Día: 22 mayo, 2018

Adrián mental

A las cuatro, esa hora soporífera, llegó el encargado, hizo unos cuantos aspavientos señalando la gotera y comprobó que no se había agrandado.  El día anterior le habían dibujado un borde verde y seguía ahí, contenida en su frontera. Luego las reunió  en el cuarto donde comían, el mismo donde también guardaban los tintes y otros productos capilares, para darles la charla habitual.

A ver si me vendéis algo de todo esto, ya sabéis el sistema, primero se  saca el defecto, la pega, y a continuación,  pero con disimulo, sin que se note que una cosa tiene que ver con  la otra,  se ofrece  la solución. Y  ponéis los botes bien a la vista, delante, para que los tengan presentes. La gotera  la seguís vigilando, si se pasa de la raya, me avisáis. Esto último podía ser una gracia, se rieron un poco por si lo fuera. Desde la puerta, con todo el cuerpo ya en la calle menos un pie calzado con un zapato negro, puntiagudo y reluciente, que seguía dentro, dijo, “y no se os olvide sonreír, sonreír,  es gratis”.

Qué gilipollas es este tío, dijo Adela en cuanto el zapato salió también. Pero no le dio tiempo a desahogarse con sus compañeras porque acababa de entrar una mujer, llevaba una melena abultada y rizada y mientras le ayudaba a quitarse la chaqueta,  pensó de manera robótica: defecto, pelo seco.

Mala suerte, Pelo seco era del modelo hablador. Se lo contó  a Adrián. Odio a estas pavas que no se callan, te lo juro. Se lo contó mentalmente porque él no estaba ahí, pero sí estaba y desde dentro,  sin mover los labios, no hacía falta, le contestó, “no hagas caso, Ade, tú a lo tuyo, desconecta mientras hablan”. Su Adrián mental tenía casi siempre la respuesta adecuada, el de verdad, el que se encontraba en casa cuando volvía de trabajar, a veces sí y otras, pues no.

Eso intentó, desconectar, pero no era fácil. No es tan fácil, Adrián,  Pelo seco es muy pesada. Voy a traerte a mi hijo para que le cortes el pelo, le estaba diciendo, es que él se lo quiere dejar largo pero el problema es que en vez de crecer hacia abajo le crece hacia arriba y por los lados. En el colegio le llaman arbusto.

No te lo pierdas, Adrián, arbusto, dice, me meo. Adrián se rió con ella sin que nadie en la peluquería se diera ni cuenta. Habían entrado dos señoras más, el zumbido de los secadores añadía sueño a su sueño, le pesaban los párpados, tanto que pensó que se le iban a cerrar,  pero ya estaban a punto de salir de las cuatro de la tarde, eran las cinco menos cuarto, y a partir de ahí las cosas mejoraban, como si algo se desatascara.

A partir de las cinco me encuentro mejor, Adri. Él la  acarició el pelo,  suave,  teñido con mechas azules.

Le crece así, seguía explicando la obsesiva de Pelo seco,  con los brazos dibujaba  la silueta capilar de Arbusto y no miraba ni de reojo el bote de mascarilla ultra hidratante y alisadora que Adela le había puesto delante, sobre el mostrador, al lado de su bolso.  Y claro, le queda mal, él se cree que va muy guapo pero la verdad es que estaría mucho más favorecido si se lo arreglara un poco. A ver si tú le puedes convencer pero antes tengo que conseguir que quiera venir, no quiere, dice que se lo vas a cortar y como se lo quiere dejar largo…

Pero cómo se puede ser tan cotorra, ¿y te has fijado en que ni mira el bote? Y cuando le he dicho que tenía el pelo muy mal, seco, ni me ha contestado. Se cree el encargado que es fácil venderles algo, pues no son poco agarradas, si algunas ni se quieren lavar la cabeza, te sueltan que se lo acaban de lavar en casa y que se lo peines directamente, ¿te lo puedes creer, Adrián? Y no será porque no tienen pasta, llevan bolsos buenos y ropa cara, ¿cuánto tiempo hace que no me compro yo ropa? He visto una cazadora súper chula cuando venía de camino, negra.

Te quedaría guay, mejor que a cualquiera de esas, dijo él,  y volvió a deslizar la mano, que era grande y acogedora, por las mechas azules. Al llegar al cuello se lo masajeó porque cuando se tensaba se le agarrotaba y él lo sabía. Ese Adrián de dentro todo lo sabía y todo lo acertaba. El de fuera… todo, todo, no.

O estaba alucinando o la gotera se había extendido por la parte superior, sí, por ahí se salía de la raya verde, todavía no mucho pero estaba claro que avanzaba. Ay, Adrián, qué coñazo la gotera, me veo que hay que llamar otra vez al seguro, que se nos vuelve a inundar, la que se lió la última vez,  acabé molida y el encargado no paraba de venir a vigilar y ya de paso a meterse en todo.

No te adelantes a los acontecimientos, dijo él en la peluquería, ya verás como no va a más. Sin embargo en casa lo que dijo fue, ¿quién saca hoy al perro tú o yo? estoy machacao.  Pues anda que yo…me duele todo. Y se iba a poner a contarle, ahora en voz alta,  lo de la gotera y lo de la madre de Arbusto y lo de que el encargado les pide que sonrían, que sonrían, que sonrían y que entre cuatro y cinco se le cierran los ojos y le pesan las piernas y que ha visto una cazadora que le gusta y que a lo mejor se la compra pero intuye que Adrián no le va a hacer caso, eso se nota, lo acaba de notar.  Así que baja al perro  y mientras da la vuelta a la manzana ve una media luna preciosa y reluciente y encima una estrella, la primera de la noche,  pero, rencorosa, eso no se lo cuenta.

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