Día: 4 octubre, 2018

Niña con muñeca al final del verano

Caro sale tiritando de la piscina. Se sienta en la toalla, levanta del suelo a su muñeca y estirando un poco los brazos se la coloca enfrente, a la altura de los ojos. Así se queda, mirándola, tiritando.

Por encima de sus cabezas el viento da la vuelta a las hojas del álamo, -ahora verdes, ahora blancas-. Las hojas se hablan con inquietos susurros, se avisan de que él ya está aquí, merodeando. Pronto llegará también la lluvia. El viento, que de momento solo se está entrenando, se detiene. Tranquilidad en la copa del álamo por donde el sol filtra sus rayos.

Caro, sin saber nada de todo eso,  sigue mirando con fijeza a su muñeca, abstraída por completo del mundo exterior. “Cómo me mira”,  dice riéndose con asombro de la obsesión que la muñeca tiene con ella. “No puede dejar de mirarme”. La enrolla en la toalla protegiéndola de su propio frío y continúa su juego, buscándose y descubriéndose en esos atentos ojos de plástico.

El padre, que estaba leyendo debajo del álamo, cierra el libro, lo deja sobre el césped, saca el teléfono de una bolsa y se acerca hasta su hija. “Caro, mírame”. Se rompe el encuentro, la íntima comunicación entre las dos. La niña ladea la cabeza y sonríe, sabe posar. Gira a su muñeca para que también salga en la foto. Ambas son la misma niña coqueta y friolera.

El viento, a traición, ha arrancado tres hojas. Una cae sobre el césped por el lado verde, otra, toda de blanco, vuela a la deriva; la tercera, verde, aterriza en la cabeza de Caro. Se la quita de un manotazo , la coloca sobre la de la muñeca y agitándola grita, “y ahora verás qué pasaaaa”.

Anuncios