Día: 3 julio, 2018

Wifito

La ambulancia acaba de salir del 44,  portal de mi hermana. Pongo el dedo en el botón del telefonillo y ahí lo dejo, transmitiéndole mi angustia.  Me miro la uña recién pintada, cómo brilla, se dan maña en el salón Ming.

“Deja de llamar así o no te abro”. Gran alivio, ellos no iban dentro. La puerta de la casa me la abre Lu dando saltos alrededor de un perro grande y blanco, raza pastor algo.  A este perro lo conozco yo, es el del vecino de arriba, Anselmo, alias el Penurias, un gran contador de tragedias.

No todo el mundo vale para el género trágico, él sí, es tan penoso y angustioso todo lo que cuenta, tan deprimente su conversación que al final o a la mitad, el discurso se vuelve cómico. También para él mismo,  que  se detiene y deja que se le escape un silbido de risa por un lado de la boca como si fuera un balón desinflándose.  El Penurias es famoso en todo el barrio. Con la excusa de sacar a pasear al perro se va encontrando con unos y con otros y aprovecha para  hacer su terapia gratuita en cada esquina, derramando desgracias propias o ajenas cual si fueran bolsas de basura. Lo limpio y aseado que se tiene que quedar después.

Era a él al que se han llevado en la ambulancia, mi hermana  no sabe si con un infarto o con un ataque de ansiedad,  se inclina por lo segundo, “ese hombre está sanísimo, lo que pasa es que es un agonías”. Le  admira por su arte sin igual  como narrador de tragedias,   pero  también le tiene manía. Es su vecino de arriba y todo el mundo odia un poco  al de arriba igual que los de abajo nos odian a nosotros y así se crea una transfusión o río de odio de piso en piso que como sube y baja a la vez se compensa y neutraliza.  Pero, salvo casos extremos, son odios normales, caseros, como unas corrientes de aire un poco molestas. No impiden ayudar si hay alguna emergencia.

Ella  lo ha hecho, se ha quedado con el perro hasta que vuelva el Penurias, si es que vuelve. Lu quiere adoptarlo en el caso de que  se muera. “Qué se va a morir ese, ese no se muere ni a tiros”, dice mi hermana y sale pitando a las gestiones con su carpeta verde bajo el brazo.

Me intriga muchísimo la carpeta, como la deje a mi alcance no sé si voy a poder resistir la tentación de abrirla y mirar. No es ético, pero le debo una. Cuando éramos adolescentes me abrió sin permiso un cuaderno donde yo escribía mis cuitas. Lo abrió justo por la página en la que ponía, “mi hermana es una gilipollas y una cabrona.” El punto estaba tan apretado que había traspasado el papel.

Cuánto me arrepentí de haberlo escrito, en realidad no lo pensaba. O sí, a ratos, en el rato que lo escribí sí lo pensaba y con gran fuerza,   pero no siempre y eso es lo que me hubiera gustado que ella entendiera, que no había una continuidad en mi odio. Y que lo que se escribe no necesariamente nos representa, refleja solo un momento determinado que, como una nube, pasa.  Creo que no lo entendió, ella no era aficionada a escribir nada. Es más, el hecho de escribir lo que a uno le sucedía, o lo que pensaba o sentía, le parecía ridículo.

Ya antes de abrirme el cuaderno, un día que me vio afanada en volcar en letras mis terribles desgracias de los quince años, mis penurias, me preguntó:  “¿para qué escribes lo que te pasa si ya lo sabes?” Esa pregunta consiguió bloquearme tanto que durante una semana abandoné. Cuando regresé  lo hice con cierta inseguridad, me acompañaba el pensamiento, inoculado por ella,  de que sólo una idiota podía perder el tiempo en contarse a sí misma lo que ya sabía. Cuando descubrió aquella anotación insultante volví a abandonar el  hábito, esta vez por más tiempo, aunque regresé a las escritas, si puede decirse así, pero con inseguridad y miedo. Si pensaba que la  escritura era una acción inútil y peligrosa, ¿por qué reincidía? Entonces no lo sabía, ahora creo que sí.

Nos hemos quedado solos: Lu, Wifi – así se llama el perro – y yo. Lu le está tirando una pelota a Wifi por el pasillo, Wifi la recoge de un mordisco aéreo y se la pone, babosa, en los pies. Lu se emociona mucho, la vuelve a lanzar, Wifi va a por ella, se la devuelve más babosa todavía y así en un ir y venir cercano al concepto de infinito. Qué coñazo es el infinto. Nos vamos al parque, se acabó.

Esta vez a Lu no le parece mal el parque,  en el ascensor pregunta otra vez si se va a morir Anselmo. Detecto cierta ilusión esperanzada en la pregunta. La verdad es que  ejerce muy bien de amo en funciones,  no para de dar órdenes al perro, vamos, vamos, por aquí, pero no te pares, venga, venga, dándole fuertes tirones de correa.  Ya tiene su primer seguidor o follower y eso es importante para cualquiera.

Cuando pasamos al lado de unas amapolas que han brotado dentro del hueco de un árbol, Wifi recula y llora. Un perro que tiene miedo de las amapolas, ¿ se puede ser más pardillo?

No pasa nada,  no pasa nada, dice Lu acariciándole la cabezota -es muy grande su cabeza – solo son flores. Para nada lo convence. Las amapolas son el mal para Wifi, algo le habrá sucedido con ellas.

Ya hemos llegado al parque, los dos se ponen a jugar a lo mismo que en el pasillo y yo me siento en uno de los bancos. Enfrente hay una madre con un bebé, mientras el bebé duerme ella mira el móvil, también hay un viejo en silla de ruedas, las piernas tapadas con una manta, su cuidador también mira el móvil, más bien se puede decir que está sumergido en él de lo inclinada que tiene la cabeza. Ojalá le salga chepa y papada, por antipático. El viejo lleva una corbata floreada y un traje claro de verano, también lo conozco de vista, el año pasado le daban un chupa-chups para que estuviera entretenido. Ha sobrevivido. Tengo ganas de hablar con él pero me las contengo. Pasa una mariposa blanca, indecisa, no sabe dónde posarse.  La sigo con la vista y desemboco en Wifi. Le ha entrado un ataque de locura espantoso, se muerde su propia cola, salta, aúlla y luego se mea. Lu corre a sentarse a mi lado, muy asustado por el comportamiento trastornado de su primer seguidor.

¿Qué le pasa?, me pregunta con cara de angustia.

Ahora entiendo lo que le pasa, es Anselmo, el Penurias, que no ha muerto y se acerca hacia nosotros.

Es que ha visto a su amo y como le quiere mucho se emociona, eso le pasa. Lu no entiende esas demostraciones de amor tan dislocadas, le alteran. Para apaciguarse, balancea las piernas y se rasca un brazo donde anoche le picó un mosquito.

Ay, Wifito, qué susto, pensé que esta vez era la definitiva, dice Anselmo agarrando la cabezota del perro y besándola. El perro le chupetea toda la cara y le pone las patazas en la camisa, llorando.

La vida es una mierda pero perderla así, una mañana cualquiera…, esto ya nos lo dice a nosotros.  He tenido un ataque de pánico, terrible, terrible, no se lo deseo a nadie, bueno a alguno sí se lo deseo,  a unos cuantos, ¿os ha dado guerra Wifi?

El que nos va dando guerra por el camino de vuelta es él. Qué manera de hablar. Y a muchas bandas; con nosotros,  con todo el que se va encontrando y con Wifito que al pasar junto a las amapolas, vuelve a llorar.