Día: 24 septiembre, 2018

Sin sufrimiento

Iba a hacer un comentario sobre los animales, por no decir alimañas, que pueblan últimamente este blog, -moscas y ratas, qué asquito-, pero mejor me callo ya que hoy me han sacado de paseo. De repente, en vez de abrir los ojos y encontrarme dentro del armario con el Ulises de Homero a cuestas, estaba haciendo la compra en el supermercado. Anda que… para eso ya me podía haber quedado donde estaba. Quería vida, pues ¡toma vida! con todas sus prosaicas consecuencias.

No sé si es por la falta de costumbre pero me ha resultado muy difícil esta tarea tan cotidiana, sobre todo cuando he llegado al momento huevos. He empezado a leer los envases y, ¡señor de todos los cielos!, pero si es más difícil que hacer un máster verdadero.
Ya iba a elegir los huevos de gallinas camperas, me sonaba bien, como a día de fiesta bajo una sombra arbolada, cuando he visto que al lado estaban los de “gallinas en el suelo”. Se ve que las camperas no necesariamente están por el suelo, puede que vivan subidas a un palo o en compartimentos estancos. Alrededor de ellas habrá campo pero no para su disfrute, pobres.

Digo, venga, pues los del suelo, que correteen las chiquillas y puedan tomar impulso para darse picotazos las unas a las otras. Ya los iba a echar al carro pero entonces he visto otro envase en el que ponía, “huevos de gallinas en libertad” y, como persona o personaje enjaulado que he sido y soy, rápidamente me he solidarizado.

Pero tampoco han sido esos los definitivos porque había otra modalidad más: huevos de gallinas sin sufrimiento. No me voy a llevar los de la libertad sabiendo que, aunque libres, puede que las ponedoras estén deprimidas. No serían ni las primeras ni las segundas que pudiendo hacer lo que quieren son infelices. He escogido los de sin sufrimiento, pero al rato ya me estaba arrepintiendo. A ver si van a ser ahora las gallinas más felices que yo, qué rabia me estaba dando.

Esto lo iba pensando mientras empujaba un carro díscolo, de esos que si tú los llevas hacia la derecha se te tuercen en dirección izquierda ¡Que quiero ir donde la miel, idiota!, le he gritado.
Ya no me acordaba de que en sociedad no se debe hablar sola ni tampoco con un carro. Con grandes esfuerzos y risitas a mis espaldas he llegado hasta el siguiente dilema: miel de mil flores,(nada menos que mil, ¿las habrán contado?) con denominación de origen de la Alcarria, de la granja ( ¿será la misma que la de las gallinas por el suelo?), con limón, con azahar, hecha toda en España (para patriotas) y del abuelo. En el bote sale dibujado un señor viejo con boina. Me he llevado esa, la del ficticio yayo apicultor.

Después de dejar la compra en casa, he ido al quiosco a enfrentarme a otro mal trago: los coleccionables de planeta de agostini. Por si os interesa, tenéis una fiel reproducción de la máscara de Tutankhamón, fácil de montar y con materiales de primera calidad. “El antiguo egipto al detalle”, no lo digo yo, lo dice el cartón. Muy útil para ir a comprar huevos sin que nadie te reconozca.

Quién fuera gallina. Sin sufrimiento, claro.

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