Día: 22 octubre, 2018

Liudmila y la flor roja

Liudmila se sentó  al lado de la ventana y desplegó sobre la mesa todas las pequeñas cosas que había decidido limpiar. Las separó  para contemplarlas mejor y, sin querer, porque estaban por ahí delante, se observó las manos. A plena luz se veían todos sus defectos con una crudeza insultante:  las venas abultadas, los tendones excesivamente marcados, los inflamados huesos de las articulaciones,  las salpicaduras de manchas oscuras.  Pero las uñas, pintadas de naranja, desafiaban al resto. Tableteó con ellas sobre el cristal de la mesa para ayudarse a decidir por qué objeto empezaba. Tenía muchos detalles, así los llamaba ella,  repartidos por toda la casa; colgando de las paredes, encima de estantes y repisas,  dentro de cajones o armarios. Algunos eran cajas, cajas que por sí mismas ya tenían su importancia, pero que, además,  contenían más detalles: una llave antigua,  un colgante en forma de corazón, un abrecartas con empuñadura de dios Azteca, un abanico de nácar con flores rojas pintadas y un colibrí en una esquina acercándose a libar. Siempre acercándose pero sin llegar jamás.

Suspiró y después tosió. No, fue al revés.  Primero tosió y luego hizo que la tos volviera a sí misma, aspirándola para reconvertirla en suspiro. Las toses iban hacia afuera,  los suspiros hacia dentro recogiendo lo que allí hubiera y que estuviera incomodando y luego también se lanzaban, pero de otro modo, con más finura. Pensaba que las toses eran físicas y los suspiros espirituales.

Le gustaban los días de limpieza de sus cosas, recorría la casa recolectando objetos como si arrancara frutos de los árboles  y después se sentaba con su botín. Tanto le gustaba ese ritual que la mayoría de las veces  limpiaba  sin necesidad.  Casi ninguno de esos objetos le había pertenecido directamente a ella ni había intervenido en su compra, los había heredado de dos de sus tías, Estefanía y Rosalía,   las viajeras.

Cuando se ponía a lustrar el abanico de nácar , con las flores del hibisco tan delicada y  perfectamente pintadas que por mucho frote que les diera nunca se decoloraban, cuando restregaba la madera de las cajas o soplaba el polvo de los espejos con marcos de filigranas  se acordaba de esas dos y de alguna manera viajaba con ellas.
Primero hacia atrás, hasta su infancia; volvían a colgarle las piernas de la silla y con los calcetines caídos, las mecía adelante y atrás mientras escuchaba las narraciones  de sus tías. Trataban de viajes por mar a  lugares selváticos llenos de fragantes flores cuyas bocas se abrían y cerraban atrapando insectos,  pequeños pájaros despistados y  niños de mediano tamaño, como ella.

En esas estancias en tierras pobladas de animales exóticos, debían enfrentarse  a peligrosos especímenes, cargados de venenos letales o de zarpas que con tan solo aproximarse, sin llegar a rozar, la piel de un niño, la desgarraban. Los  ríos eran tan impetuosos y bajaban con tanto caudal que constantemente se desbordaban, llevándose a su paso aldeas enteras y a todos sus infantes.  En aquellos parajes se  desencadenaban tormentas tan salvajes  que en tan solo un instante derrumbaban árboles milenarios, fulminándonos. De todo ello salían incólumes Estefanía y  Rosalía,  pero aún tenían que soportar una larga travesía de vuelta en barco.  Era allí, entre nausea y nausea, donde vivían apasionadas historias de amor,  todas con infeliz final, no porque aquellos hombres, tan guapos como galanes cinematográficos,  no las quisieran lo suficiente, las adoraban, sino porque morían de modo repentino y trágico. Una ola los arrancaba de sus brazos justo en el momento de mayor pasión.

Frotar el abanico de nácar era abrir las puertas de ese viaje hacia atrás, hacia las tardes doradas de los sueños, las fantasías,  las meriendas  y el miedo. Un miedo bueno, de mentira, porque ella intuía que todo lo que le contaban sus tías no había sucedido y aunque así hubiera sido el peligro no la podía alcanzar. Un miedo que poco se parecía al que a veces experimentaba ahora, tan real,  y del que por eso mismo no se podía salir. Al limpiar esos objetos ya no  estaba sola y asustada,  la amparaba a cada lado una tía narradora.

Cuánto le hubiera gustado compartir esas historias con alguien, poder traspasárselas a algún atento oído infantil. Pero, quita, ilusa,  ya no quedan oídos atentos, le dijeron sus uñas naranjas repicando de nuevo, esta vez con enfado, sobre el cristal  de la mesa. Los nietos, cuando la visitaban, que era poco,  la besaban de medio lado, se encerraban en el cuarto de atrás, se sumergían en las tripas oscuras de  sus máquinas. No querían saber nada de abanicos de nácar, de cajas misteriosas, de viajes selváticos,  de amores frustrados por violentos oleajes  ni de niños en constante peligro de muerte.

Liudmila frotó con un poco de rabia la flor roja del abanico, esa a la que se acercaba eternamente un colibrí.  Ojalá te coma y triture todos tus huesos,   le dijo al pájaro pintado,  como si ese deseo malvado la aliviara  de algo.