Día: 24 julio, 2018

Para odisea la de Penélope

Y para verano el mío, encerrada en un armario y leyendo la Odisea. Soy Esme, el personaje perdido y hallado en un templo. Calla, no , que eso es de la Biblia. Yo he sido hallada y perdida en un blog. La Biblia lo mismo la leo luego, cuando termine la Odisea, ya que me martirizo que sea por todo lo alto. Pero a lo que iba,  después de llegar hasta el canto XIII  del citado  clásico, esto es lo que pienso: la verdadera heroína de esta historia es Penélope.

No es que yo le quiera quitar méritos a Ulises. Lo pasó mal: veinte años dando vueltas por los mares con la idea fija de volver a Ítaca, enfrentándose a tremendas borrascas y mortíferos vientos, (en sus propias y literales palabras), a monstruos sanguinarios, a emboscadas de todo tipo, a la muerte de muchos de sus compañeros, al descenso al infierno. No voy a negar que fuera un héroe. Lo era. Y un poco creído también, “soy Ulises Laertiada, famoso entre todas las gentes por mis muchos ardides; mi gloria ha subido hasta el cielo”, dice él, presentándose con muy poca modestia.

Fatigas y dolores no le faltaron pero tampoco juergas y amoríos. Y mientras tanto, Penélope, encefalograma plano. Se queda sola manteniendo la casa, con lo que eso cansa y lo poco agradecido que es, cria al niño,  Telémaco, y aguanta al  suegro, Laertes.  Que no digo yo que no fuera bueno ese señor pero alguna que otra manía seguro que tenía. Por si fuera poco se le llena el palacio de gorrones que se comen y se beben todo lo que pillan y que también se quieren comer a Penélope. Ella, para ir haciendo tiempo, les dice que elegirá a uno de ellos cuando termine lo que está  tejiendo. Aquí Penélope me despista un poco porque lo que teje de día y desteje de noche es el sudario del padre de Ulises, el susodicho suegro.

Me imagino la escena: ¿qué es eso tan bonito que coses, hija?, le preguntaría él. Y ella: tu sudario, hay que tenerlo todo previsto que ya falta poco. Telita con la nuera. Pero hay que comprender su situación, estaba hasta el aqueo moño y no era para menos. Pasa un año, pasan dos, pasan tres y pasan diez. Al niño ya no se le cae la baba, lo tiene casi criado,  pero  ahora se le empieza a caer al suegro. No se acaba nunca.

Pasan once, pasan doce, trece, muchos años pasan y siempre lo mismo, siempre lo mismo. Los hombres gorrones comen y beben invadiendo su morada,  la reclaman y la acosan, ella teje y desteje, aguanta a unos y a otros y, por toda diversión, sale a dar una vuelta a la caída de la tardecita en compañía de su criada de confianza.  No tendría tremendas borrascas ni vientos mortíferos, como su Ulises de su corazón,  pero sí un tremendo y mortífero aburrimiento y bastantes ganas de sacar la recortada y cargárselos a todos, es un decir.

Para colmo, el niño ha dejado de ser niño y se ha puesto borde. Una de esas tardes interminables en las que ella está arriba, en su cuarto encerrada, y abajo tiene a toda la tropa  dale que te pego al vino, escucha cómo el aedo, una especie de poeta cantor o de juglar,  empieza a  contar  el regreso de los aqueos a sus casas tras la guerra de Troya.  Penélope se pone muy triste pensando en Ulises, así que se asoma y le pide por favor que cante otra cosa porque eso le causa dolor.

Entonces Telémaco, el muy niñato,  le dice a su madre, ” vete a tu habitación y cuida de tu trabajo, del telar y de la rueca y ordena a las esclavas que se ocupen del suyo. La palabra es cosa de hombres, (como Soberano, la bebida aquella),  de todos los hombres y sobre todo de mí, de quién es ahora el poder en este Palacio”.

Para que te fíes de los Telémacos, tan monos que son de pequeños y luego se suben a la chepa de las Penélopes de turno pero que de muy mala manera. Qué tristeza. Y el marido viviendo sus aventuras,  eso sí, lamentándose después,  ” la divina entre diosas Calipso retúvome un tiempo en sus cóncavas grutas y también la pérfida Circe me tuvo cautivo en sus salas y pretendió que me casara con ella, pero no hay nada que se muestre tan amable a mis ojos como mi Tierra”.  Le liaban, le liaban, le envolvían entre unas y otras,  si lo que quería él era volver con la suya. Y volvió, eso es verdad,  pero  después de veinte años.

Lo que sí tengo que reconocer es que con la Odisea de Penélope no se hubiera podido escribir un libro de aventuras, si acaso una novela intimista con mucho monólogo interior y bastante tormento y hastío vital, dudo que llegara a las quinientas páginas, lo cual casi que es de agradecer.  Por la mitad de esas quinientas voy,  no sé si llegaré al final, si sobrevivo al verano en el armario y a la Odisea os lo haré saber. Si no vuelvo a hablar, me podéis dar por muerta.

Tremendas borrascas, mortíferos vientos…(es por ponerle emoción).  Adiós.