Día: 6 septiembre, 2018

La vuelta

Soca y Rubiales están igual de blancos que cuando empezó el verano. O puede que más. Blancos y flacos. Como dos hojas de papel con bermudas y camisetas dadas de sí, caminan por la calle en dirección al parque, las manos en los bolsillos, las cabezas gachas. Sólo han pisado la piscina un par de días, los justos y necesarios para comprobar que allí no se les ha perdido nada.

El primero de esos dos días, Soca le dio un codazo a Rubiales y le dijo, “los mismos del año pasado, tío”. Y era verdad. Eran los mismos: las mesas de jugadores de cartas, abstraídos en lo suyo, los socorristas atléticos rodeados de niñas enamoradas, los chicos gordos tirándose de bomba, incansables, como pequeños cetáceos clorados, las madres con niños pequeños y el grupo de mujeres registradoras de la propiedad.

Son esas que analizan quién ha engordado y cuánto, quién ha crecido y cómo, quién se ha emparejado y con quién, quién ha enfermado y de qué, quién ha muerto, cuándo y por qué y quién ha nacido. Todos los cambios humanos los observan con minuciosidad para comentarlos a continuación.Sin pasar tampoco por alto los orográficos, como calvas en el césped, levantamiento de baldosas, desniveles en los escalones y cualquier tipo de erosión territorial no deseada.

Así que el segundo día, después de darse un desganado chapuzón, de que la más simpática de las registradoras les dijera unas cuantas veces que estaban muy altos y las más cotilla les preguntara por las notas, cuestión a la que Rubiales no tenía ningunas ganas de responder, Soca le dio a su colega un segundo codazo con propuesta añadida, ¿pirateamos el wifi?

Sin dudarlo, Rubiales agarró su toalla de una punta y Soca la suya de otra y arrastrándolas se fueron los dos por el callejón. Dos figuras desgarbadas, ni niños ni jóvenes, con el objetivo de pasar el verano en un lugar de nadie, al fondo del pasillo del primer piso.

El suelo vibraba un poco con el sonido retumbante de la música del gimnasio pero podían engancharse a su wifi cómodamente, estaban lejos del ir y venir de los vecinos y tenían un escalón donde sentarse con las toallas enrolladas debajo. Escalón solo desalojado para comer y cenar pues durante dos meses se han dedicado a ser héroes con una gran misión que cumplir: exterminar a todos los muertos vivientes de dentro de la pantalla.

En el muro del parque roñoso, enfrente del colegio, junto a los tres arbolitos recién plantados a los que les han salido unas puntas naranjas que no se sabe si son hojas o flores, siguen bien a la vista las tres pintadas que alguien hizo en el mes de junio:
“Rubiales, pringado, cero en geografía”,
“Soca, payaso, vas a morir”,
“Soca, estás muerto”.

Todavía no las han visto pero ya intuyen, antes de girar la esquina, que ahí estarán, esperando su vuelta.