Día: 30 julio, 2018

Cuesta abajo con el Penurias

Vamos cuesta abajo, con el sol de espaldas. El barrio no está vacío, nunca lo está del todo pero sí bastante despoblado, con calvas. Muchos se han ido ya de vacaciones y los que quedamos, aunque no lo queramos reconocer, nos sentimos nostálgicos y un poco marginales. Al Penurias le sienta mal la falta de tantos habituales, mira hacia los lados y a veces hacia atrás, buscando. No es hombre de un solo interlocutor. Entre búsqueda y búsqueda inquieta, habla, se seca su gran frente con un pañuelo de papel, resopla, suspira, habla otra vez. Me cuenta que fueron sus hijos los que le pusieron el nombre de Wifi al perro, que lo compró por ellos, porque insistían mucho, pero que ahora se quedan en casa disfrutando del Wifi auténtico y es él el que tiene que sacar al canino.

“Los hijos son unos egoístas, el de la descendencia es un egoísmo proverbial”, dice. Le iba a contestar que nosotros también hemos sido hijos, que algunos todavía lo somos, y por lo tanto egoístas proverbiales, pero me da pereza hablar. Hace calor, estoy cansada, así que solo digo “no obstante”…y lo dejo ahí, flotando como si fuera una burbuja que estalla sin ruido.

Hemos dejado atrás el parque feo y acabamos de pasar por delante de “Tienda esotérica, simplemente magia”. Dentro, la maga gorda está atendiendo a alguien detrás de una mesa, ha colocado dos velas encendidas y una humeante barrita de incienso. El Penurias suelta una de sus típicas risas desinfladas al contemplar la escena, está claro que no cree en las mancias.

Los gorriones vuelan sorteando coches, los driblan con pericia como pájaros urbanos que son, me admira esa habilidad, irán detrás de alguna mariposa, de alguna polilla, de alguna mosca. Definitivamente, los gorriones son un tanto maciosos.

Ya estamos a la altura de la frutería “Calzados la Perla”, el frutero pakistaní posa alicaído junto a sus paraguayas reblandecidas y sus plátanos negros, es la imagen misma de la desesperanza.
¿Cómo va, hombre, cómo va?, saluda por fin el Penurias.
Verano malo, dice él señalando su fruta echada a perder. Quiere Dios, añade luego con un encogimiento de hombros.
Se arruina, se arruina, otro más, pronostica el Penurias y vulelve a secarse la frente como si la ruina también fuera suya. Cruzamos la frontera sur del barrio. Otra rotonda, también con fuente, sirve de línea divisoria, después de ella cambia el nombre del territorio y el número del distrito pero todo es lo mismo o muy parecido.

“Limpieza y teñidos de cueros y pieles”, leo, y debajo de ese rótulo, otra frutería. “Colchones Antonio”, esta vez el cartel y la tienda sí coinciden y además Antonio se ha esforzado, ha sido creativo, la barra lateral de la primera A es un colchón inclinado, deslizándose hacia algún lugar, tal vez hacia el sueño prometido a los insomnes que compren un colchón Antonio.

Por el cielo vuelan dando gritos los vencejos, amos de todo el cielo, pasan autobuses cargados de viejos que miran la calle con ojos de asustado asombro y en un callejón, cuatros niños juegan en fila un partido de fútbol. Dos hacen de porteros y los otros dos representan cada uno a los once jugadores de los equipos rivales. Es un partido más soñado que real, con mucho desdoblamiento de personalidad, parafernalia de gritos de celebración, abrazos emocionados y saltos de regocijo, es un partido centrado en el gol, sin apenas desarrollo intermedio. Lu los mira de reojo, va muy orgulloso conduciendo a Wifi,  sé que no le gusta el fútbol y no quiere que los otros niños conozcan esa debilidad suya.

Cuando entramos en parque reconozco que Anselmo el Penurias tenía razón, no es que sea el jardín colgante de Babilonia, pero es mejor que el de más arriba, tiene hasta una ladera con césped, un ciruelo cuyas hojas lanzan rojos destellos, varias acacias florecidas de copas redondeadas y unas jardineras donde han sembrado lavanda. En el centro hay un arenero y los niños, en bañador, se tiran por el tobogán y caen dando gritos tan alegres como si estuvieran saltando olas.

Me siento en un banco mientras Lu y el Penurias se van hacia la zona perruna, allí, un círculo de amos de perros observa encantado el juego de sus mascotas, sus carreras, sus olisqueos. Parecen felices porque sus perros lo son, como si algo de esa felicidad sencilla y básica de los animales se les pegara también a ellos solo porque son suyos y los están mirando.

Una amiga acaba de mandarme un guasap, es una foto. Está de espaldas, sentada en un banco frente al mar, “ temperatura maravillosa”, ha escrito debajo para transmitirme la escena al completo.

¿Y qué escribo yo ahora?

No escribo nada pero tengo la sensación de que las dos rayas azules sin respuesta posterior pueden delatar algo parecido a la envidia.

Veo que hay un pájaro patas arriba, muerto en una esquina, dos mariposas vuelan en pareja, formando círculos, y casi en cada uno de los tallos de lavanda liba un abejorro. La muerte, el amor, la vida, todo junto en tan pequeño cuadrilátero ¡Pero si es un parque simbólico! La temperatura, no obstante,  no es maravillosa.

 

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