Día: 19 abril, 2018

Irina

 

La primera semana del mes de agosto, Irina aterriza en una gran piscina azul rodeada de tres edificios blancos. No sabe nadar, no habla español. Lleva una trenza tiesa, como si estuviera sujeta por dentro con alambre, de un rubio casi blanco, y un bañador rojo deformado de puro viejo. Tiene la nariz respingona y los dientes delanteros negros y carcomidos de caries. Los primeros días solo se atreve a recorrer con cautela el empedrado gris que bordea el agua, a caminar despacio por la zona de césped sembrada de sombrillas multicolores, a abrir y cerrar muchas veces los grifos de las duchas y a mojarse la punta del pie en el charco que se forma debajo. Hay avispas. Se entretiene  espantándolas.

En la segunda semana, Irina ya corre por el césped simulando que compite con alguien invisible, sube y baja a saltos las escaleras, entra y sale del agua por la zona no profunda, hace volteretas laterales y se acerca a los otros niños, a los que no están solos, a los que untan de crema protectora, cambian el bañador cuando lo tienen húmedo o les dan zumo y galletas. Ya ha aprendido a decir hola y adiós, me llamo Irina, ¿tú cómo te llamas? Soy de Ucrania, déjame el juguete  y qué hora es. También ha aprendido a eludir preguntas molestas como ¿estás sola?, ¿dónde están tus padres?, ¿quién te da de comer? Como respuesta sonríe enseñando sus dientes negros. Cuando no los muestra, es una niña muy guapa, de cara pecosa y sonrosada.

No hace falta que conteste, algunos ya han investigado por su cuenta y saben qué hacen los padres de Irina: recorren con una furgoneta los pueblos de la sierra y limpian casas recién reformadas y oficinas. Los sábados y domingos también trabajan.  Han alquilado un piso, es ese balcón del  primero  donde se amontonan los trastos.

A primera hora hay clases de natación. Mario, el profesor y socorrista, se hace un largo buceando y todos los niños le  aplauden cuando saca la cabeza y se  sacude el pelo. Después de la exhibición empieza la clase.Para tirarse de cabeza hay que apuntar con las manos al agua y dar una patada a la luna, eso les dice,  pero la mayoría se da un planchazo y la luna sigue arriba, por la mitad pero intacta, enfrente del sol.  Irina, que solo mira desde lejos, se ríe muchísimo con cada planchazo ajeno, estirándose el bañador rojo. Mientras los otros aprenden las técnicas de los distintos estilos y a respirar correctamente, ella chapotea a su aire por donde no cubre. Continúa dentro  cuando la clase se acaba- labios morados, piel erizada- y los demás se marchan.  No cae demasiado simpática, es pesada, invade las toallas porque ella no lleva, se pega a las familias para conseguir helados,  abusa de los más pequeños y les quita los juguetes.

Un mediodía de mitad de mes,  Mario, aburrido, musculoso y bronceado, contempla la piscina entre bostezos. Ve unos brazos que salen y se hunden por la zona profunda, una cabeza rubia que asciende y desciende con aparatosas boqueadas. Se lanza al agua y saca a Irina medio ahogada. Después de unas cuantas toses ya está otra vez corriendo por el césped, la nariz pelada, la piel cuarteada de cloro y sol. Se ríe  cuando le preguntan  sobre su casi ahogamiento y solo contesta, “nadar, nadar, así, así” y da brazadas sobre el aire denso del verano

La cuarta semana de agosto,  Irina ha aprendido a nadar sin hundirse en un estilo indefinible inventado por ella misma. Es eficaz, le sirve para cruzarse la piscina primero a lo ancho y luego a lo largo. También sabe frases nuevas como, ¿me das merienda?, me gusta el chocolate, venga, vamos a jugar. Mientras los demás están en la clase de natación, ella se pasea por el borde de la piscina con la que debe de ser su única muñeca. La lleva en un carro de ruedas desequilibradas y lona desecha. La muñeca, que va vestida con un traje amarillo de fiesta, lleno de brillos,  rebota y trastabilla sobre el asiento debido al empuje desafiante con el que la traslada su dueña. Cuando alguien se acerca a tocarla, la defiende con fiereza. Solo la pasea dos días más, hasta que recibe los halagos suficientes. Restablecido su orgullo,  la muñeca del vestido brillante regresa a su encierro en el piso alquilado, junto al resto de los trastos que allí se amontonan.

Es esa misma semana cuando se le caen los dos dientes negros, uno por la mañana y por la tarde el otro. Por entre las encías apuntan ya los incisivos nuevos y blancos,  grandes, compactos. Con su nueva sonrisa camela a niños y padres. Sube a las casas, pide que le pongan películas de dibujos, se tumba en el sofá y abre sin permiso la nevera.

Los vecinos han preparado una competición infantil de fin de verano, han comprado medallas, han instalado una mesa con patatas fritas, refrescos y bocadillos.  Irina no está apuntada pero  le dejan participar. En su muy peculiar estilo y sin que nadie la anime gritando su nombre, consigue llegar la segunda.

Los días se van acortando, la sombra avanza por la piscina ganando terreno, un viento semi-frío bambolea las sombrillas como si quisiera expulsarlas de aquel territorio, las familias se marchan, Irina empieza a ir a un colegio de la zona. Por las tardes juega  a carreras con invisibles competidores en el césped vacío, la coleta rubia y tiesa, como si llevara alambre por dentro,  un jersey de lana sobre el vestido de verano, la medalla plateada siempre encima, rebotando.