Lady Palmira

Lady Palmira, que no sabe que ese es uno de sus motes, se está peinando en el cuarto de baño. Si abriera la ventana vería los montes  pero ahora mismo está demasiado ocupada como para ponerse a mirar. Además,  la hora que prefiere es la del atardecer, cuando la luz se concentra en las cavidades montañosas y crea sugerentes volúmenes.  Lo descubrió un día, a la hora de la puesta de sol,  cuando estaba paseando por  la playa y todos miraban hacia el mar. Se dio media vuelta rebelde y dijo, enfocando en dirección contraria, ¡ qué maravilla, pero qué maravilla! Por si no había quedado claro, señaló detrás y hacia arriba, hacia el monte que se estaba amoratando. Desde ese momento contempla al revés el atardecer, no tanto porque le entusiasme su visión como porque se ha convencido de que le tiene que gustar. Lo ha añadido a sus rasgos característicos.

Si algo no soporta Lady Palmira es compartir rasgos con los demás, en especial si esos demás forman masa. Las horquillas  se le resbalan de las manos, nunca se le ha dado bien manejar cosas pequeñas,  pero se esfuerza porque son necesarias para construirse el peinado, que es trabajoso.  Merece la pena pasar un mal rato cada mañana. Merece la pena esforzarse para salir de casa con el aspecto adecuado: llamativo. No quiere pasar desapercibida, ser un grano de arena más entre los numerosos granos de arena.

Allá que va Lady Palmira  por el paseo marítimo envuelta en sus fulares de colores, con su peinado rococó, su vestido vaporoso y su enorme pamelón.  Lástima que no haya todavía nadie para admirar su original estampa excepto el par de  camareros  del chiringuito, unas cuantas gaviotas chillonas y uno de esos pájaros pequeños que se mueven a saltitos sobre la arena. Le recuerda a su difunta tía Matilde, tan hacendosa la mujer y siempre corriendo apresurada. Adiós, tía Matilde le dice al pájaro y él se queda quieto un instante mirándola con un solo ojo desconfiado.

También están las palmeras que el viento inclina a su paso, como si la homenajearan, y sí, la están homenajeando, a quién si no. Desde luego no a los corredores sudorosos que ya han empezado a trotar de acá para allá con esas horribles mallas. Detesta los atuendos deportivos, el mundo está lleno de horrores y vulgaridades. Detesta el mundo la mayoría de las veces. Si lo pudiera poner a su gusto…

Se sienta en una de las mesas del paseo, pero el camarero del chiringuito,  en vez de acercarse se aleja  y se pone a trajinar o a fingir que trajina alrededor de la barra. A Lady Palmira le da lo mismo porque no quiere tomar nada, lo que quiere es sentarse y empezar a coser. Y tampoco es que le interese de manera especial  el resultado de la costura, es la tarea en sí lo que le atrae, es desplegar toda su parafernalia cosedora.  Está haciendo unos encajes para unas prendas de lencería. Los ha sacado de su enorme cesto de paja y los acaba de extender sobre la mesa para admirarlos a plena luz del sol,  al lado ha colocado algunas de esas prendas para estudiar cómo los casa. El camarero llega.

¿Va a tomar?, pregunta escueto, y tan rápido  que Lady Palmira solo oye ¿mar?

Sí, el mar, siempre el mar, lo adoro, dice  complacida mirando las olas.

Que qué va a tomar, le aclara el otro, gritando.

Qué hombre más ordinario, piensa , pero sin inmutarse por el malentendido detalla lo que quiere. Me va a traer un té, en un plato aparte me pone una rodaja de limón cortada fina y si tiene pastas…

El camarero ya se ha ido y le está diciendo en la barra a su colega, “un té con limón para la de las bragas”. Ese es el otro mote de Lady Palmira que, ajena a su denominación,  sigue dando puntadas muy historiadas, levantando mucho el brazo en cada una de ellas como si ejecutara una danza, descansando a cada poco para mirar el mar y respirar sus beneficiosas sales.

Empiezan a llegar los primeros bañistas, parejas, familias, grupos de jóvenes, gente adoradora del sol. Lady Palmira exagera sus movimientos cosedores. La miran, sí,  pero no tanto como a ella le gustaría, ya la conocen, es una habitual del paseo marítimo. La estrafalaria.

Cuando la playa se llena, recoge su labor y se marcha, se siente un poco decepcionada, siempre un poco decepcionada. Del verano. De todo.  Las palmeras agitan sus ramas, farfullando no sé qué. El pájaro pequeño y afanoso picotea a toda velocidad entre las toallas.

Hasta luego, tía Matilde, se despide Lady Palmira, melancólica. A última hora de la tarde regresará vestida de morado, a juego con los montes,para ponerse de espaldas a la puesta de sol y exclamar  mirando hacia donde nadie mira  ¡qué maravilla, qué maravilla!

 

48 comentarios en “Lady Palmira

  1. Me recuerda a ciertas señoras de clase social acomodada, que hacían ganchillo en las terrazas de bares y cafeterías mientras tomaban el vermouth; durante mi más tierna infancia.

    UN beso

  2. Pues qué tía más rara, he pensado, y efectivamente estrafalaria. Sobre todo con el detalle del mar y las montañas, de entrada, aunque luego explicas de forma muy clara que no le gusta ser como los demás, con los mismos gustos y sentirse parte de la masa. Me parece muy bien, que quiera afirmar una personalidad muy distinta y peculiar, lo malo es que me parece que lo hace un poco como forzada, como pose o impostura. Está claro que tiene una necesidad enorme de llamar la atención y de que se fijen en ella. Tú misma lo expresas. Por eso también tiene un punto de melancolía, tristeza, soledad e incomprensión el relato, a o mí me lo parece, porque este mundo es despiadado y esa masa nos deja de lado en pos de otras cosas o de un devenir que nunca se detiene.

    1. Le gusta llamar la atención pero yo creo que es una manera de escapar de la monotonía de la vida, de hacerla un poco teatral y colocarse ella de protagonista porque para eso es su película.
      Lo malo viene cuando se da cuenta de que todo es una invención suya. De ahí su melancolía o su decepción.
      Y de la incomprensión del resto que no sabe apreciar sus extravagancias y más bien se ríe de ellas.
      (¿Ya has colocado todas las cajas? 😉 )
      Besos, What.

    1. ¡Ay, Note!, qué buena visión la tuya. Es que era, y es, todavía vive, parecidísima a Katherine Hepburn, el mismo tipo de peinado, el mismo color de pelo, los pómulos…no sé si ella lo sabía y se vestía y peinaba así para parecerse más.
      Ahora ya es mayor pero de más jóven yo la encontraba muy guapa aparte de estrafalaria, que lo era, pero creo que por decisión propia.

  3. Ya has explicado que existe. Creí que no.
    A mí no me gusta que se rían de nadie, no molesta con su forma de ser.
    Estoy de acuerdo con lo que explicas.

    Un beso, Paloma.

  4. Es un personaje interesante, quizás más profundo de lo que parece. Todos tenemos nuestras complejidades, ridiculeces y virtudes. No considero que el mundo debiese reírse de su manera de ser, pero tampoco son tan lindas las críticas mentales que ella hace hacia el resto, aunque ¿quién no las hace?
    El problema no sólo está en lo que ella quisiera ser, sino en lo que aparenta ser. En lo personal, cada vez que veo a alguien sobre-esforzándose por destacar o salir de la corriente cae en el grupo de los que no quieren ser igual que los demás. Aún así, pienso que vale la pena intentar ser auténtico, sin exagerar.
    Diría que ella es feliz a momentos con su extravagancia, con sus detalles, con sus manerismos. Lo que me parece triste es que esconde alguna especie de complejo, un poco de inseguridad de “ser nadie”. Me agrada y desagrada al mismo tiempo, así que por eso diré que le hallo un encanto inquietante jajajaj.

    Saludos!

  5. Yo que ella no estaría muy tranquilo con su particular costumbre, cualquier día de estos se pone de moda el presenciar los atardeceres en la playa mirando al lado contrario. Aunque siempre podrá mirar al suelo o … a los ojos de la gente. Saludos.

  6. Pues eso, Paloma, que no hace falta añadir mucho más, que tu prosa, como alguien te ha dicho más arriba, está a la altura de los grandes. No dejes de leer el libro recomendado. Vale la pena 😉

    1. Me queda subir unos cuantos escalones todavía.
      Por supuesto que lo voy a leer, lo buscaré en esa biblioteca que tú conoces y si no está, me lo compro.
      Muchos besos, Nona.

    1. Trato de descubrir lo que hay debajo de la fachada, de lo que se muestra. No quiere decir que lo consiga ni que acierte.
      A mí el camarero, además de borde, me parece un poco bruto.

  7. Palmira, es un personaje excelente, sólo que tiene la manía parecer original, quién sabrá cuál oscuro motivo impulsa su manera de proceder. Los demás, los capaces de insultar desde la prepotencia del púlpito todo terreno o incluso asesinar por los colores de una bandera o del equipo nacional, esos son los que reconocen entre sí su propia normalidad. Bendita locura que nos permite habitar entre la incordura general y contemplar el ocaso del revés. Un abrazo.

    1. Bendita esa locura que no hace daño a nadie y nos permite soportar lo prosaico de la vida. No importa si “los normales” lo ven raro y lo critican.
      A Palmira le gustaba demasiado llamar la atención, quizá tenía miedo a esa “normalidad”.
      Un abrazo, Carlos y muchas gracias por estas lecturas en dirección contraria

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