Día: 12 junio, 2018

El Auto del Pan

Cuando él era pequeño vivía en un pueblo del norte de España.  Jugaban todo el día en la calle. A subirse a los árboles, a una especie de fútbol con pelotas hechas de trapos enrollados, a tirar piedras, a correr, a lo que se les ocurriera. Eran muchos críos. Él decía la palabra críos, no niños.  Allí no había coches, no es que hubiera pocos, es que no había ninguno.  Solo una vez a la semana llegaba una especie de furgón tienda que transportaba y repartía por los pueblos y aldeas de la zona algunos alimentos. El más importante y el que daba nombre al vehículo era el pan.

Al fenómeno rodante no lo llamaban  coche,  aquello era otra cosa. Lo  que hacía su irrupción majestuosa en el pueblo, rompiendo la rutina,  era un auto, el Auto del Pan. Uno de los críos, cualquiera, el que lo hubiera visto  primero o hubiera escuchado el ruido del motor,  señalaba el camino por el que pronto aparecería o en el que ya se dejaba ver como un pequeño punto y gritaba, “¡el Auto del Pan!”.

En ese momento  los juegos se interrumpían porque empezaba otro, el mejor de la semana, el de seguir y perseguir al auto, el de corear su nombre mágico.

Todos saltaban a la vez gritando como en un ritual tribal, “ el auto del pan, el auto del pan, el auto del pan”… cada vez más fuerte, más rápido, con mayor excitación. Felices y extasiados, corrían hacia él y una vez que estaban al mismo nivel, continuaban corriendo a su lado, acompañándolo, pegándole algún manotazo en su lomo de chapa a modo de amistoso saludo.  El Auto del Pan era como un animal fantástico y ellos,  sus locos adoradores

Cuando se iba, también lo perseguían gritando su nombre,  corriendo y saltando cuesta abajo hasta que se perdía por el horizonte. Momento en que esos niños,  esos  críos,  se quedaban un instante quietos, callados, mustios. Cantaban los pájaros, ladraban los perros, hablaban los árboles con sus voces verdes. Alguno, para consolarse, daba una patada a la pelota de trapos.  Esa era la señal para que el mundo se recolocara de nuevo y ellos ocuparan  sus puestos dentro de él. Todavía faltaba una semana para el siguiente milagroso advenimiento.

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