Mes: octubre 2018

A la lluvia le da igual

Llueve, llueve y llueve y Vanesa la del supermercado me mira con cara hosca. Su moño rojo también me mira hosco y lo mismo su uniforme, en el que lleva prendido un cartelito con su nombre. Sé que no es nada personal porque en realidad no me conoce, es que llueve mucho y está el día oscuro y a Vanesa no le gusta este tiempo. Se lo ha dicho a su compañera, Paloma, la que despacha la fruta, “qué asco de día, tía”.
Se han asomado las dos a la puerta para comprobar que sí, que el día es un asco y se han puesto a mirar el descenso de la lluvia y a la gente que pasaba bajo ella con sus paraguas y sus ropas oscuras, casi todas negras o grises o marrones. Y supongo que habrán sentido una especie de desolación o de desesperanza por sus propias vidas y por esa lluvia que con su repiqueteo monótono parece que se lo está recordando sin parar, sin parar, sin parar.

El sonido de la lluvia puede gustar mucho pero también resultar odioso. El sonido del mar tampoco le agrada a todo el mundo. Un verano, en la playa, estaba sentada escuchándolo. Al tiempo que me relajaba intentaba pillar los silencios entre ola y ola para adivinar su pauta. No lo conseguí, me pareció que no tenía pauta o que me tomaba el pelo. Cuando yo pensaba ¡ahora!, él se esperaba un poco, muy poco, pero lo justo para no dejarme acertar. Un hombre que estaba sentado detrás, al lado de su pareja, leyendo el periódico, dijo, “que se calle ya el mar, por favor, es insoportable, es que no se va a callar nunca, me pone nervioso”. Me volví sorprendida, nunca había conocido a nadie al que le molestara la voz del mar. Pues ahí lo tenía.

El mar no se puede ofender por ese comentario, él va a lo suyo, a ser lo que es y a hacer en cada momento lo que le corresponde. Como yo he ido a lo mío por los pasillos del supermercado hasta llegar al departamento de fruta donde no estaba Paloma, seguía asomada a la puerta con Vanesa, las dos mirando a su enemiga caer. A la lluvia tampoco le importa tres lo que piensen de ella, es admirable en eso. Me he puesto a elegir manzanas y ya iba por la número seis cuando una voz, que se podría calificar de revenida, me ha dicho, “hay que ponerse los guantecitos”. Era Paloma que había vuelto cargada con un diminutivo dardo, directo a mi espalda. He hecho el esfuerzo de decir, “pues otra vez será porque ya para lo que me queda…” y he seguido llenando la bolsa hasta la manzana diez. Sé que he sido odiada por mi tocaya en esos momentos. No me gusta nada que me odien, lo paso mal, tengo la necesidad enfermiza de caer bien, por eso no me he puesto los “guantecitos” , como reto, porque tengo que lograr mantenerme firme y permitir que me tengan manía sin que me afecte. Tengo que hacer como la lluvia o el mar, pasar de las opiniones del mundo.

Luego, en la caja, cuando estaba pagando, el moño rojo y hosco de Vanesa me ha lanzado destellos malignos y su dueña no se ha reído de un chiste que he hecho con la amable intención de alegrarle un poco el asco de día. Qué mal les caigo a las del supermercado, he ido pensando abatida mientras la lluvia lo mojaba todo con democracia, como corresponde.
En todas las tiendas y bares y cafés han colgado falsas telarañas, calabazas de plástico, esqueletos negros danzantes, brujas voladoras y momias. Pero también he visto un rebaño de ovejas y a sus pastores caminando hacia Belén, no se les vaya a hacer tarde.

De las chimeneas ya ha empezado a salir humo blanco, parece que el cielo se desmelena, me gusta ver cómo se mueve, cómo baila hasta que se cansa y se tumba sobre su gran cama gris.

Dos boinas pluscuamperfectas

En el edificio que está pegado al mío vive una pareja que va siempre junta. Los conozco un poco más que de vista, de cuando nuestros respectivos hijos eran pequeños y había que acompañarlos al colegio. Ya entonces iban siempre juntos. De aquella época conozco a bastante gente, un poco más que de vista. Gente con la que he intercambiado unas cuántas palabras o incluso mantenido una conversación de tamaño mediano y  que he seguido viendo  pero con los que rara vez he vuelto a hablar.

Me resulta curioso observar cómo unos han envejecido pero otros no. El tiempo no siempre actúa con justicia,  con algunos parece que se ensaña y a otros solo los roza con la punta de los dedos o ni eso. Veo mucho a una mujer que tenía un puesto de pulseras y pendientes en una plaza cercana.  Lo sigue teniendo y  también un  perro negro de lanas.  Esa está más o menos intacta: morena, delgada y  simpática. Nos sonreímos con complicidad,  una complicidad un poco nostálgica.

También veo y  saludo con frecuencia a otra pareja, los dos son músicos y rubios,  al igual que sus dos hijos gemelos, chico y chica. A veces pasan cargados con sus instrumentos, creo que llevan un violín y un violonchelo,  o con una barra de pan,  o con el violín, el violonchelo y la barra de pan.  Estos si han envejecido, a ella se le ha puesto el culo muy gordo y a él, lo poco que le queda de melena, se le ha vuelto blanca. Los gemelos son altos y guapos, también llevan instrumentos o pan, o pan con instrumentos, pero como se parecen tanto a los padres no puedo dejar de imaginármelos dentro de unos años: culona y poco pelo blanco.

Y a todo esto, ¿dónde he dejado a la pareja que va siempre junta? Saliendo del portal al mismo tiempo que yo salgo del mío y coincidiendo en la esquina, donde se esconde el viento para soplar a sus anchas. Ambos van vestidos de forma parecida, según la ocasión. Si es fin de semana más informales, si es día laborable con ropas oficinescas pero, sea como sea, coordinados y en tonos de color que conjunten. Prefiero no  pensar que van juntos de compras y que por las mañanas  se ponen de acuerdo para vestirse parejos porque si pienso eso me altero mucho.

No solo van siempre juntos,  sino que además caminan de la mano igual que novios eternos. El viento de la esquina de la calle los despeina justo hacia el mismo lado como si fueran las dos ramas paralelas de un solo árbol. Su manera de moverse es tan acompasada, tan rítmica, tan acordes sus pasos  que, por contraste, tropiezo.

Esto me ocurre en especial si me los encuentro muy seguido: el lunes y el martes, o el miércoles por la mañana y por la tarde y además, de remate, el jueves. Hace poco ocurrió eso, ya llevaba dos días consecutivos cruzándome con ellos, así que, con uno de esos disimulos tontos que  notan hasta los perros, me cambié de acera. No tenía ganas de saludar más al ente parejil.

Incluso para decir hola están compenetrados, sonríen a la vez y levantan la cabeza al unísono. Para colmo son de los que no han envejecido. Pero qué digo envejecer, si están más jóvenes. En la temporada otoño invierno se colocan unas boinas de medio lado que les favorecen muchísimo y les dan un aire parisino de lo más chic. No los soporto, ya lo voy a decir.

Prefiero mil veces encontrarme con la pareja de músicos, con su aire de etérea desesperación, con su sutil polvillo de aburrimiento sobre los hombros.Con cualquiera de aquella época en la que llevábamos a los hijos pequeños al colegio preferiría encontrarme antes que con la pareja que va siempre junta.

Hasta con la mujer pesada y ancha. Esa es la única que todavía se para a hablar y como te atrape,  despídete de vivir. Te clava unos ojos enloquecidos que dejan cortos por su poder de hipnosis a los de la serpiente Ka del Libro de la Selva y te cuentan con detallismo puntillista enfermedades tan truculentas que casi puedes oír los estertores. Pues hasta con esa prefiero topar antes que con la pareja perfecta.

Que se cambien de casa, por Dios, a una casa llena de siameses con boinas de medio lado.  Así no me tropezaré ni tendré que cambiarme de acera para evitar ese sentimiento de vergüenza y culpabilidad que me provoca tan pluscuamperfecta unión.

Liudmila y la flor roja

Liudmila se sentó  al lado de la ventana y desplegó sobre la mesa todas las pequeñas cosas que había decidido limpiar. Las separó  para contemplarlas mejor y, sin querer, porque estaban por ahí delante, se observó las manos. A plena luz se veían todos sus defectos con una crudeza insultante:  las venas abultadas, los tendones excesivamente marcados, los inflamados huesos de las articulaciones,  las salpicaduras de manchas oscuras.  Pero las uñas, pintadas de naranja, desafiaban al resto. Tableteó con ellas sobre el cristal de la mesa para ayudarse a decidir por qué objeto empezaba. Tenía muchos detalles, así los llamaba ella,  repartidos por toda la casa; colgando de las paredes, encima de estantes y repisas,  dentro de cajones o armarios. Algunos eran cajas, cajas que por sí mismas ya tenían su importancia, pero que, además,  contenían más detalles: una llave antigua,  un colgante en forma de corazón, un abrecartas con empuñadura de dios Azteca, un abanico de nácar con flores rojas pintadas y un colibrí en una esquina acercándose a libar. Siempre acercándose pero sin llegar jamás.

Suspiró y después tosió. No, fue al revés.  Primero tosió y luego hizo que la tos volviera a sí misma, aspirándola para reconvertirla en suspiro. Las toses iban hacia afuera,  los suspiros hacia dentro recogiendo lo que allí hubiera y que estuviera incomodando y luego también se lanzaban, pero de otro modo, con más finura. Pensaba que las toses eran físicas y los suspiros espirituales.

Le gustaban los días de limpieza de sus cosas, recorría la casa recolectando objetos como si arrancara frutos de los árboles  y después se sentaba con su botín. Tanto le gustaba ese ritual que la mayoría de las veces  limpiaba  sin necesidad.  Casi ninguno de esos objetos le había pertenecido directamente a ella ni había intervenido en su compra, los había heredado de dos de sus tías, Estefanía y Rosalía,   las viajeras.

Cuando se ponía a lustrar el abanico de nácar , con las flores del hibisco tan delicada y  perfectamente pintadas que por mucho frote que les diera nunca se decoloraban, cuando restregaba la madera de las cajas o soplaba el polvo de los espejos con marcos de filigranas  se acordaba de esas dos y de alguna manera viajaba con ellas.
Primero hacia atrás, hasta su infancia; volvían a colgarle las piernas de la silla y con los calcetines caídos, las mecía adelante y atrás mientras escuchaba las narraciones  de sus tías. Trataban de viajes por mar a  lugares selváticos llenos de fragantes flores cuyas bocas se abrían y cerraban atrapando insectos,  pequeños pájaros despistados y  niños de mediano tamaño, como ella.

En esas estancias en tierras pobladas de animales exóticos, debían enfrentarse  a peligrosos especímenes, cargados de venenos letales o de zarpas que con tan solo aproximarse, sin llegar a rozar, la piel de un niño, la desgarraban. Los  ríos eran tan impetuosos y bajaban con tanto caudal que constantemente se desbordaban, llevándose a su paso aldeas enteras y a todos sus infantes.  En aquellos parajes se  desencadenaban tormentas tan salvajes  que en tan solo un instante derrumbaban árboles milenarios, fulminándonos. De todo ello salían incólumes Estefanía y  Rosalía,  pero aún tenían que soportar una larga travesía de vuelta en barco.  Era allí, entre nausea y nausea, donde vivían apasionadas historias de amor,  todas con infeliz final, no porque aquellos hombres, tan guapos como galanes cinematográficos,  no las quisieran lo suficiente, las adoraban, sino porque morían de modo repentino y trágico. Una ola los arrancaba de sus brazos justo en el momento de mayor pasión.

Frotar el abanico de nácar era abrir las puertas de ese viaje hacia atrás, hacia las tardes doradas de los sueños, las fantasías,  las meriendas  y el miedo. Un miedo bueno, de mentira, porque ella intuía que todo lo que le contaban sus tías no había sucedido y aunque así hubiera sido el peligro no la podía alcanzar. Un miedo que poco se parecía al que a veces experimentaba ahora, tan real,  y del que por eso mismo no se podía salir. Al limpiar esos objetos ya no  estaba sola y asustada,  la amparaba a cada lado una tía narradora.

Cuánto le hubiera gustado compartir esas historias con alguien, poder traspasárselas a algún atento oído infantil. Pero, quita, ilusa,  ya no quedan oídos atentos, le dijeron sus uñas naranjas repicando de nuevo, esta vez con enfado, sobre el cristal  de la mesa. Los nietos, cuando la visitaban, que era poco,  la besaban de medio lado, se encerraban en el cuarto de atrás, se sumergían en las tripas oscuras de  sus máquinas. No querían saber nada de abanicos de nácar, de cajas misteriosas, de viajes selváticos,  de amores frustrados por violentos oleajes  ni de niños en constante peligro de muerte.

Liudmila frotó con un poco de rabia la flor roja del abanico, esa a la que se acercaba eternamente un colibrí.  Ojalá te coma y triture todos tus huesos,   le dijo al pájaro pintado,  como si ese deseo malvado la aliviara  de algo.

El llanto de mi casa

Hace como un mes, cuando ya estaba en la cama a punto de dormir, llamaron a la puerta. Me sobresalté pero tampoco demasiado, pensé que se trataba de uno de los muchos que se suelen perder en este edificio. Es fácil  si acabas de llegar, ya que hay varias escaleras, largos pasillos y en ellos, pisos patera, pisos turísticos, pisos de chinos que salen en tromba por las mañanas, fumando y con muy mala cara, cara de haber pasado la noche mal durmiendo unos encima de otros. Nunca son los mismos, pasan un tiempo corto aquí y luego se van a otros sitios. En las madrugadas de verano salen a la calle a hablar por teléfono con sus parientes. Al estar China tan lejos, tienen que gritar mucho  y no dejan dormir a nadie. No son los únicos que hacen ruido, de forma constante la gente entra y sale con maletas, a veces se detienen desorientados, no saben si subir o bajar y como no saben qué hacer, se sientan en cualquiera de las escaleras como si en ellas estuviera la respuesta y no en el viento. Allí sentados fuman o miran la puerta del portal con cara de despiste. Para abrir esa puerta hay que pulsar un botón que siempre está cascado porque un habitante del edificio se divierte rompiéndolo. En cuanto lo reponen, lo rompe otra vez.
En una de las juntas de la comunidad, un vecino propuso colocar unas cámaras para descubrir al elemento subversivo, pero otro , el típico derrotista, objetó que eso no tenía sentido porque el subversivo rompería primero la cámara y después otra vez el botón. La idea de la cámara se desechó.

Casi todas las ideas se desechan porque todo el mundo habla a la vez, con mucho odio y rabia de unos contra otros y es imposible el acuerdo. O tal vez es que utilizan las juntas de vecinos para descargar el odio y la rabia que traen de otras parcelas de su vida, o de la vida en conjunto, de lo que supone estar vivo y no saber muy bien para qué y encima, al final, tenerse que morir.

Acude gente que me parece muy misteriosa, por ejemplo,  un asiduo que presume de saber mucho de ascensores. Esa es una rama del conocimiento muy especial, muy delimitada, hay que reconocer. Qué tipo alucinante es ese que sabe tanto de ascensores. Me intriga y le preguntaría de dónde le viene esa sapiencia, pero al mismo tiempo me da miedo verme involucrada en una larga conversación sobre ascensores y sus mecanismos. Mejor no.

La noche que llamaron a la puerta me temí que fuera él y que viniera a hablarme de motores y poleas.  Por suerte no era, resultó ser la vecina de abajo, que es nueva, acaba de mudarse con su familia. Me dijo que no podía dormir a causa de unas conversaciones en voz muy alta provenientes de mi casa. Tía maniática, pensé, nada más llegar y ya se está quejando. La que te espera, me compadecí también acordándome de los chinos en las noches de verano, de los jaleos que montan los de los pisos turísticos los fines de semana y fiestas de guardar. En uno de ellos, es un primero,  saltaron por la ventana cantando “los animales de dos en dos, uap, uap”.
Son muchas las diversiones en un edificio caótico y superpoblado. Sin normas. Cualquier proyecto de norma se pisotea convenientemente en las juntas de vecinos, se pulveriza,  se aniquila y como mucho, para disimular, se coloca un cartel en un panel del portal, en el que dice, “absténgase de hacer ruido a partir de las doce de la noche”. El que se abstiene es porque tiene sueño y se queda dormido. No se está absteniendo en realidad, solo se está durmiendo.

En cuanto al botón de apertura lo han dejado sin carcasa, así no se puede romper porque no existe. Se corre cierto riesgo de electrocución al abrir la puerta pero la vida es riesgo, en general.

Al día siguiente de su visita nocturna, por la tarde, volvió a subir la vecina, muy agobiada. . Esta vez a pedir perdón por haberme molestado sin motivo, quiso invitarme a un vino, insistía mucho en lo del vino. Me pareció simpática hasta que empezó a hablarme de otros ruidos, de ruidos de agua que se oían por la noche, según ella, de cañerías. Como nunca había oído nada así, se lo dije y nos despedimos cordialmente, ella desconfiando de mí, por no percibir lo evidente, y yo de ella, por percibir demasiado. Pero esa misma noche empecé a escuchar el ruido del agua, unos quejidos internos que se producen cada vez que alguien abre un grifo. Y como somos tantos y el abrir un grifo es un acto tan común, la casa no para de gemir.

Ahora  oigo cada noche y a veces también de día  el llanto contenido de mi casa, de mi casa vieja, harta y cansada. Y yo, insensible, no me había dado cuenta. Pobre casa mía, es mucho lo que padeces y ni siquiera puedes ir a desfogarte, a volcar tu rabia y desesperación a las juntas de vecinos, dado que se celebran dentro de ti, que también son parte tuya. Es como si un loco tratara de deshacerse de su mente perturbada.

No me extraña que llores.

 

 

 

El arte es lo que te da (2)

Menos mal, ya hemos vuelto a las clases del arte con la mujer Elena, deseando estábamos de empezar. Por ver los cuadros que son una hermosura, pero sobre todo por salir del barrio y  hacer algo que no sea ir a los médicos, a los médicos los tenemos ya muy vistos y ellos a nosotros más, no es que te lo digan pero eso se nota. Yo lo noto. La Eloísa dice que ella no nota nada y que su médica de familia siente devoción por su persona.  Seguro que sí, en un altar la va a poner a la que se descuide pero con una puerta delante para cerrársela y no tenerla que oír.

La mujer Elena, la que nos explica, nos ha llevado al Museo del Prado a ver los retratos de un pintor llamado Lorenzo.  Ya se murió hace siglos pero ¡lo bien que se conserva su obra!, como si la hubiera pintado ayer mismo. Era toda de caras, a mí eso me gusta, ver las caras de los retratados, también se les puede llamar los efigiados, al parecer. Hemos ido el grupo de siempre: la Eloísa, la Menchu, la Pilar y el  Julianín.  El Julianín con tal de que su mujer no le mande a la compra se apunta a lo que haga falta. Con bastón se nos ha presentado, pasan dos meses de nada y hay que ver  lo que nos estropeamos.

“Tú te tienes que operar, Julianín”, le ha dicho la Menchu sin hacer ni caso a los efigiados, porque ella lo que quiere es organizar la vida a quién sea y el entorno lo mismo le da que le da lo mismo,”opérate y sueltas la cachaba esa, que te hace más viejo de lo que ya eres”. Pero él dice que en un quirófano no se mete, que le da aprensión de muerte y que un bastón, bien llevado, te puede dar mucha elegancia, según te lo coloques.

A él, elegancia ni mucha ni poca, las cosas como son, pero utilidad ya sí, tres veces lo he visto atizar con disimulo a los tobillos de los que se le ponían delante de los cuadros y no le dejaban ver. Es que eso, hay que reconocerlo, da mucha indignación, estás tan tranquilo mirando tus obras de arte y tratando de entenderlas y ¡ plas!, se te meten dos o tres en primera línea y te tapan la visión.”Qué poquita educación tienen algunos”, ha saltado la Menchu. Ni se han  movido, “que  la carne de burro no se transparenta”, les ha dicho luego, pero como eran turistas del extranjero no comprendían y han seguido ahí, como pasmarotes.

La mujer Elena nos ha explicado que el Lorenzo, el pintor, no tuvo mucha suerte en vida, ya que otros artistas le hacían sombra, así que en vez de pintar reyes, que era a lo que todos aspiraban, se dedicó a pintar lo que podía, burgueses unos cuantos, pero cuando no estaban disponibles, elegía seres marginales o  perdedores para que le hicieran de modelos.

¡ La de ellos que hubiera podido retratar si hubiera vivido en nuestro barrio!, se ve que por sus tierras italianas, de allí era,  también había en abundancia.  Es que de eso hay siempre, eso no cambia,  nunca te va a faltar si eres artista, se me ocurre a mí. Tampoco las caras de las gentes de entonces eran tan distintas a las de ahora,  lo digo porque muchos se daban un aire con algunos que conocemos.  La primera que me he dado cuenta de eso he sido yo, digo,”no os  perdáis lo que se parece este efigiado a mi primo el Antón, el marido de la Chari”.  Y claro, la Elo, como es una competitiva, en todos quería ella ver  parecidos. Venga a decir,  ” mira éste de la barba,  pero si es clavadito al pescadero, y esta otra, si le quitas los vestidos y las alhajas y le plantas un delantal, lo mismo lo mismo que Marisa la de las aceitunas, ¿sabes quién te digo?, la que tiene el puesto al lado de Frutas Estrella. Huy este, pero si es un calco a Mariano el de los pollos”.

¡Qué vergüenza te hace pasar! Al mercado entero se ha visto ella en el Museo del Prado. También se puede decir pinacoteca,  nos lo  ha explicado la mujer Elena aguantándose la risa con las tontería de la Elo.  Mucho no lo entiendo,  Discoteca, sí, de disco, pero lo de pina me despista un poco. A la siguiente se lo pregunto.

Aunque en su época no le hicieran caso al Lorenzo y después de muerto ya ni te cuento el poco caso que le hicieron, se olvidaron de él siglos y siglos, sabía lo que se hacía. Fue de los primeros en meterles a las caras las expresiones psicológicas, eso sí se entiende pero que muy bien nada más ver sus retratos. El uno se ve que está como preocupado, el otro a verlas venir, la otra satisfecha de su situación, el otro como con pena, así, como las caras que ves en la gente y que te dices tú, “huy cómo está este hoy… mejor ni le hablo o todo lo contrario, mira qué contentito viene,  algo bueno le ha pasado”,  pues lo mismo. Las emociones las hacía muy bien. Eso me ha gustado, a la Pilar también.

También nos ha gustado el retrato que les hace a un matrimonio, los pone muy bien plantaos, como con todas sus ilusiones y sus ajuares por delante, pero por detrás, no te lo pierdas, les coloca a un cupido con cara de mala idea y un yugo que los ata igual que a  bueyes.” No sabía nada el Lorenzo este”, salta el Julianín que se ve que se ha visto identificado. Luego echaba miradas de reojo a la mujer Elena, apoyándose en el bastón con una postura como de galán, o eso se cree él.  Julianín, pasmao, pero si no tienes nada que hacer con semejante mujerona.  Pero él, por intentarlo, que no quede.

Cuando ya estábamos llegando al final, nuestra mujer guía nos ha leído en voz alta,  para que se nos quedara bien, una frase que escribió el propio Lorenzo al final de sus días. Decía la frase, ” solo, sin fiel gobierno y muy inquieto de mente” Qué lástima que nos ha dado, un poco porque todos sabemos lo que es sentirse así, no todos los días pero algunos, la verdad es que sí.  Eso te consuela, el saber que no eres el único , pero también nos ha dejado un poco revueltos.

Y más todavía cuando se gira la Pilar y señalando a todos los efigiados que dejábamos atrás, en sus cuadros metidos ya  para siempre, va y dice, “tanto que presumían, tanto que se afanaban y fíjate la ristra años que hace que están muertos, si lo pienso me dan escalofríos”. La Pilar es que desde que perdió un hijo por las drogas se volvió muy funesta, nada más que te habla de la muerte, pero es de comprender, yo la comprendo. La Elo dice que ya se le tenía que  haber pasado porque de eso hace casi treinta años y el tiempo todo lo cura. “Todo no, Elo, no seas burra, hay heridas que no se apañan nunca”. No sabe ponerse en la piel de los otros, nada más que en la suya, es burra y competitiva.

A la salida, para que se nos quitara un poco el mal cuerpo, nos hemos metido en el bar El Brillante a comernos unos bocadillos de calamares porque el arte, además de emocionarte,  hacerte pensar y ponerte mal cuerpo,  lo que también te da es  hambre.

 

 

Niña con muñeca al final del verano

Caro sale tiritando de la piscina. Se sienta en la toalla, levanta del suelo a su muñeca y estirando un poco los brazos se la coloca enfrente, a la altura de los ojos. Así se queda, mirándola, tiritando.

Por encima de sus cabezas el viento da la vuelta a las hojas del álamo, -ahora verdes, ahora blancas-. Las hojas se hablan con inquietos susurros, se avisan de que él ya está aquí, merodeando. Pronto llegará también la lluvia. El viento, que de momento solo se está entrenando, se detiene. Tranquilidad en la copa del álamo por donde el sol filtra sus rayos.

Caro, sin saber nada de todo eso,  sigue mirando con fijeza a su muñeca, abstraída por completo del mundo exterior. “Cómo me mira”,  dice riéndose con asombro de la obsesión que la muñeca tiene con ella. “No puede dejar de mirarme”. La enrolla en la toalla protegiéndola de su propio frío y continúa su juego, buscándose y descubriéndose en esos atentos ojos de plástico.

El padre, que estaba leyendo debajo del álamo, cierra el libro, lo deja sobre el césped, saca el teléfono de una bolsa y se acerca hasta su hija. “Caro, mírame”. Se rompe el encuentro, la íntima comunicación entre las dos. La niña ladea la cabeza y sonríe, sabe posar. Gira a su muñeca para que también salga en la foto. Ambas son la misma niña coqueta y friolera.

El viento, a traición, ha arrancado tres hojas. Una cae sobre el césped por el lado verde, otra, toda de blanco, vuela a la deriva; la tercera, verde, aterriza en la cabeza de Caro. Se la quita de un manotazo , la coloca sobre la de la muñeca y agitándola grita, “y ahora verás qué pasaaaa”.