

Que qué va a tomar, le aclara el otro, gritando.

Qué hombre más ordinario, piensa , pero sin inmutarse por el malentendido detalla lo que quiere. Me va a traer un té, en un plato aparte me pone una rodaja de limón cortada fina y si tiene pastas…

El camarero ya se ha ido y le está diciendo en la barra a su colega, “un té con limón para la de las bragas”. Ese es el otro mote de Lady Palmira que, ajena a su denominación,  sigue dando puntadas muy historiadas, levantando mucho el brazo en cada una de ellas como si ejecutara una danza, descansando a cada poco para mirar el mar y respirar sus beneficiosas sales.

Empiezan a llegar los primeros bañistas, parejas, familias, grupos de jóvenes, gente adoradora del sol. Lady Palmira exagera sus movimientos cosedores. La miran, sí,  pero no tanto como a ella le gustaría, ya la conocen, es una habitual del paseo marítimo. La estrafalaria.

Cuando la playa se llena, recoge su labor y se marcha, se siente un poco decepcionada, siempre un poco decepcionada. Del verano. De todo.  Las palmeras agitan sus ramas, farfullando no sé qué. El pájaro pequeño y afanoso picotea a toda velocidad entre las toallas.

Hasta luego, tía Matilde, se despide Lady Palmira, melancólica. A última hora de la tarde regresará vestida de morado, a juego con los montes,para ponerse de espaldas a la puesta de sol y exclamar  mirando hacia donde nadie mira  ¡qué maravilla, qué maravilla!