Día: 11 julio, 2018

El jardín cerrado

Antes de irme a casa me acerqué hasta el jardín cerrado,  a ver si a base de dar vueltas conseguía quitarme de la cabeza el no obstante. Después de oírselo a Edison brotaba solo y en cualquier lugar del pensamiento. Hay que reconocer que en todos los huecos quedaba bien, apropiado. Tenía su gracia al principio, como un juego, pero al rato empezó a volverse insoportable, quería deshacerme de él. Cuando era pequeña y mi mente me quería atormentar, y quería muchas veces, me colocaba entre las imágenes mentales una especie de  hilo o cuerda, el hilo daba vueltas a todo lo que pensaba, enredándolo. Si lo cortaba,  resurgía desafiante. Me desazonó mucho tiempo ese hilo  hasta que aprendí que la mejor manera de deshacerme de él era dejar que estuviera ahí. Como no encontraba resistencia, que era lo que quería,  se aburría y se iba. Así de retorcida era mi cabeza.

Utilizando esa misma técnica dejé que el no obstante me acompañara hasta el jardín dando saltos entre las palabras. El jardín perteneció a una congregación de monjas, ahora no sé de quién es,  de las monjas no,  la mayoría han muerto. Si queda alguna viva, y como comprobé más tarde por lo menos una queda,  debe de ser centenaria, como las dos palmeras de las esquinas. Al lado hay un hospital, a las urgencias se entra por detrás, donde está el párking que avanza lento pero implacable.

Cuando tengo mucha necesidad de naturaleza, doy unas cuantas vueltas al jardín cerrado. Muchas veces me he sentido un poco idiota y hasta más que un poco dando esos rodeos, como si ya, definitivamente, me hubiera convertido en la loca que da vueltas al jardín cerrado,  uniéndome así a la loca de los gatos, a las locas de los pájaros y al loco que vende pañuelos de papel y después insulta.  A este último hace mucho que no lo veo, es posible que esté también muerto, como las monjas.

Mientras estaba dando esas vueltas y admirando las flores blancas de los magnolios, algunas ya de color marrón y medio despachurradas por el suelo, pensé que al Penurias podrían gustarle las estaciones, todas las estaciones, si las viera representadas aquí. Este jardín cerrado es un buen muestrario, un precioso catálogo de las cuatro y sin ninguna de sus  incomodidades. En febrero, la hilera de cerezos que se asoman por la verja delantera anuncia con sus pequeñas y delicadas flores que ya se acerca la primavera. Son muy efímeras,  lo justo para hacer el spot publicitario de la nueva estación, pero tras ellas  y después de unos días de retroceso hacia el invierno, aparecen todas las demás.

En octubre, el emparrado que recubre la pérgola empieza a enrojecer por abajo, como si se le fuera subiendo la sangre a la cabeza, para volverse rojo por completo al llegar noviembre. Después las hojas rojas también se caen formando una alfombra por dónde se pasean los gatos. El jardín entero se desnuda y se queda silencioso y escueto, en el esqueleto. Como si en un arranque de sinceridad dijera: así soy yo en realidad cuando me quito todos los adornos.

Me molesta que no se pueda pasar, es cruel que exista un lugar así en medio del asfalto y sólo se pueda disfrutar desde fuera,  pero también sé  que si lo tocaran los pies humanos, si fuera un jardín de libre acceso, ya no sería como es, lo habríamos estropeado entre todos,  mientras que  ahora solo lo desgasta el viento, el sol o la lluvia, lo que ya es bastante. Es como contemplar un cuadro, no estás dentro pero te transmite su belleza y te hace soñar. Un cuadro con tres  dimensiones y con olores y sonidos, un cuadro vivo y por eso sometido al tiempo,  que lo va modificando día tras día aunque como se repite en cada estación finge que sigue siendo el mismo.

Cuando iba por la tercera y última vuelta, hasta cuatro considero que no es del todo de loca, solo de estrafalaria,   vi salir detrás de un arbusto de laurel a una figura diminuta y encogida, se sentó en uno de los bancos de hierro verde, por primera vez me fijé en que los reposa brazos terminan en pequeñas cabezas de perro. Era una mujer tan flaca que casi se transparentaba, con el pelo blanco, calcetines blancos, una túnica también blanca y zapatones negros. Me hizo una seña con un brazo huesudo y tembloroso, llamándome.  Acerqué la cabeza a la verja y ella, señalando al suelo, me dijo que ahí debajo estaban todas sus hermanas. Duermen, añadió. Y cerró los ojos.

Así que debajo había monjas enterradas. Me dio por pensar que todos sus deseos carnales no cumplidos, sus amores frustrados, sus anhelos jamás satisfechos hacían de abono para el jardín y ahora aparecían transmutados en flores, flores abiertas que esperaban ser besadas por algún abejorro o mariposa.  Era bonito y también desagradable. En eso estaba pensando cuando la única superviviente abrió los ojos y volvió a hablar, “aquí vivió un poeta”, soltó una risita como de niña traviesa y de nuevo se adormeció.

Hace poco he terminado de leer un libro que trata de jardines, es un libro en prosa pero lo escribió un poeta, un poeta que, no obstante, dejó de escribir en cuanto tuvo un pequeño jardín y consideró que ya no necesitaba las palabras, tenía más que suficiente con estar presente en su pequeño territorio de tierra. Esa es,  según él, la lección del jardín, de cualquiera de ellos, “acercarnos a lo que es sencillo e inmediato”. Y su promesa, también la de cualquiera de ellos, es que “volveremos a la tierra, formaremos con ella un solo cuerpo y hablaremos por fin su lengua”. El libro se llama Jardines en tiempos de guerra y su autor, Teodor Ceric.