Día: 16 julio, 2018

Zielo

Es verano y se nota: las moscas se han venido a vivir al portal y el chino dueño de la tienda “La ruta de la seda” ha sacado una silla a la puerta, como en los pueblos. Desde su silla, fuma y habla por el móvil a grandes gritos. No entiendo lo que dice pero se le ve contento, normalmente no se ríe nunca. A mí el verano no me parece que siente tan bien, siento nostalgia de otros veranos, de veranos como los de los anuncios de cerveza, esos en los que gente muy joven y guapa hace fiestas y se baña mientras se pone el sol. En esos veranos idílicos siempre está atardeciendo, nunca son las cuatro de la tarde o las doce de la mañana. De noche sí es a veces y la luna ilumina a esos mismos y felices jóvenes. En esos veranos se ven las estrellas, no existe la contaminación lumínica, no pican los mosquitos  ni hay charangas verbeneras.  Si soy sincera, y lo voy a ser, creo que nunca he tenido un verano así y si lo he tenido no me acuerdo, ¿entonces por qué siento esta nostalgia? Y yo qué sé. Y yo que sé es mi expresión preferida y la que más podría definirme. Pero, ahora que lo pienso, sí que lo sé, es la nostalgia de no haberlos tenido.

Para consolarme o para acabarme de hundir en la miseria, entro un rato en Zielo, una tienda de ropa horrorosa que me encanta. Zielo es una tienda en ruina permanente, al borde de la quiebra o del despeñe si te crees el cartel que tiene colgado su dueña desde hace por lo menos cuatro años: “Liquidación por cierre”. Debido a ese cartel y a que su ropa espantosa es muy barata, tan barata que es de risa, suele tener bastante gente. Mujeres a la caza de gangas, mujeres que nunca han tenido veranos como los de los anuncios de cerveza y que nunca los tendrán si se atreven a ponerse uno de los modelos que cuelgan de las perchas de Zielo. Algunas se atreven, lo he podido comprobar, la tentación de comprar algo barato, muy barato, tirado de precio, es muy fuerte y la dueña lo sabe.

La dueña no hace ningún esfuerzo por vender y eso también me gusta. No le importa si entras mil veces y nunca compras nada, como es mi caso. Te deja pasearte de un lado a otro libremente  y sin lanzarte miradas hostiles, toquetear las prendas para comprobar la mala calidad de sus telas y disfrutar de su aire acondicionado y de su aire de indiferencia ante la vida misma. Es una pasota ejemplar.

Hoy había una señora comprando bragas, ha tardado mucho en elegir modelo, pero eso a Zielo, sospecho que se llama así también, no le estaba irritando nada. Iba sacando los diferentes tipos de unas cajas de cartón antiquísimas con mucha parsimonia. Cuando por fin la otra se ha decidido, le ha preguntado de qué color se las quería llevar.

“Blancas, por supuesto”, ha dicho la otra, con un tono de voz ofendido y marcial.  “La ropa interior, siempre de ese color”. Después me ha mirado, en realidad ya llevaba un rato mirándome, es de esas mujeres que revisan a las otras de arriba abajo con muy poco disimulo y luego hacen sus calificaciones en un libro de notas interno. No tengo muy claro si he aprobado o suspendido. Lo que sí he notado con bastante claridad es que esa mujer sería capaz de desencadenar una guerra santa, o una guerra, sin  santa, contra todo aquel que no elija la ropa interior de  color blanco. Hay gente así, les gusta definirse por sus preferencias y con ellas construirse un muro defensivo para parapetarse y desde allí atacar a todo aquel que no las comparta. A veces son familias enteras las que así se comportan, como esos que dicen “nosotros es que somos muy cafeteros” y  ahí lo dejan, que se preparen los que no.

Bragas blancas le ha preguntado a Zielo cuándo pensaba echar el cierre definitivo, ella ha respondido, “pronto, pero sin prisa” . Y tanto que sin prisa, lleva cuatro años cerrando. A base de declarar su fracaso ha conseguido ir sobreviviendo con bastante dignidad.

Cuando he salido a la calle,  he visto que Zielo había escrito con pintura blanca en un lado del escaparte, “en esta tienda os queremos como se quieren los patos” y debajo había dibujado un pato. La verdad, no sé qué pensar de eso, es desconcertante, miro al cielo para despejarme, está bonito con toda esa luz del verano.

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