Día: 19 julio, 2018

El día a día

Cada vez que entro al portal, ahí están las moscas, como si me estuvieran esperando, qué simpáticas. Me he fijado en los otros portales de la calle y en ninguno hay moscas flotando, algo malo tiene que tener este edificio. O algo bueno, si es desde el punto de vista de la familia díptera. Todo es cuestión de puntos de vista. Vuelan o más bien se mantienen suspendidas en el aire,  a una media altura, la justa para meterse en la boca de alguien si es que ese alguien la abre para hablar, no digamos ya para bostezar o para asombrarse de que haya tanta mosca junta.

Ese alguien no voy a ser yo, cruzo su nube zumbona con la boca bien cerrada y los ojos casi. Me pregunto si para ellas el portal será como para nosotros la playa o los pueblos y si sentirán una especie de felicidad o de contento por estar al fresco, medio flotando entre las escaleras y los buzones. La felicidad del bienestar, a eso es a lo que aspira una mosca y nosotros, de una manera más sofisticada, también. Somos cuerpos y nos pasamos la vida buscando satisfacerlos. Dentro se supone que viaja encerrada un alma.  No lo sé porque no la he visto, si es incorpórea no se puede percibir con algo corpóreo. Sí que he podido sentirla pero a lo mejor era otra cosa, algo del cerebro o de los cerebros, como diría mi hermana.

Una mosca espabilada y poco gregaria, harta de la masa vacacional,  se ha colado conmigo en el ascensor y se ha posado encima del cartel que dice “pida que los niños viajen solos”, algún gracioso ha tachado el “Im”. Al llegar al rellano la he mandado de un manotazo a la puerta de enfrente y allí se ha quedado, sobre la mirilla.  Cotilla además de mosca.

En la casa de enfrente vive Silvia, solo la conozco de intercambiar saludos en las zonas comunes y por lo que se oye de su vida a través de las paredes, últimamente nada. Sé que está deprimida porque otro vecino, tan cotilla o más que la mosca, me lo ha dicho. El tabique de su dormitorio está pegado al del mío. Algunas noches tengo sueños tristes y hasta me despierto llorando, con la cara mojada. De forma instintiva toco la pared, por si hubiera algo parecido a una humedad, una filtración de la tristeza de Silvia, de su llanto silencioso,  pero aunque la pared está seca pienso que sí, que  algo, un vaho, una bruma, una niebla  ha circulado de casa a casa, de sueño a sueño. Lo que no sé es si eso la habrá aliviado o no, al igual que uno no se cura de una enfermedad por contagiársela a otro. Silvia tiene el pelo rizado y oscuro, los ojos verdes.  Me gustaría ayudarla pero no se me ocurre cómo, ella no sabe que sé, no tenemos confianza y desde que está mal no la veo nunca, apenas sale de casa.

Estar triste te impide saber que podrás volver a la alegría, la tristeza te encierra tras una puerta negra y te tapa el mundo y sus caminos. Hay que tirar esa puerta como sea o por lo menos abrir una rendija por donde se cuele algo de luz, pero ¿quién y cómo la abre?, no es tan fácil.

En eso pienso cuando llama mi hermana para recordarme que hemos quedado por la tarde, tiene que salir, es importante, y Lu está muy pesado desde que le han dado las vacaciones. Por las mañanas va a un campamento de fútbol en inglés

¿Ya sabe decir gol?, le pregunto para hacerme la ocurrente. No le sienta muy bien. Ja ja, dice dejando mucha distancia entre ja y ja.

Voy hasta su casa en metro, son dos paradas. En los andenes han puesto pantallas para que cuando los pasajeros levantemos un momento la vista de las nuestras, nos encontremos con otras, no nos vaya a dar un síndrome de vacío ocular.  Aparece un canal que se llama “Smile”, leo: “el optimismo es la fe que conduce al logro”, Helen Keller. No digo que no, a ella le funcionó. Tampoco que sí, más de un optimista se habrá estrellado. A continuación  un anuncio sobre unas pruebas para detectar el cáncer de colon, “el cáncer de colon no avisa, nosotros sí, Comunidad de Madrid”, se me pone mal cuerpo pero enseguida aparece otra frase “smile”: “un hoy vale por dos mañanas”, Benjamín Franklin. Tampoco es que Franklin estuviera muy original, se parece bastante a “más vale pájaro en mano…”

De todas formas se la suelto a mi hermana en cuanto llego, para que se entere. ¿Qué?, es toda su respuesta. Cuando sale con la carpeta verde bajo  el brazo vislumbro al trasluz algo así como unos cuadrados con unas antenas, ¿pero qué llevará esta mujer ahí metido?

Lu está viendo una película de las suyas, un grupo de hombres malencarados se agazapa en un callejón y se tira encima de otro grupo de hombres del mismo estilo que casualmente pasaba por allí.  Golpes, disparos, sangre y mucho destrozo generalizado. Se me escapa un “qué horror” involuntario.

Es que es de maciosos, me aclara mi sobrino, como disculpándose.

Ah, sí claro, de la Macia.

Intento involucrarme en sus líos pero no lo consigo, se me va el hilo y confundo a los de un bando con los de otro, aparece un tercer bando, son policías, me pierdo del todo.  Pienso que a no mucho tardar todos estarán muertos,  pero no por las luchas cruentas que se traen, porque sí. Igual que todos.  Para qué molestarse en hacer daño. Cada vez que estoy viendo una película y pienso eso se me quita el interés en la trama, pero no me pasa con mi propia vida, será porque estoy dentro.

Lu quiere ir al parque, alberga la esperanza de encontrarse con Wifito. Yo albergo la esperanza de no tener que ir porque ese parque tan feo me deprime un poco, pero a última hora de la tarde y como ya estoy harta de las bandas maciosas, cedo. Nada más salir a la calle, alguien nos llama. Qué suerte tengo, es el Penurias. Le pasa la correa del perro a Lu,  delega. Así él puede ir hablando con total libertad.

“No soporto el día a día” me confiesa. Le diría que un hoy vale más que dos mañanas pero no sé si pega demasiado y además odio esas frases motivadoras. Al mismo tiempo que las odio, me gusta leerlas. Dejamos atrás el parque feo, al parecer el Penurias conoce otro mejor, un poco más lejos. Hacia él vamos, cuesta abajo.