Día: 11 abril, 2018

Bichero

Mientras espera a Jorge sentado en la escalera, levanta una piedra y encuentra una escolopendra. La engancha con un pequeño palo y  la mete veloz en su bote. Es un bote de judías marca Cidacos, la etiqueta se está borrando, la tapa tiene agujeros, se los ha hecho con la punta de un cuchillo.  La escolopendra se queda quieta en el fondo como si estuviera asimilando qué es lo que le ha pasado y luego intenta trepar con sus múltiples patas por las paredes de cristal. Se resbala y vuelve al fondo, donde se agita.

Fue  su abuelo quien le enseñó a distinguir insectos y las tácticas para atraparlos. Entonces vivía allí un petirrojo llamado señor Mirko,  llegaba cada mes de julio y anidaba en la tinaja de barro de la entrada, en septiembre se marchaba, igual que ellos. Cuando aparecía, su abuelo se ponía muy contento y hablaba con él de lo que había hecho durante el invierno. Nada, en realidad. No había hecho casi nada,   pero  al señor Mirko le daba lo mismo que el relato fuera aburrido porque lo que quería era comida y se la daban. Mientras,  hacía como que escuchaba ladeando la cabeza con atención. En la antigua casa del pájaro hay geranios que ha plantado su madre  y él, aunque sabe casi seguro que Mirko no está y que no va a volver,  mira dentro todos los días, un poco por costumbre y otro poco porque tiene una pequeña esperanza.

Y justo ayer mientras estaba encerrado con los deberes que le obligan a hacer cada día y que casi nunca hace,   su amigo Jorge encuentra una mantis.  Ahora todas sus capturas de tres días no valen nada. Ni el escarabajo que parecía una joya brillante ni los chinches con caparazones como escudos de guerreros africanos ni los tres bichos palos ni la libélula azul ni esa misma escolopendra, aunque sea venenosa y su picadura duela tanto que hasta te pueda hacer vomitar  y temblar. Él quería enseñársela a María, una de las niñas de la casa de al lado,  ya le regaló una libélula y ella se rió con su diente partido por la mitad. Jorge dice que tiene risa de tiburón pero a él también le gusta aunque no lo reconozca, es la única que  no grita qué asco ni sale corriendo  cuando se presentan  con los bichos, tampoco ensaya bailes con las otras. Se baña tanto en la piscina que se le ha puesto el pelo verde.

Jorge lleva la mantis en un tarro de plástico donde antes había limón granizado.  Se sienta a su lado en la escalera y la observan para saber si es macho o hembra, él sabe cómo se averigua, hay que contar los segmentos de la tripa, si tiene ocho es macho, si tiene seis es hembra. Las hembras son caníbales. Le tiran dos moscas pero no se las come,  es como si se supiera  observada,  se queda quieta con las patas delanteras juntas, parece que reza, de esa postura le viene el añadido de religiosa. Saltan la valla para pasar al jardín de al lado, donde viven las niñas. Antes de que se acerquen ya están gritando, corren en dirección a la casa donde ellos no pueden entrar y se asoman por una de las ventanas de arriba.  A él le llaman el Bichero pero a Jorge por su nombre. Preguntan por María y  ellas,  con risitas vengativas, les dicen que no  está, que se ha ido a la playa todo el mes.  Por un lado se alegra, así Jorge no puede hacerse el chulo con la mantis, por otro le fastidia mucho, como si le hubieran quitado al verano un trozo muy grande. Cuando se dan media vuelta para marcharse, las tontas les tiran desde arriba un vaso de agua. Ellos lanzan piñas a la ventana hasta que se aburren.

Vuelven a las escaleras de su casa  a observar sus bichos respectivos, ¿qué hacemos ahora?, le pregunta Jorge. Siempre quiere que sea él el que se invente los planes,  el que diga lo que va a venir a continuación y algo está a punto de inventar porque a ninguno le gustan los huecos libres y sin actividad, cuando observa con horror que su madre ha preparado en la mesa de fuera el material para los deberes. El cuaderno, el lápiz,  el sacapuntas y una goma de borrar, todo muy colocado.  Si te pones ahora mismo  y no te distraes los acabarás enseguida y podrás jugar, le dice saliendo con un tomate mojado entre las manos.  Jorge se escabulle por la puerta del patio,  por si acaso. Seguro que encuentra otra mantis mientras él está sentado, encerrado aunque esté al aire libre.

Han debido de pasar por lo menos tres horas y solo ha resuelto un problema, cree que mal, se desespera pero ya ha decidido que no va a hacer nada, siente un torcido placer en desobedecer aunque hacerlo le suponga no poder moverse de ahí en toda la mañana. Mira dentro de la tinaja, Mirko no está, ya lo sabía. Suelta a la escolopendra, la vuelca debajo de la piedra y se la vuelve a colocar encima. Un abejorro muy gordo y muy negro zumba sobre las flores y él se pone a dar saltos hasta que suda, saltos y más saltos. Después se cuelga por los pies de la barandilla. Boca abajo se balancea, le  gustaría ir a la playa con María, en las rocas hay cangrejos, se lo dijo un día.