Mes: julio 2018

Cuesta abajo con el Penurias

Vamos cuesta abajo, con el sol de espaldas. El barrio no está vacío, nunca lo está del todo pero sí bastante despoblado, con calvas. Muchos se han ido ya de vacaciones y los que quedamos, aunque no lo queramos reconocer, nos sentimos nostálgicos y un poco marginales. Al Penurias le sienta mal la falta de tantos habituales, mira hacia los lados y a veces hacia atrás, buscando. No es hombre de un solo interlocutor. Entre búsqueda y búsqueda inquieta, habla, se seca su gran frente con un pañuelo de papel, resopla, suspira, habla otra vez. Me cuenta que fueron sus hijos los que le pusieron el nombre de Wifi al perro, que lo compró por ellos, porque insistían mucho, pero que ahora se quedan en casa disfrutando del Wifi auténtico y es él el que tiene que sacar al canino.

“Los hijos son unos egoístas, el de la descendencia es un egoísmo proverbial”, dice. Le iba a contestar que nosotros también hemos sido hijos, que algunos todavía lo somos, y por lo tanto egoístas proverbiales, pero me da pereza hablar. Hace calor, estoy cansada, así que solo digo “no obstante”…y lo dejo ahí, flotando como si fuera una burbuja que estalla sin ruido.

Hemos dejado atrás el parque feo y acabamos de pasar por delante de “Tienda esotérica, simplemente magia”. Dentro, la maga gorda está atendiendo a alguien detrás de una mesa, ha colocado dos velas encendidas y una humeante barrita de incienso. El Penurias suelta una de sus típicas risas desinfladas al contemplar la escena, está claro que no cree en las mancias.

Los gorriones vuelan sorteando coches, los driblan con pericia como pájaros urbanos que son, me admira esa habilidad, irán detrás de alguna mariposa, de alguna polilla, de alguna mosca. Definitivamente, los gorriones son un tanto maciosos.

Ya estamos a la altura de la frutería “Calzados la Perla”, el frutero pakistaní posa alicaído junto a sus paraguayas reblandecidas y sus plátanos negros, es la imagen misma de la desesperanza.
¿Cómo va, hombre, cómo va?, saluda por fin el Penurias.
Verano malo, dice él señalando su fruta echada a perder. Quiere Dios, añade luego con un encogimiento de hombros.
Se arruina, se arruina, otro más, pronostica el Penurias y vulelve a secarse la frente como si la ruina también fuera suya. Cruzamos la frontera sur del barrio. Otra rotonda, también con fuente, sirve de línea divisoria, después de ella cambia el nombre del territorio y el número del distrito pero todo es lo mismo o muy parecido.

“Limpieza y teñidos de cueros y pieles”, leo, y debajo de ese rótulo, otra frutería. “Colchones Antonio”, esta vez el cartel y la tienda sí coinciden y además Antonio se ha esforzado, ha sido creativo, la barra lateral de la primera A es un colchón inclinado, deslizándose hacia algún lugar, tal vez hacia el sueño prometido a los insomnes que compren un colchón Antonio.

Por el cielo vuelan dando gritos los vencejos, amos de todo el cielo, pasan autobuses cargados de viejos que miran la calle con ojos de asustado asombro y en un callejón, cuatros niños juegan en fila un partido de fútbol. Dos hacen de porteros y los otros dos representan cada uno a los once jugadores de los equipos rivales. Es un partido más soñado que real, con mucho desdoblamiento de personalidad, parafernalia de gritos de celebración, abrazos emocionados y saltos de regocijo, es un partido centrado en el gol, sin apenas desarrollo intermedio. Lu los mira de reojo, va muy orgulloso conduciendo a Wifi,  sé que no le gusta el fútbol y no quiere que los otros niños conozcan esa debilidad suya.

Cuando entramos en parque reconozco que Anselmo el Penurias tenía razón, no es que sea el jardín colgante de Babilonia, pero es mejor que el de más arriba, tiene hasta una ladera con césped, un ciruelo cuyas hojas lanzan rojos destellos, varias acacias florecidas de copas redondeadas y unas jardineras donde han sembrado lavanda. En el centro hay un arenero y los niños, en bañador, se tiran por el tobogán y caen dando gritos tan alegres como si estuvieran saltando olas.

Me siento en un banco mientras Lu y el Penurias se van hacia la zona perruna, allí, un círculo de amos de perros observa encantado el juego de sus mascotas, sus carreras, sus olisqueos. Parecen felices porque sus perros lo son, como si algo de esa felicidad sencilla y básica de los animales se les pegara también a ellos solo porque son suyos y los están mirando.

Una amiga acaba de mandarme un guasap, es una foto. Está de espaldas, sentada en un banco frente al mar, “ temperatura maravillosa”, ha escrito debajo para transmitirme la escena al completo.

¿Y qué escribo yo ahora?

No escribo nada pero tengo la sensación de que las dos rayas azules sin respuesta posterior pueden delatar algo parecido a la envidia.

Veo que hay un pájaro patas arriba, muerto en una esquina, dos mariposas vuelan en pareja, formando círculos, y casi en cada uno de los tallos de lavanda liba un abejorro. La muerte, el amor, la vida, todo junto en tan pequeño cuadrilátero ¡Pero si es un parque simbólico! La temperatura, no obstante,  no es maravillosa.

 

Para odisea la de Penélope

Y para verano el mío, encerrada en un armario y leyendo la Odisea. Soy Esme, el personaje perdido y hallado en un templo. Calla, no , que eso es de la Biblia. Yo he sido hallada y perdida en un blog. La Biblia lo mismo la leo luego, cuando termine la Odisea, ya que me martirizo que sea por todo lo alto. Pero a lo que iba,  después de llegar hasta el canto XIII  del citado  clásico, esto es lo que pienso: la verdadera heroína de esta historia es Penélope.

No es que yo le quiera quitar méritos a Ulises. Lo pasó mal: veinte años dando vueltas por los mares con la idea fija de volver a Ítaca, enfrentándose a tremendas borrascas y mortíferos vientos, (en sus propias y literales palabras), a monstruos sanguinarios, a emboscadas de todo tipo, a la muerte de muchos de sus compañeros, al descenso al infierno. No voy a negar que fuera un héroe. Lo era. Y un poco creído también, “soy Ulises Laertiada, famoso entre todas las gentes por mis muchos ardides; mi gloria ha subido hasta el cielo”, dice él, presentándose con muy poca modestia.

Fatigas y dolores no le faltaron pero tampoco juergas y amoríos. Y mientras tanto, Penélope, encefalograma plano. Se queda sola manteniendo la casa, con lo que eso cansa y lo poco agradecido que es, cria al niño,  Telémaco, y aguanta al  suegro, Laertes.  Que no digo yo que no fuera bueno ese señor pero alguna que otra manía seguro que tenía. Por si fuera poco se le llena el palacio de gorrones que se comen y se beben todo lo que pillan y que también se quieren comer a Penélope. Ella, para ir haciendo tiempo, les dice que elegirá a uno de ellos cuando termine lo que está  tejiendo. Aquí Penélope me despista un poco porque lo que teje de día y desteje de noche es el sudario del padre de Ulises, el susodicho suegro.

Me imagino la escena: ¿qué es eso tan bonito que coses, hija?, le preguntaría él. Y ella: tu sudario, hay que tenerlo todo previsto que ya falta poco. Telita con la nuera. Pero hay que comprender su situación, estaba hasta el aqueo moño y no era para menos. Pasa un año, pasan dos, pasan tres y pasan diez. Al niño ya no se le cae la baba, lo tiene casi criado,  pero  ahora se le empieza a caer al suegro. No se acaba nunca.

Pasan once, pasan doce, trece, muchos años pasan y siempre lo mismo, siempre lo mismo. Los hombres gorrones comen y beben invadiendo su morada,  la reclaman y la acosan, ella teje y desteje, aguanta a unos y a otros y, por toda diversión, sale a dar una vuelta a la caída de la tardecita en compañía de su criada de confianza.  No tendría tremendas borrascas ni vientos mortíferos, como su Ulises de su corazón,  pero sí un tremendo y mortífero aburrimiento y bastantes ganas de sacar la recortada y cargárselos a todos, es un decir.

Para colmo, el niño ha dejado de ser niño y se ha puesto borde. Una de esas tardes interminables en las que ella está arriba, en su cuarto encerrada, y abajo tiene a toda la tropa  dale que te pego al vino, escucha cómo el aedo, una especie de poeta cantor o de juglar,  empieza a  contar  el regreso de los aqueos a sus casas tras la guerra de Troya.  Penélope se pone muy triste pensando en Ulises, así que se asoma y le pide por favor que cante otra cosa porque eso le causa dolor.

Entonces Telémaco, el muy niñato,  le dice a su madre, ” vete a tu habitación y cuida de tu trabajo, del telar y de la rueca y ordena a las esclavas que se ocupen del suyo. La palabra es cosa de hombres, (como Soberano, la bebida aquella),  de todos los hombres y sobre todo de mí, de quién es ahora el poder en este Palacio”.

Para que te fíes de los Telémacos, tan monos que son de pequeños y luego se suben a la chepa de las Penélopes de turno pero que de muy mala manera. Qué tristeza. Y el marido viviendo sus aventuras,  eso sí, lamentándose después,  ” la divina entre diosas Calipso retúvome un tiempo en sus cóncavas grutas y también la pérfida Circe me tuvo cautivo en sus salas y pretendió que me casara con ella, pero no hay nada que se muestre tan amable a mis ojos como mi Tierra”.  Le liaban, le liaban, le envolvían entre unas y otras,  si lo que quería él era volver con la suya. Y volvió, eso es verdad,  pero  después de veinte años.

Lo que sí tengo que reconocer es que con la Odisea de Penélope no se hubiera podido escribir un libro de aventuras, si acaso una novela intimista con mucho monólogo interior y bastante tormento y hastío vital, dudo que llegara a las quinientas páginas, lo cual casi que es de agradecer.  Por la mitad de esas quinientas voy,  no sé si llegaré al final, si sobrevivo al verano en el armario y a la Odisea os lo haré saber. Si no vuelvo a hablar, me podéis dar por muerta.

Tremendas borrascas, mortíferos vientos…(es por ponerle emoción).  Adiós.

 

 

 

 

 

 

El día a día

Cada vez que entro al portal, ahí están las moscas, como si me estuvieran esperando, qué simpáticas. Me he fijado en los otros portales de la calle y en ninguno hay moscas flotando, algo malo tiene que tener este edificio. O algo bueno, si es desde el punto de vista de la familia díptera. Todo es cuestión de puntos de vista. Vuelan o más bien se mantienen suspendidas en el aire,  a una media altura, la justa para meterse en la boca de alguien si es que ese alguien la abre para hablar, no digamos ya para bostezar o para asombrarse de que haya tanta mosca junta.

Ese alguien no voy a ser yo, cruzo su nube zumbona con la boca bien cerrada y los ojos casi. Me pregunto si para ellas el portal será como para nosotros la playa o los pueblos y si sentirán una especie de felicidad o de contento por estar al fresco, medio flotando entre las escaleras y los buzones. La felicidad del bienestar, a eso es a lo que aspira una mosca y nosotros, de una manera más sofisticada, también. Somos cuerpos y nos pasamos la vida buscando satisfacerlos. Dentro se supone que viaja encerrada un alma.  No lo sé porque no la he visto, si es incorpórea no se puede percibir con algo corpóreo. Sí que he podido sentirla pero a lo mejor era otra cosa, algo del cerebro o de los cerebros, como diría mi hermana.

Una mosca espabilada y poco gregaria, harta de la masa vacacional,  se ha colado conmigo en el ascensor y se ha posado encima del cartel que dice “pida que los niños viajen solos”, algún gracioso ha tachado el “Im”. Al llegar al rellano la he mandado de un manotazo a la puerta de enfrente y allí se ha quedado, sobre la mirilla.  Cotilla además de mosca.

En la casa de enfrente vive Silvia, solo la conozco de intercambiar saludos en las zonas comunes y por lo que se oye de su vida a través de las paredes, últimamente nada. Sé que está deprimida porque otro vecino, tan cotilla o más que la mosca, me lo ha dicho. El tabique de su dormitorio está pegado al del mío. Algunas noches tengo sueños tristes y hasta me despierto llorando, con la cara mojada. De forma instintiva toco la pared, por si hubiera algo parecido a una humedad, una filtración de la tristeza de Silvia, de su llanto silencioso,  pero aunque la pared está seca pienso que sí, que  algo, un vaho, una bruma, una niebla  ha circulado de casa a casa, de sueño a sueño. Lo que no sé es si eso la habrá aliviado o no, al igual que uno no se cura de una enfermedad por contagiársela a otro. Silvia tiene el pelo rizado y oscuro, los ojos verdes.  Me gustaría ayudarla pero no se me ocurre cómo, ella no sabe que sé, no tenemos confianza y desde que está mal no la veo nunca, apenas sale de casa.

Estar triste te impide saber que podrás volver a la alegría, la tristeza te encierra tras una puerta negra y te tapa el mundo y sus caminos. Hay que tirar esa puerta como sea o por lo menos abrir una rendija por donde se cuele algo de luz, pero ¿quién y cómo la abre?, no es tan fácil.

En eso pienso cuando llama mi hermana para recordarme que hemos quedado por la tarde, tiene que salir, es importante, y Lu está muy pesado desde que le han dado las vacaciones. Por las mañanas va a un campamento de fútbol en inglés

¿Ya sabe decir gol?, le pregunto para hacerme la ocurrente. No le sienta muy bien. Ja ja, dice dejando mucha distancia entre ja y ja.

Voy hasta su casa en metro, son dos paradas. En los andenes han puesto pantallas para que cuando los pasajeros levantemos un momento la vista de las nuestras, nos encontremos con otras, no nos vaya a dar un síndrome de vacío ocular.  Aparece un canal que se llama “Smile”, leo: “el optimismo es la fe que conduce al logro”, Helen Keller. No digo que no, a ella le funcionó. Tampoco que sí, más de un optimista se habrá estrellado. A continuación  un anuncio sobre unas pruebas para detectar el cáncer de colon, “el cáncer de colon no avisa, nosotros sí, Comunidad de Madrid”, se me pone mal cuerpo pero enseguida aparece otra frase “smile”: “un hoy vale por dos mañanas”, Benjamín Franklin. Tampoco es que Franklin estuviera muy original, se parece bastante a “más vale pájaro en mano…”

De todas formas se la suelto a mi hermana en cuanto llego, para que se entere. ¿Qué?, es toda su respuesta. Cuando sale con la carpeta verde bajo  el brazo vislumbro al trasluz algo así como unos cuadrados con unas antenas, ¿pero qué llevará esta mujer ahí metido?

Lu está viendo una película de las suyas, un grupo de hombres malencarados se agazapa en un callejón y se tira encima de otro grupo de hombres del mismo estilo que casualmente pasaba por allí.  Golpes, disparos, sangre y mucho destrozo generalizado. Se me escapa un “qué horror” involuntario.

Es que es de maciosos, me aclara mi sobrino, como disculpándose.

Ah, sí claro, de la Macia.

Intento involucrarme en sus líos pero no lo consigo, se me va el hilo y confundo a los de un bando con los de otro, aparece un tercer bando, son policías, me pierdo del todo.  Pienso que a no mucho tardar todos estarán muertos,  pero no por las luchas cruentas que se traen, porque sí. Igual que todos.  Para qué molestarse en hacer daño. Cada vez que estoy viendo una película y pienso eso se me quita el interés en la trama, pero no me pasa con mi propia vida, será porque estoy dentro.

Lu quiere ir al parque, alberga la esperanza de encontrarse con Wifito. Yo albergo la esperanza de no tener que ir porque ese parque tan feo me deprime un poco, pero a última hora de la tarde y como ya estoy harta de las bandas maciosas, cedo. Nada más salir a la calle, alguien nos llama. Qué suerte tengo, es el Penurias. Le pasa la correa del perro a Lu,  delega. Así él puede ir hablando con total libertad.

“No soporto el día a día” me confiesa. Le diría que un hoy vale más que dos mañanas pero no sé si pega demasiado y además odio esas frases motivadoras. Al mismo tiempo que las odio, me gusta leerlas. Dejamos atrás el parque feo, al parecer el Penurias conoce otro mejor, un poco más lejos. Hacia él vamos, cuesta abajo.

Zielo

Es verano y se nota: las moscas se han venido a vivir al portal y el chino dueño de la tienda “La ruta de la seda” ha sacado una silla a la puerta, como en los pueblos. Desde su silla, fuma y habla por el móvil a grandes gritos. No entiendo lo que dice pero se le ve contento, normalmente no se ríe nunca. A mí el verano no me parece que siente tan bien, siento nostalgia de otros veranos, de veranos como los de los anuncios de cerveza, esos en los que gente muy joven y guapa hace fiestas y se baña mientras se pone el sol. En esos veranos idílicos siempre está atardeciendo, nunca son las cuatro de la tarde o las doce de la mañana. De noche sí es a veces y la luna ilumina a esos mismos y felices jóvenes. En esos veranos se ven las estrellas, no existe la contaminación lumínica, no pican los mosquitos  ni hay charangas verbeneras.  Si soy sincera, y lo voy a ser, creo que nunca he tenido un verano así y si lo he tenido no me acuerdo, ¿entonces por qué siento esta nostalgia? Y yo qué sé. Y yo que sé es mi expresión preferida y la que más podría definirme. Pero, ahora que lo pienso, sí que lo sé, es la nostalgia de no haberlos tenido.

Para consolarme o para acabarme de hundir en la miseria, entro un rato en Zielo, una tienda de ropa horrorosa que me encanta. Zielo es una tienda en ruina permanente, al borde de la quiebra o del despeñe si te crees el cartel que tiene colgado su dueña desde hace por lo menos cuatro años: “Liquidación por cierre”. Debido a ese cartel y a que su ropa espantosa es muy barata, tan barata que es de risa, suele tener bastante gente. Mujeres a la caza de gangas, mujeres que nunca han tenido veranos como los de los anuncios de cerveza y que nunca los tendrán si se atreven a ponerse uno de los modelos que cuelgan de las perchas de Zielo. Algunas se atreven, lo he podido comprobar, la tentación de comprar algo barato, muy barato, tirado de precio, es muy fuerte y la dueña lo sabe.

La dueña no hace ningún esfuerzo por vender y eso también me gusta. No le importa si entras mil veces y nunca compras nada, como es mi caso. Te deja pasearte de un lado a otro libremente  y sin lanzarte miradas hostiles, toquetear las prendas para comprobar la mala calidad de sus telas y disfrutar de su aire acondicionado y de su aire de indiferencia ante la vida misma. Es una pasota ejemplar.

Hoy había una señora comprando bragas, ha tardado mucho en elegir modelo, pero eso a Zielo, sospecho que se llama así también, no le estaba irritando nada. Iba sacando los diferentes tipos de unas cajas de cartón antiquísimas con mucha parsimonia. Cuando por fin la otra se ha decidido, le ha preguntado de qué color se las quería llevar.

“Blancas, por supuesto”, ha dicho la otra, con un tono de voz ofendido y marcial.  “La ropa interior, siempre de ese color”. Después me ha mirado, en realidad ya llevaba un rato mirándome, es de esas mujeres que revisan a las otras de arriba abajo con muy poco disimulo y luego hacen sus calificaciones en un libro de notas interno. No tengo muy claro si he aprobado o suspendido. Lo que sí he notado con bastante claridad es que esa mujer sería capaz de desencadenar una guerra santa, o una guerra, sin  santa, contra todo aquel que no elija la ropa interior de  color blanco. Hay gente así, les gusta definirse por sus preferencias y con ellas construirse un muro defensivo para parapetarse y desde allí atacar a todo aquel que no las comparta. A veces son familias enteras las que así se comportan, como esos que dicen “nosotros es que somos muy cafeteros” y  ahí lo dejan, que se preparen los que no.

Bragas blancas le ha preguntado a Zielo cuándo pensaba echar el cierre definitivo, ella ha respondido, “pronto, pero sin prisa” . Y tanto que sin prisa, lleva cuatro años cerrando. A base de declarar su fracaso ha conseguido ir sobreviviendo con bastante dignidad.

Cuando he salido a la calle,  he visto que Zielo había escrito con pintura blanca en un lado del escaparte, “en esta tienda os queremos como se quieren los patos” y debajo había dibujado un pato. La verdad, no sé qué pensar de eso, es desconcertante, miro al cielo para despejarme, está bonito con toda esa luz del verano.

El jardín cerrado

Antes de irme a casa me acerqué hasta el jardín cerrado,  a ver si a base de dar vueltas conseguía quitarme de la cabeza el no obstante. Después de oírselo a Edison brotaba solo y en cualquier lugar del pensamiento. Hay que reconocer que en todos los huecos quedaba bien, apropiado. Tenía su gracia al principio, como un juego, pero al rato empezó a volverse insoportable, quería deshacerme de él. Cuando era pequeña y mi mente me quería atormentar, y quería muchas veces, me colocaba entre las imágenes mentales una especie de  hilo o cuerda, el hilo daba vueltas a todo lo que pensaba, enredándolo. Si lo cortaba,  resurgía desafiante. Me desazonó mucho tiempo ese hilo  hasta que aprendí que la mejor manera de deshacerme de él era dejar que estuviera ahí. Como no encontraba resistencia, que era lo que quería,  se aburría y se iba. Así de retorcida era mi cabeza.

Utilizando esa misma técnica dejé que el no obstante me acompañara hasta el jardín dando saltos entre las palabras. El jardín perteneció a una congregación de monjas, ahora no sé de quién es,  de las monjas no,  la mayoría han muerto. Si queda alguna viva, y como comprobé más tarde por lo menos una queda,  debe de ser centenaria, como las dos palmeras de las esquinas. Al lado hay un hospital, a las urgencias se entra por detrás, donde está el párking que avanza lento pero implacable.

Cuando tengo mucha necesidad de naturaleza, doy unas cuantas vueltas al jardín cerrado. Muchas veces me he sentido un poco idiota y hasta más que un poco dando esos rodeos, como si ya, definitivamente, me hubiera convertido en la loca que da vueltas al jardín cerrado,  uniéndome así a la loca de los gatos, a las locas de los pájaros y al loco que vende pañuelos de papel y después insulta.  A este último hace mucho que no lo veo, es posible que esté también muerto, como las monjas.

Mientras estaba dando esas vueltas y admirando las flores blancas de los magnolios, algunas ya de color marrón y medio despachurradas por el suelo, pensé que al Penurias podrían gustarle las estaciones, todas las estaciones, si las viera representadas aquí. Este jardín cerrado es un buen muestrario, un precioso catálogo de las cuatro y sin ninguna de sus  incomodidades. En febrero, la hilera de cerezos que se asoman por la verja delantera anuncia con sus pequeñas y delicadas flores que ya se acerca la primavera. Son muy efímeras,  lo justo para hacer el spot publicitario de la nueva estación, pero tras ellas  y después de unos días de retroceso hacia el invierno, aparecen todas las demás.

En octubre, el emparrado que recubre la pérgola empieza a enrojecer por abajo, como si se le fuera subiendo la sangre a la cabeza, para volverse rojo por completo al llegar noviembre. Después las hojas rojas también se caen formando una alfombra por dónde se pasean los gatos. El jardín entero se desnuda y se queda silencioso y escueto, en el esqueleto. Como si en un arranque de sinceridad dijera: así soy yo en realidad cuando me quito todos los adornos.

Me molesta que no se pueda pasar, es cruel que exista un lugar así en medio del asfalto y sólo se pueda disfrutar desde fuera,  pero también sé  que si lo tocaran los pies humanos, si fuera un jardín de libre acceso, ya no sería como es, lo habríamos estropeado entre todos,  mientras que  ahora solo lo desgasta el viento, el sol o la lluvia, lo que ya es bastante. Es como contemplar un cuadro, no estás dentro pero te transmite su belleza y te hace soñar. Un cuadro con tres  dimensiones y con olores y sonidos, un cuadro vivo y por eso sometido al tiempo,  que lo va modificando día tras día aunque como se repite en cada estación finge que sigue siendo el mismo.

Cuando iba por la tercera y última vuelta, hasta cuatro considero que no es del todo de loca, solo de estrafalaria,   vi salir detrás de un arbusto de laurel a una figura diminuta y encogida, se sentó en uno de los bancos de hierro verde, por primera vez me fijé en que los reposa brazos terminan en pequeñas cabezas de perro. Era una mujer tan flaca que casi se transparentaba, con el pelo blanco, calcetines blancos, una túnica también blanca y zapatones negros. Me hizo una seña con un brazo huesudo y tembloroso, llamándome.  Acerqué la cabeza a la verja y ella, señalando al suelo, me dijo que ahí debajo estaban todas sus hermanas. Duermen, añadió. Y cerró los ojos.

Así que debajo había monjas enterradas. Me dio por pensar que todos sus deseos carnales no cumplidos, sus amores frustrados, sus anhelos jamás satisfechos hacían de abono para el jardín y ahora aparecían transmutados en flores, flores abiertas que esperaban ser besadas por algún abejorro o mariposa.  Era bonito y también desagradable. En eso estaba pensando cuando la única superviviente abrió los ojos y volvió a hablar, “aquí vivió un poeta”, soltó una risita como de niña traviesa y de nuevo se adormeció.

Hace poco he terminado de leer un libro que trata de jardines, es un libro en prosa pero lo escribió un poeta, un poeta que, no obstante, dejó de escribir en cuanto tuvo un pequeño jardín y consideró que ya no necesitaba las palabras, tenía más que suficiente con estar presente en su pequeño territorio de tierra. Esa es,  según él, la lección del jardín, de cualquiera de ellos, “acercarnos a lo que es sencillo e inmediato”. Y su promesa, también la de cualquiera de ellos, es que “volveremos a la tierra, formaremos con ella un solo cuerpo y hablaremos por fin su lengua”. El libro se llama Jardines en tiempos de guerra y su autor, Teodor Ceric.

 

Un poco de loto, por favor

Hola, soy Esme, ¿alguien se acuerda todavía de mí? No hace falta que seáis sinceros. Aquí sigo, dentro del armario en compañía de mis congéneres esperando nuestra pronta resurrección o nuestra muerte definitiva.  Pero mucho me temo que de vivir, nada,  otra saga que nos está echando encima, y de morir dignamente, tampoco. Y entre medias,  fotos moñas para ambientar. Es que acabo de ver la flor de loto.  Desde luego, esto va de mal en peor. Y a palo seco, además.

Por suerte yo me sé una historia la mar de bonita relacionada con la flor de loto, es de  La Odisea, (de ahí lo de la mar), y os la voy a contar. No huyáis al blog de enfrente que empieza ya. Ya: Ulises y sus muchachos acababan de avistar Ítaca, su patria añorada, cuando en uno de esos giros del destino y de la navegación,  dejaron de verla. Eso da rabia, ¿verdad?, estás a punto de alcanzar tu meta, tu objetivo o tu sueño, lo estás ya tocando con la punta de los dedos pero no, todavía no, te jorobas.  Eso fue lo que les pasó a ellos, así que,  como no les quedaba más remedio, siguieron navegando a tontas y a locas por mares desconocidos hasta que vieron una línea de costa. Ulises, que por algo era el jefe, mandó a unos cuantos de sus hombres para que inspeccionaran el territorio.

Allá que fueron los muchachos. Resultó que habían ido a parar a la tierra de los Lotófagos, se llamaban así porque el plato típico de su terruño, con denominación de origen y todo,  era la flor de loto. La preparaban de muy distintas maneras pero otra  cosa no comían, como dieta no se puede decir que fuera muy variada y equilibrada pero a ellos les sentaba bien. Tan bien les sentaba  que eran unas personas simpáticas, amables y muy dadas a  invitar a su mesa a los extraños.  Les dieron a los marineros de Ulises una buena ración de flor de loto y después les entró tal sopor que se  fueron  todos a echar la siesta, cada uno por donde pilló.

Al despertar, a los marineros no les importaba Ítaca ni lo más mínimo, es que ni acordarse. Y quién dice Ítaca, dice lo que esta contenía: mujeres, hijos, amigos, padres, lugares queridos, recuerdos de su niñez.  El pasado estaba borrado, un problema menos. Tampoco les interesaba ya el futuro, nada de agobiarse pensando, ¿conseguiré esto, llegaré a tal sitio, me irá bien, me irá mal, lograré por fin…? Nada. Ellos, al momento presente, igual que si estuvieran practicando el mindfulness,  a comer la flor de loto y a disfrutar de ese estado de felicidad total en la que se hallaban. Habían perdido la consciencia y con ella todos sus barullos y sufrimientos mentales.

A mí me parece que lo que tenían,  claramente, y aunque no lo diga así Homero, era un colocón de aúpa. A Ulises aquello no le gustó un pelo, era un poco aguafiestas y muy de ideas fijas, muy poco flexible, si hacía un plan lo tenía que cumplir sin desviarse.  Se los llevó de allí a rastras y los ató al barco. Mientras los tenía amarrados,  les fue recordando cuál era su misión, volver a Ítaca, su patria querida y de sus amores. Qué hombre más pelma. Consiguió con tanta arenga patriotera que se les pasara el efecto de la flor de loto. Otra vez a hacer planes y a intentar cumplirlos, de nuevo a recordar, a añorar, a sentir nostalgia, a preocuparse por el porvenir, el mal rollo nuestro de cada día.

Ya podía caer yo en la isla de los lotófagos y no en el armario de mis desdichas. Un poquito de flor de loto para los personajes perdidos y olvidados, por piedad. Voy a morder un poco de esta, a ver si resulta. No noto nada, si es que lo virtual…cada día me gusta menos.

Adiós.