Día: 17 octubre, 2018

El llanto de mi casa

Hace como un mes, cuando ya estaba en la cama a punto de dormir, llamaron a la puerta. Me sobresalté pero tampoco demasiado, pensé que se trataba de uno de los muchos que se suelen perder en este edificio. Es fácil  si acabas de llegar, ya que hay varias escaleras, largos pasillos y en ellos, pisos patera, pisos turísticos, pisos de chinos que salen en tromba por las mañanas, fumando y con muy mala cara, cara de haber pasado la noche mal durmiendo unos encima de otros. Nunca son los mismos, pasan un tiempo corto aquí y luego se van a otros sitios. En las madrugadas de verano salen a la calle a hablar por teléfono con sus parientes. Al estar China tan lejos, tienen que gritar mucho  y no dejan dormir a nadie. No son los únicos que hacen ruido, de forma constante la gente entra y sale con maletas, a veces se detienen desorientados, no saben si subir o bajar y como no saben qué hacer, se sientan en cualquiera de las escaleras como si en ellas estuviera la respuesta y no en el viento. Allí sentados fuman o miran la puerta del portal con cara de despiste. Para abrir esa puerta hay que pulsar un botón que siempre está cascado porque un habitante del edificio se divierte rompiéndolo. En cuanto lo reponen, lo rompe otra vez.
En una de las juntas de la comunidad, un vecino propuso colocar unas cámaras para descubrir al elemento subversivo, pero otro , el típico derrotista, objetó que eso no tenía sentido porque el subversivo rompería primero la cámara y después otra vez el botón. La idea de la cámara se desechó.

Casi todas las ideas se desechan porque todo el mundo habla a la vez, con mucho odio y rabia de unos contra otros y es imposible el acuerdo. O tal vez es que utilizan las juntas de vecinos para descargar el odio y la rabia que traen de otras parcelas de su vida, o de la vida en conjunto, de lo que supone estar vivo y no saber muy bien para qué y encima, al final, tenerse que morir.

Acude gente que me parece muy misteriosa, por ejemplo,  un asiduo que presume de saber mucho de ascensores. Esa es una rama del conocimiento muy especial, muy delimitada, hay que reconocer. Qué tipo alucinante es ese que sabe tanto de ascensores. Me intriga y le preguntaría de dónde le viene esa sapiencia, pero al mismo tiempo me da miedo verme involucrada en una larga conversación sobre ascensores y sus mecanismos. Mejor no.

La noche que llamaron a la puerta me temí que fuera él y que viniera a hablarme de motores y poleas.  Por suerte no era, resultó ser la vecina de abajo, que es nueva, acaba de mudarse con su familia. Me dijo que no podía dormir a causa de unas conversaciones en voz muy alta provenientes de mi casa. Tía maniática, pensé, nada más llegar y ya se está quejando. La que te espera, me compadecí también acordándome de los chinos en las noches de verano, de los jaleos que montan los de los pisos turísticos los fines de semana y fiestas de guardar. En uno de ellos, es un primero,  saltaron por la ventana cantando “los animales de dos en dos, uap, uap”.
Son muchas las diversiones en un edificio caótico y superpoblado. Sin normas. Cualquier proyecto de norma se pisotea convenientemente en las juntas de vecinos, se pulveriza,  se aniquila y como mucho, para disimular, se coloca un cartel en un panel del portal, en el que dice, “absténgase de hacer ruido a partir de las doce de la noche”. El que se abstiene es porque tiene sueño y se queda dormido. No se está absteniendo en realidad, solo se está durmiendo.

En cuanto al botón de apertura lo han dejado sin carcasa, así no se puede romper porque no existe. Se corre cierto riesgo de electrocución al abrir la puerta pero la vida es riesgo, en general.

Al día siguiente de su visita nocturna, por la tarde, volvió a subir la vecina, muy agobiada. . Esta vez a pedir perdón por haberme molestado sin motivo, quiso invitarme a un vino, insistía mucho en lo del vino. Me pareció simpática hasta que empezó a hablarme de otros ruidos, de ruidos de agua que se oían por la noche, según ella, de cañerías. Como nunca había oído nada así, se lo dije y nos despedimos cordialmente, ella desconfiando de mí, por no percibir lo evidente, y yo de ella, por percibir demasiado. Pero esa misma noche empecé a escuchar el ruido del agua, unos quejidos internos que se producen cada vez que alguien abre un grifo. Y como somos tantos y el abrir un grifo es un acto tan común, la casa no para de gemir.

Ahora  oigo cada noche y a veces también de día  el llanto contenido de mi casa, de mi casa vieja, harta y cansada. Y yo, insensible, no me había dado cuenta. Pobre casa mía, es mucho lo que padeces y ni siquiera puedes ir a desfogarte, a volcar tu rabia y desesperación a las juntas de vecinos, dado que se celebran dentro de ti, que también son parte tuya. Es como si un loco tratara de deshacerse de su mente perturbada.

No me extraña que llores.