Última sesión

Le contó este sueño al terapeuta: estaba de parto, empujaba pero el niño no salía. No sentía dolor pero sí tenía que hacer mucho esfuerzo, se cansaba. Una figura masculina vino a ayudarle, no hacía nada, solo estar presente con amabilidad. Por fin el niño salió. Lo cogió en brazos, era bonito, sano, lo acunó y en ese momento se despertó.
El terapeuta le dijo que ese sueño era la mejor de las señales y que con él podían dar por finalizadas las sesiones, ese recién nacido le representaba a él, por fin había logrado sacar a la luz a su niño dañado y estaba en disposición de cuidarlo y protegerlo. Era un hombre nuevo, liberado de todo el mal recibido en la infancia y fortalecido porque lo había podido superar. Se sintió muy bien, ya podía empezar a vivir siendo de verdad él mismo, las heridas cicatrizadas,  renovado, ya podía empezar a ser feliz.

En la calle hacía una temperatura cálida y suave, el día era luminoso,  los niños salían del colegio con sus zapatos recién estrenados. Se acordó de cómo odiaba esos zapatos colegiales que aprisionaban sus pies y de la rabia que sentía cuando se los tenía que poner, igual que sentía rabia cuando llevaba un jersey que picaba o un pantalón demasiado ajustado. El recuerdo de los zapatos le llevó hasta el zapatero, se llamaba Enrique aunque en el rótulo de la tienda hubiera escrito para darse importancia,  “Zapatos Enrico”. Un poco más tarde, envalentonado, añadió entre paréntesis, (di Palermo).

A Enrico, que seguramente nunca había estado en Palermo,  iban  todos los niños del barrio, sobre todo en septiembre, cuando empezaba el curso.  En el centro de la tienda había puesto tres balancines de madera en forma de animal: una cebra, un caballlo y un tigre. A él le gustaba el tigre y a su hermana la cebra. Una alfombra rectangular y estrecha daba la vuelta a la tienda. Solían correr por la alfombra, a veces con un zapato sí y otro no, otras descalzos, o caminaban despacio, con miedo y un poco de aprensión, la cabeza dirigida hacia el calzado  nuevo y enemigo.

Su hermana pidió durante muchos años unos zapatos de flamenca, blancos con lunares azules pero nunca se los compraron.  De la cara de Enrico no se acordaba pero sí de la de  su ayudante, una mujer muy delgada, de rizos morenos,  que era la que iba y venía sacando cajas,  la falda se le escurría y también las medias. Un día los vieron besándose a primera hora de la mañana, antes de abrir la tienda, y se rieron mucho porque Enrico les parecía un hombre viejo aunque tal vez tuviera cuarenta años o menos.  Los animales de madera se fueron  volvieron cochambrosos y también la alfombra, raída y calva. Más tarde la zapatería cerró y en su lugar pusieron una academia para preparar oposiciones.

En el barrio también había otra tienda con nombre italiano, se llamaba Tutto, era un local diminuto en el que se vendían  revistas, periódicos, pan, patatas fritas, bollos y golosinas. El dueño, un hombre gordo,  leía utilizando una lupa. A Tutto iba siempre con su grupo de amigos a la salida de clase, o a la hora del recreo cuando ya les dejaban salir fuera del recinto del colegio, se agolpaban en la puerta y volvían loco a Tutto, le toqueteaban las revistas, se las desordenaban, montaban mucho jaleo y él soltaba la lupa, nervioso, sin saber qué hacer con esa tropa invasora adicta a los bollos de chocolate gigantes ¿Y por qué se estaba acordando ahora de todo eso? No lo sabía pero estaba contento, ya no tenía que volver más a terapia. Se encontraba muy bien, ya no sentía tristeza ni angustia, tenía ganas de hacer cosas nuevas, de viajar, de reformar la casa. Había dejado de posponer o, como decía el terapeuta, y cuando lo decía a él le parecía que masticaba algo duro, de procastinar.

Atravesó el parque, las cotorras argentinas se estaban dando un atracón de higos, se paró a mirarlas dentro de la higuera, tan verdes como ella, rompiendo la fruta con sus duros picos, dejando al descubierto la pulpa roja. Ya no le dolía la espalda y caminar volvía a ser placentero, como antes.

Pero entonces sintió esa punzada inesperada y violenta que le atravesó  el pecho, tan fuerte que casi ni podía respirar y en medio de ese dolor y de ese miedo,  pensó, “no me jodas que me voy a morir ahora,  justo ahora que me acaba de nacer el niño” Y de nuevo se acordó de los tres animales de madera de la tienda de Enrico y del impulso loco con el que su hermana y él se balanceaban sobre ellos, a punto de salir catapultados hacia el escaparate,  un escaparate donde había un mecanismo giratorio y los zapatos infantiles, colocados sobre él, daban vueltas y vueltas.

43 comentarios en “Última sesión

  1. ¡Pero no nos dejes así! ¿Qué le pasa? ¡Cuenta, cuenta!
    Me has hecho recordar las tiendas de mi niñez, sobre la de chuches. La llamábamos “El viejillo”. Vamos al viejillo, decíamos, porque la atendía un hombre mayor, aunque igual tenía 40 años o menos 😉.
    (Una vez me pillé un dedo con su puerta y me tuvieron que quitar la uña).
    Muy bonito, con ese aura evocador y el olor a tiempos mejores.
    Un besote

  2. Genial interpretación de los sueños, ja ja ja, ese terapeuta es genial, no sé si ponerme en sus manos y que me diga que significan los sueños…

    Enrico y Tutto… ¡qué bueno! Ahora que lo pienso, en mi pueblo había una zapatería que se llamaba “La bota de oro”, y una librería que decía “Libreria moderna”.
    Me encanta leer los nombre de las tiendas, la mayoría cerradas: “Entrelas y botones”.
    Buen relato, espero que nos cuentes que le pasó al pobre hombre.
    Abrazos miles

    1. Si quieres te los interpreto yo, se me da muy bien y lo hago gratis, pero creo que nadie como uno mismo.
      “La bota de oro” me suena a cuento de hadas, es bonito. A mi también me encantan los nombres de tiendas, se nota, ¿ verdad?
      No sé lo que le pasó al hombre, lo que tú imagines 😉
      Muchos besos, Maite

  3. Las terapias son el equivalente psicológico de “La historia interminable” de Michael Ende (no acaban nunca tampoco). Por cierto, este autor estuvo psicoanalizándose y, presumiblemente, utilizando ese material en la redacción de su libro. Y al final de lo único que se trata es de aceptar la muerte, la propia, se entiende.

    1. Me gustan esos cuentos tuyos que van dejando agujeros para que la idea, la idea!!! que hay detrás de ellos respire. La memoria aguanta bajo el agua, todo lo que puede, y cuando ya no puede más la idea, la idea!!!, sube. Que buen relato, Paloma. Un beso.

      1. Y a mí me gustan tus comentarios, Eladio. No te creas que esto que dices lo hago conscientemente. Pero ahora que lo explicas y tan bien explicado, me doy cuenta de mis propios trucos, si es que se pueden llamar así.
        Gracias!!
        Y otro beso

  4. Me gustó muchísimo este tema, personalmente considero de suma importancia sanar al niño interior; esa parte emocional, infantil y frágil que todos tenemos en algún rincón ignorado y sagrado a la vez. Me alegra que el protagonista de la historia haya podido “dar a luz” a un nuevo él, y tener la oportunidad de hoy, como adulto, procurar cuidados y atender a esa parte vulnerable. No pensaré que tuvo un ataque físico, sino, una crisis de sanación (como se le conocen a ciertos efectos en terapias holísticas), en donde, al haberse parido a sí mismo, debe exorcizar toda clase de dolor y empezar de nuevo.
    Y aunque muriera literalmente, cumplió con una gran labor de haberse liberado y sanado. Misión cumplida, he de decir.

    1. Nunca había oído hablar de “crisis de sanación” pero me imagino lo que puede ser.
      Es bonito lo que dices sobre un rincón ignorado y sagrado donde está nuestra parte más infantil y frágil.
      Me alegra que te gustara el relato.
      Besos, Kadannek

      1. Una crisis de sanación se da muy rara vez, pero aún así es normal. En algunos casos llegas al pic del dolor y éste desciende rápido. A veces sólo es un llanto explosivo o un dolor de cabeza, entre otras cosas. Es el organismo reajustándose a la nueva armonía de tu ser.

    1. Mala, malísima suerte.

      Jajajaja, qué graciosa, ya te gustaban los zapatos rojos. Yo también he tenido zapatos de bailaora, me encantaba el flamenco. Y me sigue encantando.

      Besos, Carmen

  5. El psicoanálisis es como el expositor de los zapatos infantiles dando vueltas, hasta que te haces consciente de que lo que hay ahí son zapatos, entre sesión de terapia y terapia te destrozas y reconstruyes y con un poco de suerte sales con unos “manolos” en los pies.

    Buen relato, Paloma. Soy adicta a tu blog.

    Un beso.

    1. Jajajaja, si fuera así más de una se apuntaría al psicoanálisis. Yo prefiero salir con zapatillas y corriendo.
      Muy bueno y agudo tu comentario, como siempre.
      El blog está necesitando también ir a terapia, así que me alegran mucho tus palabras.
      Un beso, Ilduara.

  6. Ay,ay,ay,que bonita y tremenda la vida, Palomitay!
    Tu relato,magistral, me ha dado un vuelco. Ha llenado de lagrimas mi frágil corazón

    No dejes nunca de escribir
    Deslumbras, te admiro

  7. Renacer, sea como fuere el final.
    También me fijo en los letreros, y me hiciste recordar unos zapatos de flamenca rojos con lunares blancos, tengo una foto muy graciosa con mi traje de flamenca, mi madre se pasó pintándome lunares en la cara, jaja …

    Un beso.

  8. Y qué venir a morirse cuando había nacido a una nueva vida… La verdad es que hay que disfrutar la vida, aunque sea sedentaria y escribiendo, lo que importa es disfrutarla. Ay, mi querida Paloma, si supieras que yo también quería unos zapatos de lunares, pero rojos, pero nunca tenían en mi tamaño. Yo era muy ruidosa, me hubiera encantado taconear con las castañuelas que me regaló la Madre Fidela, que era española y era la única que entendía mi temperamento hiperactivo. Nada, que ahora tampoco los puedo comprar, ya no puedo usar zapatos de tacón. Pero no voy a dejar de ser escandalosa… Viva la vida y si me muero de un infarto, no va a ser después de una sesión con el psiquiatra. Magnífico relato. Un beso.

    1. Eres muy divertida.
      Yo sí tuve tacones de flamenca y las castañuelas todavía las tengo. Lo bien que nos lo hubiéramos pasado bailoteando juntas.
      Pues sí, disfrutemos con lo que podamos, que esto del vivir es muy efímero.
      Muchos besos y te visitaré pronto.
      Prometido!!!!

  9. vengo aquí y me entrego por completo al arte de procrastinar, espero que un día de estos me entren de nuevo las ganas de revisar cuentos. Entretanto recuerdo una tienda que encabezaba “La Buena Voluntad” vendían batas de los pirineos para atravesar el invierno, ropa interior de señora y caballero y cuando un hombre entraba a comprar slips, porque decir calzoncillos era cosa de salvajes o bohemios, las dependientas le miraban mal, creo que entendían que un hombre de bien, como debe ser, debe tener una señora de mejor que se ocupe de administrarle la ropa y llevarle limpio. Leñe que viejillo soy. Un beso.
    .

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