Día: 5 julio, 2018

Cuesta arriba con el Penurias

-No soy un hombre moderno, dice Anselmo. Y se calla. No sé si lo hace para que su frase suene más contundente rodeada de silencio o porque le cuesta respirar. Vamos caminando cuesta arriba,  el sol nos da de cara.

-Qué largos son los días en esta época del año, no los soporto. Acábate ya, por favor,  suplica en dirección a lo que se supone que es el día pero que en realidad es la calle, con todas sus gentes pululando a cada lado, en  en el centro los coches y a lo lejos una rotonda con una fuente en medio.

Le pregunto que época prefiere, ¿el otoño? Tampoco,  la falta de luz le resulta deprimente.

-Todo se me hace cuesta arriba, me aclara mirando con cara de desdicha hacia el final de la misma cuesta que estamos subiendo.  No sigo investigando estaciones por si detestara todas,  es muy  posible puesto que cada una de ellas tiene sus defectos, hasta la bien considerada primavera. También puede resultar que te gusten  todas por el motivo contrario. A mí me pasan las dos cosas.

Por suerte para su ahogo, nos vamos parando a cada dos o tres pasos para que salude. A veces es él el que toma la iniciativa pero no siempre. Es un hombre popular en el barrio y parece querido. El frutero pakistaní sale detrás de sus coloridos cajones y le da un abrazo. Su frutería se llama “Calzados la Perla”, antes era zapatería, tampoco hay que ponerse exigente con los rótulos, ya se ve que lo que vende es fruta.  También sale a su encuentro una mujer gorda, la dueña de “Tienda esotérica, simplemente magia”, le aconseja que se lleve el amuleto de ojo de gato pero el Penurias suelta una de sus risas desinfladas. No cree en la magia simplemente. Otros más, casi todos llevan perros, se paran a entablar conversación.  Les cuenta lo que le ha pasado y no solo se lo cuenta sino que les enseña el papel que le han entregado en urgencias con el diagnóstico, la medicación indicada y las recomendaciones. Todos le dicen que se mejore, que no se preocupe que a un primo suyo también le pasó lo mismo y hoy escala ochomiles como si nada.  Pienso que del otro primo, el que se quedó mal para siempre, no le van a decir nada, son buenas personas.

Lu lleva a Wifito  de la correa, pero ya no le da órdenes, lo conduce con resignación y sin entusiasmo. En tan solo unas horas ha sufrido el primer abandono de un follower y lo tiene que ir asimilando. Es duro.

Al pasar por delante de una tienda de lámparas y electricidad, Anselmo se para y pega la cara al escaparate.

-Edisooooon, – grita desde la puerta-, sal, te tengo que contar,  casi palmo

¿Edison?, será una broma, como vende bombillas…pero no es una broma, Edison se llama Edison. Eso es predestinación o tal vez sea al contrario, ya que se llamaba así decidió enfocarse por dónde el nombre le iba indicando.

Edison es muy ceremonioso, escucha al Penurias con toda su atención, que es mucha. La descripción del ataque de pánico es tan pormenorizada que estoy empezando a sentirme mal, soy muy influenciable. Me estoy mareando pero Edison me distrae del abismo con una coletilla que tiene.

No obstante…dice cada vez que encuentra  a su disposición una pausa o  hueco. En el obst, pega los labios y después los despega con un leve chasquido. Es muy elegante, me gustaría poder soltar con tanta elegancia y naturalidad esos “no obstante” que nada significan. O sí significan, creo que le está queriendo decir que todo eso que le ha pasado, sí, ha sido malo, desagradable, que no está en su mejor momento, que lo comprende y se pone de su lado pero que no desespere porque todo puede ir a mejor. O también puede querer decir, “no obstante, jódete”. El caso es que podría pasarme un buen rato contemplando cómo Edison pega y despega los labios y pronuncia sus “no obstantes” con ceremonia.

Hemos llegado ya y el Penurias se queda en la puerta para darle las gracias a mi hermana. Ella, abrazada a la carpeta verde, también acaba de llegar,  le corta rápidamente con un seco “de nada, hombre, de nada. A mejorarse”. Cuando el Penurias ya está dentro del ascensor, asoma su cara,  tiene la cabeza muy grande, como el perro, y dice: cualquier día me fugo con una punky.

Por el camino pienso que ya no quedan punkys, a lo mejor por eso ha dicho que no es un hombre moderno. Decido ir andando a mi casa,  no está tan lejos, en realidad mi barrio es una continuación de este, sólo hay que atravesar la rotonda de la fuente y pasa a llamarse de otra manera pero tampoco existen  demasiadas diferencias.

Casi la única es que el mío sí tiene un jardín,  un jardín cerrado. Se puede pasear alrededor de su verja y contemplarlo desde fuera, oler sus perfumes, añorarlo como si hubiera sido nuestro alguna vez.

A veces lo hago, es un poco penoso pero también  bonito. Es como un símbolo de todo lo que me gustaría tener pero tendré que esperar o renunciar, ya se verá. Hace unos años, no muchos, el jardín  era más grande, estaba entero,  pero por su  parte trasera avanza un párking, me da miedo que se lo coma entero.

No obstante…