Día: 7 mayo, 2018

El Pepe

Antro apestoso, ¡ gentuza!,  se desahoga  Benjamín asomando su desvelo a la ventana, se lo dice a sí mismo, a su camiseta blanca de tirantes ¿ Por qué le ha tenido que tocar precisamente a él que  madruga y trabaja desde los trece? Cómo le  gustaría poder volver a ese dormir profundo mezcla de  juventud y agotamiento. Imposible,  él y su sueño han envejecido a la vez y para colmo esos vagos…Justo al lado de su portal acaba de abrir la boca el Pepe,  local estrecho y mohoso, noctámbulo como  algunas alimañas. Es cuando la noche se pone espesa y la densidad de lo negro casi puede tocarse con  los dedos, cuando esos topos alérgicos a la luz abandonan sus galerías para bullir al unísono bajo su ventana.

Ahí llega José Corazas, el pelo por la cintura, la boca torcida en una mueca amarga arrastrando los pies calzados con chancletas, le sigue  su perro que lame las piedras y las paredes y se bebe con deleite el agua del inodoro. Con la cabeza saluda al gordo Mateo, que ya está dentro fumando porros, los ojos de sapo enrojecidos y una risa bronca que nunca se sabe a qué viene pero que es muy contagiosa. Y aterriza al rato Silvi con su minifalda negra, poderosos muslos, brazos velludos, ojos verdes felinos. Silvi la sin amigas, que recorre el pueblo en su moto destartalada, sin otra ocupación que no sea la de deambular por el día y la de habitar el Pepe por las noches.

Apoyado en la barra, ginebra delante,  Chupa-chups, gomina embaurnándole  el pelo, ajustadas camisetas de colores chillones, llavero dorado asomando por el bolsillo del pantalón replanchao. Chupa chups que cada media hora arranca su coche deportivo con gran ruido de tubo de escape, da una vuelta a la manzana y vuelve a su puesto dando por cumplida la regular hazaña.  A su lado, sin hablarle, como si habitaran mundos paralelos,   el Orejón, antiguo camarero de los salones Las Musas, especializados en bodas. En un arranque incontrolado que ni él mismo se explica,  dejó el trabajo y se largó a Brasil. Desde su regreso habla sin cesar de las mulatas y cuando lo hace levanta los ojos extasiados al techo como si por él  anduvieran contoneándose las tremendísimas.

Para desgracia de Benjamín, el tiempo que todos ellos pasan dentro es breve, el justo para aprovisionarse de copas, es en el exterior, sobre el suelo de la calle donde les gusta sentarse, las espaldas pegadas a la pared de piedra que guarda el calor del día casi hasta el amanecer. Se sientan y los perros les pasean entre las piernas y los murciélagos les sobrevuelan las cabezas y Benjamín les lanza maldiciones desde su ventana y algún cubo de agua sucia, a la desesperada.

No todas las noches pero sí unas cuantas aparece  Bea la Loba que pasó varios meses en la cárcel por atracar un supermercado, desde allí escribió cinco cartas que algunos dicen que eran poesía  pura. Luego se regeneró, más por miedo que por ganas, se casó con  Tomás, montador de escenarios musicales,  tuvieron una niña a la que llamaron Luna. Va al mercado , cocina, pinta de blanco las ventanas y planta petunias de colores que coloca en los alféizares, pero hay noches que los ojos se le ponen turbios y se escapa al Pepe. Sentada en el suelo  mira con ansia la calle y aúlla que quiere ser libre, que estuvo en el talego, que no aguanta a Tomás y que si alguno sabe lo que quiere decir libertad.

Allí las  voces se pierden, los lamentos, las quejas, las peticiones, las inquietudes  o los deseos expresados son como estrellas fugaces, las miradas de los que se sientan si acaso se posan solo un instante en el que habla para olvidar al momento con una amnesia profunda. No por eso desiste Darío, un estrafalario muy seguro de sí mismo que se auto califica de artista y que asegura que prefiere estar loco antes que ser vulgar. Pinta selvas llenas de árboles y dentro de los árboles mundos enteros en miniatura. Cada noche lanza al aire la misma cuestión que nadie recoge:” o la música o la pintura porque son dos artes tan fundamentales”… queda tan polémico tema suspendido en la oscuridad, flotando al mismo nivel que las mariposas de luz que giran y giran enloquecidas alrededor de la desnuda bombilla. Trémulas mariposas que, un día, Armando, el solitario que se sienta aparte,  calificó de espíritus. Armando, que tras saludar a todos con una cortesía impropia del lugar,  se encierra en un silencio solo roto para pedir un mechero o un cigarro, que nunca participa en las conversaciones ni se contagia de la risa del gordo y que cuando aún quedan horas para el amanecer, se levanta con lentitud, se sacude los pantalones y suelta un tímido adiós que apenas se oye antes de desaparecer, avergonzado de su deserción.

Habitual es Ramón que tuvo la polio de niño y camina con muletas. Tiene tendencia a instalarse definitivamente en las casas ajenas y a liquidar las reservas de bebida y comida mientras habla por teléfono con una novia fantasma que vive en Canadá. Cuando se deciden a echarle, es tanta la pena que produce verlo escaleras abajo con sus musculosos brazos y sus piernas de títere que lo invitan a subir de nuevo . Lo sabe bien María la Bruja, aficionada a las cartas del tarot y a los horóscopos, que tuvo de acoplado a Ramón durante todo un año.  María que probó a todos los habituales del Pepe buscando el amor verdadero y cuando ya había perdido la esperanza de encontrarlo llegó el Zarzas de un pueblo de Cádiz y cayó rendida. Solo  él, también aries, fue capaz de igualar su marciano carácter. Ahora siempre van juntos, abrazados y besándose hasta que sus efusivas demostraciones amorosas comienzan a transformarse en empujones y gritos. En una de esas peleas se cayeron al suelo las cartas del tarot, todas boca abajo menos la de los enamorados, señal inequívoca de que estaban predestinados y podían continuar con  tranquilidad alternando amor y broncas.

Botas negras, despeinado como si se acabara de levantar, entra Álvaro en escena a última hora con su cámara de fotos colgada al cuello.  Con un certero clic captura a José Corazas,  el perro lamiéndole la chancleta, a Silvi a lomos de su moto, la luz lunar chorreándole por los poderosos muslos, al gordo soltando la carcajada rodeado de  bruma azul, a Chupa chups a punto de entrar en su coche deportivo para dar ruidosamente la vuelta a la manzana, el llavero dorado lanzando siniestros destellos, al Orejón mirando fijamente la bombilla plagada de mulatas mariposas pululantes, a Armando desapareciendo furtivo por la esquina,  a María y al Zarzas besándose sobre un coche, a Darío preguntándole a la farola si la pintura o la música porque son dos artes tan fundamentales…a Benjamín lanzando  un vaso desde su ventana y a los trozos de cristal rotos que quedaron delante de la puerta del Pepe, brillando como pequeñas estrellas de tierra.

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