Día: 16 abril, 2018

Échame una mano, app

Hacía mucho que no aparecía yo por aquí y a lo mejor pensabais que me había muerto. Pues no. No todavía, pero me debe de faltar poco. Lo digo porque  la dueña de esto, la interfecta, tiene todo el día el dedo merodeando en torno al botón nuclear del blog, ese que dice “eliminar” y no hace más que amenazar con apretarlo. Amenaza al aire, así como “a qué lo borro todo…” como si le importara mucho al aire lo que ella haga. A nosotros nos ha colgado de un armario, cada uno en su funda con cremallera, vamos mejorando en lo que a tratos se refiere, y de vez en cuando nos mira con nostalgia, nos abre, nos ventila un poco.

En una de esas me he escapado y le he robado el teclado para hablar un rato, es que con el resto de enfundados no se puede, cada uno va a su bola, más o menos como en la vida real, solo que en nuestro armario se nota más. Ves al de al lado moviendo la boca pero no sabes qué dice, te crea un poco de inquietud pero tampoco tanta, si en el fondo pasamos, lo nuestro es pasar, no sé si haciendo caminos sobre la mar o pasar de largo,  sin más.  Menos mal que no nos ha quitado los teléfonos móviles y así podemos saciar nuestras ansias de…y yo qué sé de qué, de vida, de comunicación, de amor,  de algo.

Yo por ejemplo  me he entretenido bastante estudiando las apps y sus prestaciones. Lo que no sé es cómo los humanos habéis podido vivir sin ellas  y no digamos sobrevivir. Por poner unos ejemplos básicos: te  avisan si hay goles, si se acaban los anuncios,  si se pone a llover -no sea que le dé a alguno por mirar por la ventana antes de salir y se caiga- si necesitas beber agua o si tienes sueño ¿O es que todavía quedan  arcaicos que se guían por la sed o por el cansancio? Vergüenza me da pensarlo.

Una app  ayuda en cualquier tipo de situación:  a estudiar, a adelgazar, a ahorrar, a encontrar pareja, a dormir o a vestirse. El clásico” qué me pongo, qué me pongo, no tengo nada”,  mirando con desespero un armario lleno, se acabó. Pobre Niña Pastori, tanto cantar “échame una mano prima que viene mi novio a verme estoy tan nerviosa que no sé qué vestío ponerme” y resulta que ya te lo dice una app. Dejad en paz a vuestras primas que tienen mucho que hacer descargándose sus propias apps.

Una app es como una madre, como un médico, como un amigo, como un mayordomo, como un coach de esos tan de moda, como un  cerebro, como un gurú, como una celestina,  como un entrenador personal y hasta como el oráculo. Te aconsejan qué decir en según qué momentos para que no metas la pata,  te suministran excusas creíbles cuando no quieres hacer algo, te traducen lo que quiere el gato, te insultan si te saltas el gimnasio,  te dicen lo que tienes que comer o lo que puedes cocinar con las tres porquerías que tienes en casa,  si cantas bien o mal, si eres guapo o feo,- digo yo si el espejo no te puede hacer la misma función pero se ve que estoy tan atrasada como la Pastori-, y hasta cómo besas. Si bien, regular o… déjalo, anda.

Pero la que más me ha gustado de todas, y me callo  ya que viene la del botón con cara de quererme estrangular por profanar su pantalla en blanco, es esta: se llama Kunkun y te alerta si hueles mal. Es tan lista que sabe detectar el amoniaco y el ácido isovalérico, elementos del olor sudoroso, así como  el diacetilo, componente del olor grasiento y rancio. El usuario solo tiene que acercarse el dispositivo a las zonas peligrosas, como por ejemplo los pies,  y kunkun le dice si es o no un apestoso ¿os imagináis la escena? Casi mejor que no, es muy perturbadora.

Me vuelvo a mi funda con mi teléfono y mis apps que los personajes también tenemos derecho a volvernos tan idiotas como aquellos que nos crearon. Adiós.