Mes: junio 2018

Uñas Ming

 

Coco. Así se llama la jefa de Uñas Ming. No sé si tendrá algo que ver con la famosa dinastía, supongo que no. Que sea la que manda no quiere decir que el negocio le pertenezca ni que ella haya escogido el nombre. Coco es una china alta y delgada, el resto de las empleadas, a las que ella dirige, no son orientales. Llevan camisetas ajustadas, son bajitas y culonas y se sujetan el pelo con unas diademas de niña, cada una de un color.  Una de ellas, la de la diadema morada, me conduce hasta un sillón y me invita a sentarme.

Espera ahí, grita Coco desde lejos, moviendo un brazo,  enseguida tú.  Antes de irse,  diadema morada me da un libro de tapas duras y me dice que elija un color. Me fijo en que en su camiseta está escrito el mensaje “It doesn,t matter” y debajo, el dibujo de una calavera. Pues tiene razón su camiseta.

Dentro del libro, un libro sin páginas y por lo tanto sin letras, hay falsas uñas de todos los colores posibles ordenados por gamas. Las uñas están sueltas, sin dedos y pegadas por dentro a las tapas.

Soy muy indecisa, no se me pueden dar tantas opciones porque me bloqueo. Con tres colores, como mucho cuatro, hubiera sido más que suficiente para desazonarme. Abro y cierro el libro varias veces, las tapas se quedan pegadas por un imán. Me gusta pegarlo y despegarlo y eso hago hasta que veo que Coco me mira con desaprobación. Su mirada impone,   así que dejo tranquilo el libro lleno de uñas, qué grima,  y por si tuviera que darle conversación busco en el móvil, “Dinastía Ming”.

Leo que fue la penúltima dinastía de China y que gobernó con gran esplendor entre 1368 y 1644 después de la caída de la dinastía Yuan. Todo el esplendor que quieras pero al cabo del tiempo fue sustituida por la dinastía Quing y ésta por la República China. A veces la historia me aburre por eso, porque ya sé, a muy grandes rasgos, qué va a pasar, una sucesión de subidas y bajadas, de ascensos y caídas, de aparta que me toca y si no te quitas, te mato. Se matan. Florecimientos y despachurramientos.

Aunque, claro, eso es quedarse en el principio y el final, entre medias algo ocurre, bastante ocurre,  tres siglos bien aprovechados cunden y durante la dinastía Ming…lo que ocurrió no me da tiempo a leerlo porque la de la diadema morada ha venido a buscarme. Ven.  Qué escueta. Pues voy.

El local es bastante grande, tiene una larga mesa corrida. De un lado se sientan las limadoras y de otro nos ponemos  las limadas. Coco está en un lateral y desde allí, a la vez que lima, dirige su imperio con mano de hierro igual que el emperador Hongwu, salvando las distancias.En los ratos que le quedan libres se levanta para hacer estiramientos. Ocupa el centro de la sala y hace molinillos con los brazos, hombros delante, hombros detrás.

Las limadoras hablan entre ellas de sus cosas. No les importamos las limadas, ni nos miran, tampoco parece molestarles que nos enteremos de lo que dicen,  somos meros objetos económicos. No me desagrada ese papel, esa invisibilidad. Una dice: tengo un buen trabajo, (se refiere a estar todo el día limando uñas y quitando durezas de los pies),  un hijo de ocho años, tengo un piso y no necesito más.

Ay, pobrecita, que  no tienes quién te  quiera, le contesta  su compañera. No se ha creído que pueda estar feliz sin un hombre. O es que es ella la que no puede y traslada su necesidad a la otra.

Que te he dicho que no quiero nada más, ¿eres tonta?,  y este fin de semana me voy a la playa.

Por la cara que pone, la otra sigue sin creérselo.

Coco ha dejado ya de mover los hombros y agarrada a la barandilla de las escaleras de la entrada hace ejercicios de piernas, las sube las baja, las flexiona, las gira. Todos los movimientos posibles con un par de piernas los ejecuta en un momento.  Deberían tener también un libro, igual que el de las uñas, pero con el muestrario de piernas pegado a las tapas.

Después se pone con la espalda, estira su columna vertebral y, ya  repuesta,  se pasea por la mesa dando una masaje rápido a sus empleadas.  Estás gorda, le dice a una cuando le toca la espalda, mucha carne por aquí.  Todas se ríen. Se ríen mucho sin dejar de limar, se ríen tanto que me están  dando ganas de cambiarle el puesto a la de la diadema morada y tomar un papel más activo. Yo también me quiero reír con mis amigas pero entre las limadas no hay compañerismo y sí cierta desconfianza.

A Coco no paran de preguntarle cosas. Coco, esto, Coco, lo otro. Y ella dice, “Coco, Coco, Coco, parecéis gallinas, todo el día me molestáis, todas me molestáis. Todo el mundo me molesta”. La comprendo que no veas.  De nuevo se ríen mucho y ella también, hasta que se callan tan de repente  como las  chicharras en verano y solo se oye el rasgar de las limas  sobre las uñas y los autobuses que pasan hacia el centro,  pesados como elefantes,  los coches, una ambulancia que se detiene muy cerca.

Mi mente catastrofista se inquieta, ¿para quién será?

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Lu

En el barrio de mi hermana  no hay jardines, sí un lugar al que llaman parque.  Es un rectángulo de hormigón con  tres bancos,  un par de columpios sobre un  suelo de goma negra, mullida, y cuatro árboles raquíticos, uno en cada esquina. Apenas dan sombra, los niños se agarran con un brazo a los finos troncos, más parecidos a ramas que a troncos, dejan caer el cuerpo de medio lado y giran. Otras veces los zarandean y como son frágiles, los árboles se dejan. Entonces se dispersan por el aire unas pelusas blancas  que los gorriones atrapan con sus picos haciendo acrobacias. Los gorriones están a la que salta,  también se zampan a las mariposas, los he visto. Hace solo una semana presencié una persecución  tan acelerada y violenta como las que ve mi sobrino en sus películas. Mi sobrino se llama Luis pero lo llamamos Lu, como si Luis fuera un nombre larguísimo y no nos hubiera quedado más remedio que pegarle un tajo. Lu  es un poco más infantil de lo que le correspondería para sus años, digamos que madura con lentitud,  y aunque es inteligente no comprende  las bromas ni los dobles sentidos.  Con él hay que ser literal. Aparte de ver películas de acción, le gusta jugar al memorial, ese juego de formar parejas con unas fichas que se ponen boca abajo. Al parque no le gusta ir. No me extraña.

Un par de tardes a la semana me quedo con él para que mi hermana haga sus gestiones. A saber qué gestiones son esas, sale con una misteriosa carpeta verde de gomas, misteriosa porque no sé qué lleva dentro, a veces sospecho que  nada y que en realidad se  pasa el rato entrando y saliendo de las tiendas del barrio o apalancada en uno de los sillones de  “Uñas Ming”. Cualquier cosa menos quedarse en casa oyendo cómo derrapan los coches, se disparan unos a otros y explosionan todo tipo de objetos inflamables.

-Quítale eso un rato, por Dios, que tengo la cabeza como un bombo,  me dice ya fuera  y llamando con nervios al ascensor.

A mí también me gustaría  ir a “Uñas Ming” pero todavía no he encontrado el momento. A lo mejor mi hermana está ahora ahí con su carpeta verde misteriosa, con su carpeta verde vacía. He conseguido que Lu apague la película y hemos empezado una aburrida partida de memorial. Aburrida para mí que no doy una, soy incapaz de acordarme dónde estaba el elefante, o la cobra, o la jirafa o el erizo o el bicho que sea. Cuando le doy la vuelta a una, convencida de que era esa, siempre es otra. A Lu le doy pena, se lo noto. Él ya lleva un montón de parejas y las ha colocado formando una torre y yo no tengo ni una.

No se hace el chulo, al contrario, parece que lo está pasando mal con esa victoria tan desigual y por eso  hace una trampa a mi favor,  coloca un dedo como a lo tonto cerca de que la tengo que levantar , cree que no me he dado cuenta. La levanto y finjo que me pongo muy contenta, él también se pone contento, creo que de verdad. Así hasta tres veces, ya tengo tres parejas, él todas las demás. Puede ganar con tranquilidad. Gana.  El juego ha terminado.

Le pongo otra película de persecuciones. Unos hombres con gran forma física, mental creo que no, se persiguen por azoteas y garajes, suben y bajan por escaleras de incendios, saltan de una azotea a otra disparándose a todo trapo. Ya han palmado tres. Los dos que quedan sudan y sufren muchísimo. Están malheridos y saben que uno de los dos va a morir, los dos, como es lógico, quieten que sea el otro. Dentro del garaje explosionan coches y a Lu se le ilumina el flequillo. A ver si vamos a salir ardiendo…que se te quema el pelo, le digo  mientras me como una galleta sentada en el sofá. Me mira con cara de susto,  se me ha olvidado que no pilla las ironías.  La cortina se infla con una brisa que viene de la calle. Parece que hay algo bonito detrás, pero no.

Ya vuelve mi hermana, no trae pintadas las uñas pero puede que sea para disimular. Esto no puede ser bueno para los cerebros, dice mirando la película con preocupación. Y me da por imaginar que dentro de la cabeza de mi sobrino hay muchos cerebros pequeños y juntos, cerebritos anudados de Lu.

¿Por qué no ves un rato uno de esos documentales tan bonitos de animales? Y antes de que él pueda decir sí o no, ya se lo está poniendo . Tampoco puede ser bueno para los cerebros, para los cerebritos anudados,  estar viendo cómo los animales se comen y se descuartizan  unos a otros y  todos esos miembros sanguinolentos y despedazados. Tengo que apartar la vista un par de veces del asco y la angustia que me da, pero  Lu ni se inmuta ante tanta masacre, las bromas no las entiende pero sí  parece entender perfectamente que así es la vida y que todo forma parte de la misma cadena y que una cosa alimenta a la otra y que cada cuerpo separado hace lo que sea por imponerse a los otros pero que, en el fondo, todo es lo mismo. Parece entender perfectamente el ciclo de muerte y resurrección o lo que sea eso.

Me voy, le digo a mi hermana, todavía tengo  un montón de cosas que hacer. Tareas varias. Gestiones. No preciso para que se quede con la intriga,  a mí también me gusta tener algún misterio del estilo de su carpeta verde, algo que  ella no sepa. Si no fuéramos hermanas no nos trataríamos, no nos caemos del todo bien.

Paso por delante de Uñas Ming pero ya es muy tarde para entrar. Otro día. Se asoma una cara sonriente que parece una máscara y me grita: entra, entra, entra, nuevo color,  ¡rojo de moda!

En el autobús pienso en lo bueno que es Lu y en cómo no ha querido humillarme jugando al memorial. Ojalá entendiera las bromas.

Aurelia mortal, Aurelia inmortal

A veces Aurelia se busca en google. Sobre todo cuando se aburre y no se le ocurre otra cosa mejor para pasar el rato. O se le ocurren otras muchas cosas mejores pero requieren de mayor energía que escribir su nombre en la  barra del buscador. Ya que tiene el teléfono en la mano, trastea con su juguete buscando esto y aquello y cuando ya se ha cansado de esto y aquello se busca a sí misma y  espera a ver qué pasa.

En realidad ya sabe lo que pasa, ya sabe que va a salir su cuenta en esa red social y esa foto de su perfil en la que lleva un jersey de rayas descolgado por un lado, un hombro a la vista. Le gusta mucho esa foto, por eso está ahí. Le gusta esa foto pero tiene la ilusión, una ilusión infantil, cercana al pensamiento mágico, de que aparezca alguna información junto a su nombre que sea nueva y no subida por ella misma. Nueva y buena. Aurelia quiere que al lado de su nombre figure algún premio, alguna hazaña…que aparezca algún motivo que ella misma desconoce para haber sido indexada. Quiere una sorpresa. Ser algo distinto a lo que es, haber hecho algo distinto a lo que ha hecho  y que internet se lo cuente.

Por eso se decepciona un poco al ver su cuenta de siempre y su foto de siempre. O más que decepción es aburrimiento, un incremento del aburrimiento inicial que ya tenía y que fue el que la indujo a buscarse para aliviarlo. Ahora ,en vez de menos, tiene más.

Y junto a esa porción de ella que se sabe de memoria,  toda esa ristra de mujeres con las que comparte nombre y apellido,  esa familia internética de Aurelias, una especie de hermanas raras puesto que unas hermanas verdaderas no llevarían el mismo nombre. Ahí están con sus fotos correspondientes y algún dato identificativo más, generalmente profesional.  Hay una directora de museo con el pelo corto y blanco,  una estudiante con unas piernas muy largas, una artista que hace esculturas con tejidos y que parece muy feliz,  una psicóloga con un jersey rojo y una que ya está muerta y cuya imagen colgó su familia a modo de recordatorio.

Como sigue aburrida, insiste. Prueba a buscar solo el nombre, sin apellidos, y eso que también sabe cual será el resultado.  Ahí  está, ocupando la primera fila de Aurelias a secas, de Aurelias sin más,  la  madre de Julio César. Una escueta entrada de la Wikipedia dice de ella, “fue muy admirada en la Antigüedad por su inteligencia, virtud y su papel de madre. Se ocupó de la educación de su hijo y ejerció una gran influencia en su vida”. La Aurelia que se busca en google piensa que no le gustaría pasar a la Historia con mayúsculas por su papel de madre, por su relación con otro y no por ella misma, aunque por otro lado, el caso es pasar,  resistir,  quedarse, seguir estando.  Pero, ¿para qué va a querer estar si ya no se va enterar de  que está?, ¿Acaso la madre de Julio César puede disfrutar de buscarse en google y ver que pese a todos los siglos transcurridos ella sigue ahí, figurando, que hizo algo destacable, que su vida no fue en vano?, ¿Acaso puede engordar su ego comprobando que es la primera Aurelia de la lista? Ya no tiene ojos, ni ego, que se sepa.

Rastrea un poco más y lee lo que ya ha leído otras veces, que hay una tienda de ropa infantil que se llama Aurelia, una pensión en la calle Sancho Dávila con ese mismo nombre  y una medusa azul, la Aurelia aurita. Pero entonces sí aparece algo nuevo al lado de la medusa, algo que nunca antes había visto y que reclama su atención, es la palabra inmortal.

La Aurelia que se busca en google pincha, atraída por el reclamo de la vida eterna,  y lee que los científicos han descubierto que  su medusa homónima  puede retroceder de la edad adulta a una edad sexualmente inmadura de forma individual y tantas veces como quiera. Es decir, que cuando se hace vieja y a través de un sencillo mecanismo que la Aurelia mortal no consigue entender del todo por muy sencillo que sea,   se vuelve niña y empieza de nuevo a vivir.  Y este ciclo puede repetirse indefinidamente por lo que se la considera biológicamente inmortal.

La Aurelia que se ha estado buscando  en google piensa en la suerte que tiene su tocaya  ya que, salvo que se la coma algún depredador, no morirá jamás. Pero al cabo de un rato de darle vueltas al asunto ya  no le parece tanta suerte volver a lo mismo una y otra vez y otra y otra más. Seguir siendo eternamente Aurelia Gómez Castaño, no poder librarse nunca de su identidad. Si ya en su primera vez como Aurelia  hay ratos en los  que se aburre tanto que le da por buscarse en google, si estuviera en su vida número treinta…no lo quiere ni pensar.

Salvo que el renacimiento no incluya memoria de lo anterior, de tal modo que para esa Aurelia número treinta  todo sería igual de nuevo que para la número uno de la saga.

Le está empezando a doler la cabeza. Deja el teléfono sobre la mesa, mira por la ventana. El cielo está lleno de vencejos que aprovechan volando como locos el tiempo que les ha sido concedido,  como si quisieran morir reventados de azul.

Y un poco más de Pan

Anda que lo de Lopetegui…no doy crédito. Huy no, calla, si no quería hablar de eso. Anda que lo de la Antártida, eso sí que es grave, no para de perder hielo y no es que se vaya a derretir mañana mismo pero si sigue así, y va a seguir así que me lo han dicho unos científicos esta mañana por la radio, va a terminar con las costas del planeta tal como las conocemos y lo que verán y vivirán las futuras generaciones será un desastre recalentado. El que venga detrás que arree, ya lo siento.  Anda que la parejita de Singapur,  el moreno y el rubio malpeinados, qué feuscos son los dos, ¿verdad? Y qué poco presentables. Anda que…

Mejor me vuelvo para los reinos mitológicos y os hablo, aprovechando el pan de la  entrada anterior y un comentario de “Whatgoes” con canción incluida, del dios Pan. Me cae bien este dios,  pese a que era un poco perseguidor de ninfas. Pero,  ¿quién no haría lo mismo si viviera en un bosque de ellas plagado y fuera el dios de la fertilidad y la sexualidad masculina, pleno de potencia y apetitos carnales? Lo siento por las ninfas que se pasaban el día corriendo y huyendo de sus acosadores y sin etiqueta de “mee too” que echarse a las redes.

Pero bueno, que me desvío del mito y esto que viene ahora me gusta en especial. Pan, entre otras cosas,  es el dios de esa brisa tan fresca que se levanta al amanecer y que luego vuelve al atardecer, mira qué bonito. Puestos a ser dios de algo qué mejor que de unas brisas que abran y cierren los días con sus soplidos. Otra cosa que me gusta de Pan es que iba a su bola, era un poco anti sistema, como no le gustaba el Olimpo donde vivían los otros dioses, se trasladó a los bosques de la Arcadia,  no participó en ninguna guerra y no prestaba ayuda a los héroes, allá se las apañen esos plastas,  pensaría. A los que sí ayudaba de vez en cuando era a los pastores y a los cazadores, me imagino que porque los tenía más a mano y nunca  está de más llevarse bien con los vecinos.

Su rutina diaria era la siguiente: por  las mañanas se dedicaba  a cuidar de sus rebaños, animales y colmenas. Después se echaba la siesta y mucho cuidadito con despertarlo porque era muy fanático de la misma. Si se la interrumpían  se enfurecía y desencadenaba una tormenta con toda su profusión de rayos, truenos y trombas causando el pánico (de su nombre viene, creo) entre los animales y otros seres bosqueños. Y  por las tardes, ya repuesto tras el sueño, a perseguir ninfas como un poseso.

Pese a ser bastante feo – su madre lloró cuando lo vio al nacer-  tenía  éxito con ellas y tuvo muchas amantes que lo adoraron. Entre otras, Eco, Eufema, todas las Ménades y hasta Selene, la diosa de la luna.

Pero hubo dos que se le resistieron. Una de ellas fue Pitis, (no confundir con la estación de tren). Para huir de Pan, Pitis se transformó en pino. Esto de cambiar de forma era algo que hacían mucho las ninfas cuando ya se veían perdidas, tenían ese poder.

Resignado, Pan arrancó una de las ramas del pino, con ella se hizo una corona y a otra cosa, mariposa. La otra cosa, mariposa era Siringa,  ninfa que no le hacía ni caso y de la que él estaba muy enamorado. Basta que no te hagan caso…eso es así entre humanos y entre dioses.

En una de esas persecuciones, Siringa llegó jadeante hasta las orillas del río Leto y cuando ya se vio acorralada se transformó en cañaveral, lo primero que se le ocurrió que pegase junto a un río.

Al llegar Pan al lugar y como ella ya no estaba, se abrazó con desepero a las cañas y, así sujeto, escuchó ese rumor tan bello que producen cuando las mueve el viento. Pensó que esa iba a ser la única manera de tener con él a su amada,  a través de su voz,  por lo que arrancó una de las cañas, (lo que le gustaba arrancar cosas) y se hizo una flauta a la que llamó Siringa.

Si es que en el fondo, con ese cuerpo de macho cabrío en su parte inferior, esos cuernos,  esa cara arrugada y esos arrebatos de mal genio si se quedaba sin siesta,   era todo un  romántico. Un poco pendón, pero romántico. Que una cosa no quita la otra, ¿o sí la quita? Que cada uno piense lo que quiera.

El Auto del Pan

Cuando él era pequeño vivía en un pueblo del norte de España.  Jugaban todo el día en la calle. A subirse a los árboles, a una especie de fútbol con pelotas hechas de trapos enrollados, a tirar piedras, a correr, a lo que se les ocurriera. Eran muchos críos. Él decía la palabra críos, no niños.  Allí no había coches, no es que hubiera pocos, es que no había ninguno.  Solo una vez a la semana llegaba una especie de furgón tienda que transportaba y repartía por los pueblos y aldeas de la zona algunos alimentos. El más importante y el que daba nombre al vehículo era el pan.

Al fenómeno rodante no lo llamaban  coche,  aquello era otra cosa. Lo  que hacía su irrupción majestuosa en el pueblo, rompiendo la rutina,  era un auto, el Auto del Pan. Uno de los críos, cualquiera, el que lo hubiera visto  primero o hubiera escuchado el ruido del motor,  señalaba el camino por el que pronto aparecería o en el que ya se dejaba ver como un pequeño punto y gritaba, “¡el Auto del Pan!”.

En ese momento  los juegos se interrumpían porque empezaba otro, el mejor de la semana, el de seguir y perseguir al auto, el de corear su nombre mágico.

Todos saltaban a la vez gritando como en un ritual tribal, “ el auto del pan, el auto del pan, el auto del pan”… cada vez más fuerte, más rápido, con mayor excitación. Felices y extasiados, corrían hacia él y una vez que estaban al mismo nivel, continuaban corriendo a su lado, acompañándolo, pegándole algún manotazo en su lomo de chapa a modo de amistoso saludo.  El Auto del Pan era como un animal fantástico y ellos,  sus locos adoradores

Cuando se iba, también lo perseguían gritando su nombre,  corriendo y saltando cuesta abajo hasta que se perdía por el horizonte. Momento en que esos niños,  esos  críos,  se quedaban un instante quietos, callados, mustios. Cantaban los pájaros, ladraban los perros, hablaban los árboles con sus voces verdes. Alguno, para consolarse, daba una patada a la pelota de trapos.  Esa era la señal para que el mundo se recolocara de nuevo y ellos ocuparan  sus puestos dentro de él. Todavía faltaba una semana para el siguiente milagroso advenimiento.

Menuda desgracia la de Perséfone

Será porque estoy encerrada en un armario aunque me saquen de vez en cuando como saca un niño a sus muñequitos de la caja. Será porque aquí dentro hay poca luz y la sensación es claustrofóbica, será porque tengo al lado al Toni que sin cesar parlotea de la muerte, será porque contando historias ahuyento a mis fantasmas y aquieto a mis monstruos. Será por todo eso  por lo que hoy os voy a hablar de una diosa llamada Perséfone que también sabe lo que es sufrir encierros y oscuridades.

Nada hacía presagiar que aquella iba a ser una tarde aciaga ¡Toma frase! Se hallaba Perséfone, como era su costumbre,  con sus amigas Atenea y Artemisa correteando por el bosque en compañía de otras ninfas. Os lo podéis imaginar: había flores de múltiples colores pues era primavera, el aire estaba cargado de aromas embriagadores, una brisa cálida mecía suavemente las copas de los árboles acunando a los pajarillos, trinaban éstos y las chiquillas bailaban, saltaban y se reían. En resumen: una estampa de una cursilería insoportable.

Esa misma estampa ya la había contemplado otra tarde, agazapado por las esquinas,  Hades, dios de los inframundos, rey de los muertos.  Al instante cayó rendido de amor por Perséfone.  Tenía ella todo lo que él no: gracia, alegría, dulzura y atributos femeninos de lo más llamativos. La tarde de la desgracia, Perséfone se agachaba con donaire a recoger un lirio cuando el suelo se abrió y a través de la  grieta apareció montado en un carro negro el malvado de Hades. De un brutal manotazo la atrapó por la cintura, la subió en su vehículo siniestro  y se la llevó dirección  los  bajos fondos sin más explicaciones.

Menuda desgracia. De la luz pasó a la oscuridad, de las flores, las risas y el aire libre al ambiente lúgubre y las almas en pena, de la libertad a la prisión. Como yo en el armario poco más o menos, por eso me identifico con ella y puedo entender lo que sufrió. Para la que también empezó un hondo penar fue para su madre, Démeter, la diosa de la Tierra, la agricultura y las cosechas. Parece un ministerio lo que tenía  Démeter, pero no,  todavía no existían. Desesperada, emprendió largos viajes en busca de su hija raptada, vagó sin rumbo de un lado a otro, rota de dolor. Para vengarse o porque no estaba ella para trajines agrícolas, ordenó a los árboles que no dieran fruto, al pasto que no creciera y a las semillas que no germinaran. Y  a todo esto Zeus, el marido de Démeter y padre de Perséfone, sin intervenir, a sus cosas del Olimpo, supervisando el Universo y recolectando nubes.

Pero al comprobar la magnitud de la tragedia (mucha, enorme), los animales se morían de hambre y los humanos empezaban también a fenecer,  se levantó del sillón, ya era hora, Zeus, guapo,  y se fue a parlamentar con Hades. La postura de este padre me resulta incomprensible pero en fin, no entiendo al presidente de mi comunidad que me pilla bastante más cerca,  mucho menos  voy a  comprender al jefe de los dioses.

Que nos devuelvas a la niña o verás la que te lío en los submundos. Está bien , te la devuelvo, dijo el otro, pero con una condición, que no coma nada por el camino. Qué tío más rarito además de siniestro.  El caso es que Perséfone comió, por iniciativa propia o tentada por Hades. Tampoco mucho, entre seis y ocho semillas de granada, era de poco comer pero lo  suficiente para fastidiarla. Por esa tontería se condenó de por vida a  pasar tres meses en los infiernos aunque  se le permitió volver a la tierra el resto del año.

Cada vez que regresa  de su encierro,   la naturaleza se alegra tanto que brota y florece por doquier, por eso se la considera la inductora de la primavera. Si sois alérgicos, la culpa es de ella. Pero,  a medida que se acerca el tiempo de su marcha, todo se va  marchitando, el verde pierde color, se caen las hojas,  la tierra vuelve al silencio y a la aridez del invierno. Todo muere. Y así sucesivamente  de ciclo en ciclo por los siglos de los siglos.

Yo también tengo que regresar al armario de mis encierros cual Perséfone de andar por casa,  espero que fallezca algún cardo borriquero en mi honor, qué menos.

Adiós.