Día: 2 octubre, 2018

El organigrama

No sé qué me pasa con las pinzas de la ropa pero cada vez que tiendo, por lo menos una y a veces más de una, se me cae al patio. Es una torpeza en las manos, una ineptitud  relacionada con sostener lo pequeño, con la psicomotricidad fina que supongo que algo tendrá que ver con sujetar pinzas y que no se te caigan. Esta mañana se me ha caído una, para no variar, y como era muy temprano, todavía no había amanecido,  y el patio estaba casi en total silencio ha sonado un “clan” de lo más escandaloso. A continuación,  alguien ha abierto bruscamente la persiana y ese ruido tan fuerte me ha parecido un reproche o un gruñido o un insulto por persiana interpuesta.

Estoy muy susceptible desde que ha llegado el nuevo jefe, perdón, el nuevo CEO,  y la atmósfera se ha enrarecido tanto. Tengo mal rollo con mi compañero Juan. Es el encargado de la sección de  sucesos y todas los días, a primera hora, llama a la Policía y pronuncia la siguiente frase, “buenos días, agente, ¿cómo va el servicio, algún incidente?” Antes nos reíamos juntos de la frase, pero ahora me río yo sola y él me mira con cara de mala uva por encima de la pantalla. Está claro que  cree que quiero su puesto.

Cree bien, lo quiero. Es el único que entra pronto, -madrugar a mí no me importa-, y que sale temprano, -salir tarde sí que me importa, cada día más-.
Conciliciación, no te conozco. Te imagino como una señora gorda en bata, amable y cariñosa. María de la Conciliación, Conci, familiarmente. Otro motivo por el que quiero el puesto de  Juan , aparte del de conocer a la señora Conci, es que  nunca viaja, solo  se desplaza por la ciudad. Esos desplazamientos le vienen muy bien  para estirar las piernas y perdernos a todos de vista un rato, en especial al CEO que se pasea entre las mesas con una cara de Chief Executive Officer que no se puede aguantar.

Odio viajar pero nadie lo sabe, no lo puedo decir, está muy mal visto.  Todos hablan de sus viajes y presumen de ellos y se dan envidia unos a otros y quieren tener dinero para seguir viajando y viajando hasta caer muertos. No puedo salir del armario y proclamar: queridos compañeros, soy sedentaria. El día del orgullo sedentario me gustaría instaurar en caso  de tener poder para instaurar días. Para celebrarlo ninguno saldríamos de casa.

Yo ya quería el puesto de Juan cuando estaba Rogelio, el anterior jefe, que me diga CEO,  y lo más seguro es que él lo supiera, la diferencia es que no tenía miedo. Las posiciones diseñadas por Rogelio dentro del organigrama eran inamovibles, donde te hubiera colocado, ahí te ibas a quedar por siempre. Pero ahora, con la llegada del nuevo, todo está en el aire, todos estamos en el aire. Me lo imagino moviéndonos en su mente como si fuéramos sus fichitas , jugando, hasta que se decida y empiece a movernos de verdad y nos clave bien clavados en el famoso organigrama. Ninguno está seguro en su sitio habitual y eso enrarece el ambiente, la atmósfera laboral que por otra parte nunca ha estado demasiado limpia.
Todos sospechamos de todos, el que estaba conforme con lo que tenía, al que le gustaba su posición, tiembla, y a los que no nos gustaba y fantaseábamos con los cometidos de otros estamos inquietos.

Todo esto me causa mucha angustia así que he llamado a mi amiga Marta para desahogarme y de paso pedirle unas pastillas tranquilizantes a las que ella es adicta desde hace años. Se resiste a dármelas, dice que corro el riesgo de volverme como ella. No importa, en estos momentos quiero correrlo.  Hemos quedado a la salida del trabajo pero se ha presentado con una tal Teresa. Moyano Oller, he dicho yo para mis adentros cuando me la ha presentado.Es que una compañera de clase, la que iba detrás de mí en la lista,  se llamaba así, tantos años oyéndolo que ya no puedo disociar Teresa de  “Moyano Oller”.  Tampoco puedo disociar marejada de  “rolando a marejadilla”, tonterías mías.

Ojalá de marejada rolásemos a marejadilla en el trabajo y de ahí a mar en calma pero la que tenemos montada tiene más pinta de ir a rolar a fuerte marejada o a mar gruesa. Vete a saber. Si al menos tuviera suerte…ya me tengo más que ensayada la frase, lo bien que diría yo cada mañana, “buenos días agente, ¿cómo va el servicio?” Lo diría mejor que el soso de Juan, con más salero.
He metido las pastillas regalo de Marta en una cajita que antes tenía chocolatinas y he salido pitando porque la tal Teresa “Moyano Oller” era una pelmaza de cuidado y no hacía más que hablar de sus vacaciones y, sobre todo, de lo que había comido en ellas .Pretendía, además, que jugáramos al precio justo. Chuletón con patatas, ¿cuánto decís? Y se quedaba callada esperando la respuesta.Para que se pusiera contenta teníamos que decir mucho más de lo que había pagado. Eso la llenaba de alegría. Una de las veces he dicho menos y se ha rebotado.

Mi mente no para de darle vueltas al organigrama y como si yo tuviera alguna capacidad de manejo sobre él, no hago más que colocarme en los diferentes puestos para ver en cuál de los que están a mi alcance estaría mejor y he llegado a la conclusión de que solo me interesa uno. Los demás serían más de lo mismo o todavía peor.

Antes de irme a la cama he tenido que recoger la ropa que tendí por la mañana.  El patio olía a todo tipo de cenas entremezcladas con predominancia de carne a la brasa, ¿cuánto dices? Otra vez me ha fallado la psicomotricidad fina, vamos, que se me ha caído una pinza. Como había bastante ruido, ese jaleo del final del día, de todo lo que conlleva ir cerrándolo y  y cerrándonos a nosotros mismos, no me ha insultado ninguna persiana. Algo es algo.

Entonces he levantado la mirada y he visto unas luces que atravesaban el cielo, el hueco de cielo que puedo contemplar. Eran tres pájaros que con alas veloces y brillantes, escapaban por una esquina. Mira qué listos,  se han salido  del organigrama.

Ay, si me pudiera ir con ellos. Te dejaría en paz, Juan. La perspectiva de pasarme media vida diciendo “buenos días agente, ¿cómo va el servicio, algún incidente hoy?” tampoco es que me apasione mucho.