El Auto del Pan

Cuando él era pequeño vivía en un pueblo del norte de España.  Jugaban todo el día en la calle. A subirse a los árboles, a una especie de fútbol con pelotas hechas de trapos enrollados, a tirar piedras, a correr, a lo que se les ocurriera. Eran muchos críos. Él decía la palabra críos, no niños.  Allí no había coches, no es que hubiera pocos, es que no había ninguno.  Solo una vez a la semana llegaba una especie de furgón tienda que transportaba y repartía por los pueblos y aldeas de la zona algunos alimentos. El más importante y el que daba nombre al vehículo era el pan.

Al fenómeno rodante no lo llamaban  coche,  aquello era otra cosa. Lo  que hacía su irrupción majestuosa en el pueblo, rompiendo la rutina,  era un auto, el Auto del Pan. Uno de los críos, cualquiera, el que lo hubiera visto  primero o hubiera escuchado el ruido del motor,  señalaba el camino por el que pronto aparecería o en el que ya se dejaba ver como un pequeño punto y gritaba, “¡el Auto del Pan!”.

En ese momento  los juegos se interrumpían porque empezaba otro, el mejor de la semana, el de seguir y perseguir al auto, el de corear su nombre mágico.

Todos saltaban a la vez gritando como en un ritual tribal, “ el auto del pan, el auto del pan, el auto del pan”… cada vez más fuerte, más rápido, con mayor excitación. Felices y extasiados, corrían hacia él y una vez que estaban al mismo nivel, continuaban corriendo a su lado, acompañándolo, pegándole algún manotazo en su lomo de chapa a modo de amistoso saludo.  El Auto del Pan era como un animal fantástico y ellos,  sus locos adoradores

Cuando se iba, también lo perseguían gritando su nombre,  corriendo y saltando cuesta abajo hasta que se perdía por el horizonte. Momento en que esos niños,  esos  críos,  se quedaban un instante quietos, callados, mustios. Cantaban los pájaros, ladraban los perros, hablaban los árboles con sus voces verdes. Alguno, para consolarse, daba una patada a la pelota de trapos.  Esa era la señal para que el mundo se recolocara de nuevo y ellos ocuparan  sus puestos dentro de él. Todavía faltaba una semana para el siguiente milagroso advenimiento.

33 comentarios en “El Auto del Pan

  1. No, no, no….fue el Auto de Cine que llegaba los sabados de los veranos al pequeño barrio del suburbio obrero. Los más pequeños lo esperaban en la bifurcación de la carretera con mucha antelación, mientras todo el vecendario sacaba las sillas para obtener el mejor sitio de la primera fila. Lo demas todo igual…”Todos saltaban a la vez gritando como en un ritual tribal, “ el auto del pan ( el cineeeeee…), el auto del pan,( el cineeee) el auto del pan( el cineeeee)”. No fue el auto que atormentaba el bario sino El Cine, la mágia del cine.Muchas gracias , Paloma, eres genial.

    1. Es que un coche, o auto, cargado de películas eso sí que es para pegar gritos y saltos de felicidad. Lo has contado muy bien.
      Sobre uno de esos cines antiguos sé una historia muy graciosa pero tendría que pedir permiso a su dueño para contarla aquí.
      Besos y gracias, Tatiana

  2. Me has recordado a mis primos (los de USA) que siempre salían como locos tras el camioncito de los helados, porque allí esos camioncitos tienen una musiquita pensada hábilmente justo para producir ese efecto en los infantes. Bueno, yo no los vi porque me llevan muchos años y, para cuando tuve oportunidad de verlos ya estaban un poco talluditos para ir corriendo tras el camioncito de los helados pero es algo que siempre me cuentan mis tíos y mi madre. Besotes!!!

    1. No, Toro. No he querido decir nada de eso ni hacer comparaciones.
      Solo rescatar una historia o una escena que me gusta y a la que tengo cariño. Es un recuerdo familiar. No mío, claro.
      Besos

  3. Una escena preciosa, llena de vida e inocencia. Qué descripción tan buena. Creo que a todos los que hemos conocido al panadero pitando por el pueblo nos ha traído melancolía. En mi pueblo lo sigue haciendo, por cierto, aunque hay panaderías.
    Abrazo 🙂

  4. Muy bonito, muy entrañable, muy bien descrito. La inocencia, la niñez, el paraíso, quizá un mundo que se perdió para siempre o se está perdiendo.
    ¿Quieres un poco de Pan?
    Mike Scott: “Pan is one of the Greek gods of course. He’s the god of wild places, of wild creatures. He also has a lusty animal side to him. And we all have a bit of Pan inside us. Because Pan is also the word for ‘all’. So Pan is inside all. Pan is an archetypal life-force, personified as this Greek god with the legs of a goat and the torso of a man and the horns on the head. And we all have that life force in us. So we all have Pan inside”.
    Sin duda uno de los temazos preferidos de esta banda…

  5. Preciosa historia fantásticamente contada.

    Cuántas cosas perdimos, la ingenuidad, la capacidad de sorprendernos por lo sencillo, el contar los días con ilusión hasta la vuelta del Auto del pan. Ahora tenemos más cosas, pero somos más infelices.

    Un beso.

  6. Al igual que a noteclavesilustracion a mí también me ha parecido una escena muy cinematográfica y, no sé por qué, me he imaginado el pueblo de “Cinema Paradiso”, como si los personajes de tu historia en lugar de esperar la llegada de una nueva película lo hicieran con el auto del pan, sin duda otro espectáculo sinigual. Saludos.

    1. Puede tener un aire, sí. Tal vez por el grupo de niños corriendo y gritando, la llegada del coche…todo esa emoción y ese moviento es bastante peliculero.
      Saludos de vuelta, Raúl

  7. Es una escena entrañable, recuerdo la pelota rellena de trapos, los baños en el río y otras historias escuchadas alrededor del fuego y a bajo la luz del candil de petróleo. Sí, como aquellos de las películas de vaqueros.
    Ahora cada mañana en las aldeas asoma pitando el auto del pan y una vez por semana el auto del pescado o el del frutero que vende queso y vino e incluso sirve encargos a domicilio y si es algo más grande cada quince días hay una feria en la que comercian con batas de guatiné.
    Un abrazo.

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