Día: 20 agosto, 2018

Escena playera con media luna

El hombre cruza el paseo, entra en la playa,  se sienta en una hamaca y se quita la pierna derecha. La coloca tumbada en la hamaca de al lado. Resopla aliviado, liberado de la prótesis. La pierna también resopla, liberada del hombre, necesita descansar tanto como él. El hombre mira un instante al mar, a las nubes rosadas del atardecer  y después gira la cabeza en dirección al paseo. Está buscando a la mujer que, como él,  llega cada tarde a última hora. A la mujer  con un uniforme negro de camarera y un niño de la mano.

Acaba de verlos salir del hotel Mar y Pinos, cruzan el paseo, entran en la playa,  pasan por delante de las hamacas, ella mira la pierna de reojo, el niño lo hace sin disimulo y además la señala, divertido. Siguen caminando hasta la orilla, la mujer se sienta sobre una roca, se descalza, mete los pies en el agua, suspira y se sujeta la cabeza con las manos. También suspiran sus zapatos, muy bien colocados en paralelo, tras la roca.  El niño se ha metido en el mar y con un rastrillo de plástico verde peina el agua una y otra vez, incansable.

El hombre ha puesto la pierna de pie, clavada sobre la arena. Sabe por otras veces que cuando se vayan y vuelvan a pasar por delante, al niño le dará risa y que con esa risa arrastrará una sonrisa de la madre. Dos amigas caminadoras la sortean sin inmutarse y saludan al hombre con la cabeza. Una le va diciendo a la otra, “por la noche le doy sopa y filete de pollo y se lo come muy bien”

Pero esta tarde la mujer vestida con un uniforme negro y el niño del rastrillo verde han cambiado el rumbo, se marchan por otro lado, por la esquina derecha de la playa, pasan por debajo de la luna, cortada por la mitad y desaparecen por un callejón.

El hombre tumba otra vez la pierna, se tumba él y con los brazos por detrás de la cabeza vuelve a mirar el mar.