Día: 19 junio, 2018

Aurelia mortal, Aurelia inmortal

A veces Aurelia se busca en google. Sobre todo cuando se aburre y no se le ocurre otra cosa mejor para pasar el rato. O se le ocurren otras muchas cosas mejores pero requieren de mayor energía que escribir su nombre en la  barra del buscador. Ya que tiene el teléfono en la mano, trastea con su juguete buscando esto y aquello y cuando ya se ha cansado de esto y aquello se busca a sí misma y  espera a ver qué pasa.

En realidad ya sabe lo que pasa, ya sabe que va a salir su cuenta en esa red social y esa foto de su perfil en la que lleva un jersey de rayas descolgado por un lado, un hombro a la vista. Le gusta mucho esa foto, por eso está ahí. Le gusta esa foto pero tiene la ilusión, una ilusión infantil, cercana al pensamiento mágico, de que aparezca alguna información junto a su nombre que sea nueva y no subida por ella misma. Nueva y buena. Aurelia quiere que al lado de su nombre figure algún premio, alguna hazaña…que aparezca algún motivo que ella misma desconoce para haber sido indexada. Quiere una sorpresa. Ser algo distinto a lo que es, haber hecho algo distinto a lo que ha hecho  y que internet se lo cuente.

Por eso se decepciona un poco al ver su cuenta de siempre y su foto de siempre. O más que decepción es aburrimiento, un incremento del aburrimiento inicial que ya tenía y que fue el que la indujo a buscarse para aliviarlo. Ahora ,en vez de menos, tiene más.

Y junto a esa porción de ella que se sabe de memoria,  toda esa ristra de mujeres con las que comparte nombre y apellido,  esa familia internética de Aurelias, una especie de hermanas raras puesto que unas hermanas verdaderas no llevarían el mismo nombre. Ahí están con sus fotos correspondientes y algún dato identificativo más, generalmente profesional.  Hay una directora de museo con el pelo corto y blanco,  una estudiante con unas piernas muy largas, una artista que hace esculturas con tejidos y que parece muy feliz,  una psicóloga con un jersey rojo y una que ya está muerta y cuya imagen colgó su familia a modo de recordatorio.

Como sigue aburrida, insiste. Prueba a buscar solo el nombre, sin apellidos, y eso que también sabe cual será el resultado.  Ahí  está, ocupando la primera fila de Aurelias a secas, de Aurelias sin más,  la  madre de Julio César. Una escueta entrada de la Wikipedia dice de ella, “fue muy admirada en la Antigüedad por su inteligencia, virtud y su papel de madre. Se ocupó de la educación de su hijo y ejerció una gran influencia en su vida”. La Aurelia que se busca en google piensa que no le gustaría pasar a la Historia con mayúsculas por su papel de madre, por su relación con otro y no por ella misma, aunque por otro lado, el caso es pasar,  resistir,  quedarse, seguir estando.  Pero, ¿para qué va a querer estar si ya no se va enterar de  que está?, ¿Acaso la madre de Julio César puede disfrutar de buscarse en google y ver que pese a todos los siglos transcurridos ella sigue ahí, figurando, que hizo algo destacable, que su vida no fue en vano?, ¿Acaso puede engordar su ego comprobando que es la primera Aurelia de la lista? Ya no tiene ojos, ni ego, que se sepa.

Rastrea un poco más y lee lo que ya ha leído otras veces, que hay una tienda de ropa infantil que se llama Aurelia, una pensión en la calle Sancho Dávila con ese mismo nombre  y una medusa azul, la Aurelia aurita. Pero entonces sí aparece algo nuevo al lado de la medusa, algo que nunca antes había visto y que reclama su atención, es la palabra inmortal.

La Aurelia que se busca en google pincha, atraída por el reclamo de la vida eterna,  y lee que los científicos han descubierto que  su medusa homónima  puede retroceder de la edad adulta a una edad sexualmente inmadura de forma individual y tantas veces como quiera. Es decir, que cuando se hace vieja y a través de un sencillo mecanismo que la Aurelia mortal no consigue entender del todo por muy sencillo que sea,   se vuelve niña y empieza de nuevo a vivir.  Y este ciclo puede repetirse indefinidamente por lo que se la considera biológicamente inmortal.

La Aurelia que se ha estado buscando  en google piensa en la suerte que tiene su tocaya  ya que, salvo que se la coma algún depredador, no morirá jamás. Pero al cabo de un rato de darle vueltas al asunto ya  no le parece tanta suerte volver a lo mismo una y otra vez y otra y otra más. Seguir siendo eternamente Aurelia Gómez Castaño, no poder librarse nunca de su identidad. Si ya en su primera vez como Aurelia  hay ratos en los  que se aburre tanto que le da por buscarse en google, si estuviera en su vida número treinta…no lo quiere ni pensar.

Salvo que el renacimiento no incluya memoria de lo anterior, de tal modo que para esa Aurelia número treinta  todo sería igual de nuevo que para la número uno de la saga.

Le está empezando a doler la cabeza. Deja el teléfono sobre la mesa, mira por la ventana. El cielo está lleno de vencejos que aprovechan volando como locos el tiempo que les ha sido concedido,  como si quisieran morir reventados de azul.