Liudmila y la flor roja

Liudmila se sentó  al lado de la ventana y desplegó sobre la mesa todas las pequeñas cosas que había decidido limpiar. Las separó  para contemplarlas mejor y, sin querer, porque estaban por ahí delante, se observó las manos. A plena luz se veían todos sus defectos con una crudeza insultante:  las venas abultadas, los tendones excesivamente marcados, los inflamados huesos de las articulaciones,  las salpicaduras de manchas oscuras.  Pero las uñas, pintadas de naranja, desafiaban al resto. Tableteó con ellas sobre el cristal de la mesa para ayudarse a decidir por qué objeto empezaba. Tenía muchos detalles, así los llamaba ella,  repartidos por toda la casa; colgando de las paredes, encima de estantes y repisas,  dentro de cajones o armarios. Algunos eran cajas, cajas que por sí mismas ya tenían su importancia, pero que, además,  contenían más detalles: una llave antigua,  un colgante en forma de corazón, un abrecartas con empuñadura de dios Azteca, un abanico de nácar con flores rojas pintadas y un colibrí en una esquina acercándose a libar. Siempre acercándose pero sin llegar jamás.

Suspiró y después tosió. No, fue al revés.  Primero tosió y luego hizo que la tos volviera a sí misma, aspirándola para reconvertirla en suspiro. Las toses iban hacia afuera,  los suspiros hacia dentro recogiendo lo que allí hubiera y que estuviera incomodando y luego también se lanzaban, pero de otro modo, con más finura. Pensaba que las toses eran físicas y los suspiros espirituales.

Le gustaban los días de limpieza de sus cosas, recorría la casa recolectando objetos como si arrancara frutos de los árboles  y después se sentaba con su botín. Tanto le gustaba ese ritual que la mayoría de las veces  limpiaba  sin necesidad.  Casi ninguno de esos objetos le había pertenecido directamente a ella ni había intervenido en su compra, los había heredado de dos de sus tías, Estefanía y Rosalía,   las viajeras.

Cuando se ponía a lustrar el abanico de nácar , con las flores del hibisco tan delicada y  perfectamente pintadas que por mucho frote que les diera nunca se decoloraban, cuando restregaba la madera de las cajas o soplaba el polvo de los espejos con marcos de filigranas  se acordaba de esas dos y de alguna manera viajaba con ellas.
Primero hacia atrás, hasta su infancia; volvían a colgarle las piernas de la silla y con los calcetines caídos, las mecía adelante y atrás mientras escuchaba las narraciones  de sus tías. Trataban de viajes por mar a  lugares selváticos llenos de fragantes flores cuyas bocas se abrían y cerraban atrapando insectos,  pequeños pájaros despistados y  niños de mediano tamaño, como ella.

En esas estancias en tierras pobladas de animales exóticos, debían enfrentarse  a peligrosos especímenes, cargados de venenos letales o de zarpas que con tan solo aproximarse, sin llegar a rozar, la piel de un niño, la desgarraban. Los  ríos eran tan impetuosos y bajaban con tanto caudal que constantemente se desbordaban, llevándose a su paso aldeas enteras y a todos sus infantes.  En aquellos parajes se  desencadenaban tormentas tan salvajes  que en tan solo un instante derrumbaban árboles milenarios, fulminándonos. De todo ello salían incólumes Estefanía y  Rosalía,  pero aún tenían que soportar una larga travesía de vuelta en barco.  Era allí, entre nausea y nausea, donde vivían apasionadas historias de amor,  todas con infeliz final, no porque aquellos hombres, tan guapos como galanes cinematográficos,  no las quisieran lo suficiente, las adoraban, sino porque morían de modo repentino y trágico. Una ola los arrancaba de sus brazos justo en el momento de mayor pasión.

Frotar el abanico de nácar era abrir las puertas de ese viaje hacia atrás, hacia las tardes doradas de los sueños, las fantasías,  las meriendas  y el miedo. Un miedo bueno, de mentira, porque ella intuía que todo lo que le contaban sus tías no había sucedido y aunque así hubiera sido el peligro no la podía alcanzar. Un miedo que poco se parecía al que a veces experimentaba ahora, tan real,  y del que por eso mismo no se podía salir. Al limpiar esos objetos ya no  estaba sola y asustada,  la amparaba a cada lado una tía narradora.

Cuánto le hubiera gustado compartir esas historias con alguien, poder traspasárselas a algún atento oído infantil. Pero, quita, ilusa,  ya no quedan oídos atentos, le dijeron sus uñas naranjas repicando de nuevo, esta vez con enfado, sobre el cristal  de la mesa. Los nietos, cuando la visitaban, que era poco,  la besaban de medio lado, se encerraban en el cuarto de atrás, se sumergían en las tripas oscuras de  sus máquinas. No querían saber nada de abanicos de nácar, de cajas misteriosas, de viajes selváticos,  de amores frustrados por violentos oleajes  ni de niños en constante peligro de muerte.

Liudmila frotó con un poco de rabia la flor roja del abanico, esa a la que se acercaba eternamente un colibrí.  Ojalá te coma y triture todos tus huesos,   le dijo al pájaro pintado,  como si ese deseo malvado la aliviara  de algo.

44 comentarios en “Liudmila y la flor roja

  1. Me ha quedado un sabor un poco triste a soledad. La penita es que ahora se da mucho esa circunstancia. Yo les requisaría a los nietos las máquinitas, les daría pan con chocolate y les contaría un cuento. Aunque fuera de robots.
    Besazos, Paloma guapa.

  2. Cuando nos quedan solamente los recuerdos , me estremezco pensando en ello. ¡ Un precioso texto!

    A lo mejor saca del armario a doña Esme a una gran optimista ( ¿ o escéptica? )y vividora .Un abrazo

    1. Gracias, Tatiana.
      Pero que no se entere la Esme que le has puesto el doña delante, ¡ sale del armario en pie de guerra!
      La doña Marga era otra. Centenaria, para más señas. Creo que cuando tú llegaste ya no estaba.
      Besos!!

      1. Me equivoqué, perdon, mejor… ¿ señorita? jajaja- Nooo…leí los recuerdos de doña Marga , es que ya llevo bastante tiempo por aqui ..más de tres años. Un abrazo.

  3. Qué sola está Liudmila…
    Me has recordado a una tía segunda de mi madre.Me contaba historias exóticas…
    Era soltera y cuando murió sus sobrinos se pelearon como hienas por todas sus cosas.Supongo que también por ls abanicos de nácar…
    Ella tenía fama de mal carácter,conmigo no.

    Me ha gustado el relato y los recuerdos q me ha traído.
    : )
    Besos y pétalos.

    1. ¡Qué sobrinos más odiosos!
      Te lo tenía que haber dejado todo a ti.
      A mí me encantan esas historias exóticas aunque sean mentira.
      Muchas gracias, Carmen
      Besos y una flor roja 😉

  4. Me encantó el título de la narración, me atrapó, Liudmila, nombre exótico, atrayante. A medida que narras uno va entrando en una gran soledad, tristeza, como creo que envejecen muchos seres en la actualidad. Se dedican a los recuerdos y no a seguir viviendo la Vida que les queda. Un abrazo grande y feliz semana

  5. Guardamos objetos que cargamos de historia, esto suele resistir una generación, difícilmente dos. El mundo que presentas es totalmente ajeno al de los nietos en el que imperan las máquinas.

    A veces me preguntan qué haré con mis cosas, las legaré a mi hijo y lo autorizo moralmente a venderlo todo. Esta generación no busca, como nosotros, lazos con el pasado. Su vida es mera proyección al futuro y ahí está su error, en la raíces está nuestro origen.

    Un beso.

    1. Lo cierto es que hay muchas maneras de recordar. A mí las cosas no me interesan ni les doy valor. Tampoco me importa qué será de ellas.
      Pero claro que hay que saber de dónde hemos salido y tenerlo en cuenta. No olvidarlo.

      Besos, Ilduara.

  6. Muy bonito y sentido el texto, con muchos elementos hermosos y melancólicos.
    “Suspiró y después tosió. No, fue al revés”. ¿Esto qué es, una nueva técnica narrativa? Jajaja, muy bueno. En mis largos años de peregrinaje entre letras jamás me había encontrado con algo así.
    Muy bueno también lo de las toses físicas y los suspiros espirituales. Una gran verdad.
    Bonito ese viaje al pasado y la fantasía. Me ha encantado lo de las piernas colgando de la silla, los calcetines caídos y escuchando esas historias.
    Ríos impetuosos que se desbordaban y arrasaban con todo… pues más o menos como las últimas inundaciones en Levante, Cataluña o Baleares, ¿no?
    Los tiempos ya no son los mismos… triste esa soledad y esos nietos y niños apegados a ordenadores o móviles o todo lo digital. Una pena, y es verdad que los ancianos se quedan tantas veces solos y desamparados. Pero que no la tome con el pobre pájaro.
    Besos, poetisa. Poetisa de verdad. En prosa, pero qué más da.

    1. El ” no, fue al revés” lo estaba pensando y sin darme cuenta lo escribí. Me hizo gracia y ahí se quedó, jajaja.
      No te creas que no he pensado en las inundaciones del mediterráneo y del sur de estos días cuando lo he escrito.
      Muchas gracias por tu comentario, tan atento a todos los detalles.
      Le diré a Liudmila que deje en paz al pájaro y reparta collejas entre los nietos.
      Besos!!

  7. Encender la p.c. , abrir el blog… para mí es como frotar el abanico que me abre las puertas para viajar bien acompañada por la buena literatura.Gracias, Paloma.

  8. El día va de objetos reencontrados, de historias contenidas en los detalles y en las cosas. Creo que esa actitud respetuosa está pasada de moda. Que las cosas y los detalles periclitan rápidamente y son sustituidos por otros que correrán la misma suerte. No es el caso de Liudmila, que también tuvo la suerte de tener no una tía, sino dos o más.

    1. Sí, eso parece. Hemos coincidido un poco.
      Que las cosas no perduren para mí no es importante, solo son cosas aunque les pongamos una carga emocional.
      O eso digo ahora, lo mismo llega un momento en el que los objetos empiezan a significar algo y a tener sus historias que contar.

  9. Me gustó mucho este recuerdo. Es impresionante como en un acto tan simple de organizar y limpiar cosas uno llega a sumergirse en páramos de la memoria. Es hermoso. Las personas tenemos, todas, rituales (aunque no seamos conscientes de ello) que nos conectan con algo; La vida, el camino, la contemplación, el recuerdo, la organización mental, la calma emocional, etc, pero básicamente todo ritual te lleva hacia adentro y te prepara para continuar el día.
    Tiene tantas partes especiales este escrito que podría quedarme largamente conversando sobre cada una, pero sólo diré que la protagonista, cuyo nombre me es un poco difícil de momorizar, tuvo una linda infancia o al menos unas tías con mucho para transmitir, compartir y enseñar. Es muy importante transmitir historias, saber de dónde venimos, quiénes fueron nuestros predecesores, pues desde ahí podremos entender algunas repeticiones inconscientes. Pero hay familiar en las que se habla muy poco, se sabe muy poco de los antepasados. Ahí se pierde una información muy valiosa.

    Como sea, es una linda historia, aunque ese final me dolió un poco, sin embargo, lo comprendo.
    Me alegró leerte en esta mañana.

    1. Me ha gustado mucho lo que explicas sobre los rituales y para qué los utilizamos.
      Yo también creo que la transmisión de historias y de recuerdos entre generaciones es muy valiosa. Es verdad que hay familias más contadoras que otras pero, por lo general, a casi todos nos gusta hablar de lo que hemos vivido si encontramos a alguien dispuesto a escuchar.
      Muchas gracias por tu bonito comentario, Kadannek

  10. Creo que todos recordamos a algún familiar que nos contaba historias. Supongo que las adornaban en parte pero dejan recuerdos imborrables.

    Yo tengo una caja llena de cosas que he ido guardando. Recuerdos de gente, de momentos… Habrá quien pueda sorprenderse de que conserve el tapón de una botella pero yo sé bien la historia que tiene detrás. Un besote!!!

    1. A mí me encanta que me cuenten, claro que soy peligrosa porque después lo escribo.

      Tu caja tiene que ser muy interesante, tengo que admitir que lo tiro todo pero me gusta ver lo que otros guardan y saber el porqué.

      Besos!!

  11. Me gustan mucho las flores de hibisco, y el colibrí es un ave muy especial.
    ¡Estos nietos…!
    Recuerdo perfectamente las historias que me contaban mis mayores, seguro que son el mejor tesoro que tengo. Objetos materiales, conservo pocos, pero cuando los veo, o los toco, siempre evoco algún momento vivido con mis abuelos, y parece como si me volvieran a contar otra historia.
    Bello relato, no saben estos nietos lo que se pierden.
    Abrazossssss de buenas noches

    1. Después de escribirlo me puse a buscar en internet imágenes de esa flor con un colibrí y resulta que hay muchísimas, algunas preciosas.
      Tienes razón, esas historias son un tesoro, hay que conservarlas.
      Besos, Maite

  12. Parece que algunos ya no tuvieran tiempo para escuchar esas historias ciertas o no, pero plagadas de fantasía. Tanta o más, que algunas de esas series que tango gustan a los más jóvenes. Tanto o más que muchos de esos juegos que les quitan horas. Yo pertenezco a la generación que aún sabe escuchar. . Precioso relato intimista. Un abrazo de sábado 😉

  13. Sí, es verdad, hay muchos ancianos solos.
    Me encanta el nombre de Liudmila, no lo conocía. Y todos esos detalles que siempre me hacen sonreír, el colibrí, el hibisco, es muy bonita esta flor.
    Existe un programa en Cáritas destinado a los jóvenes, para acompañar a personas mayores que se encuentran solas, y no sabes la cantidad de ellos que se apuntan. Son solidarios, llegan a establecer verdaderos lazos de cariño entre ellos.

    Un besooooo :).

    1. Creo que es un nombre de origen eslavo. La flor de hibisco es preciosa, tropical.
      Es verdad lo que cuentas, también hay gente muy solidaria. Hoy mismo he leído algo sobre ese programa o sobre otro similar.
      Otro besoooooo

  14. No es tan triste la melancolía y los recuerdos; yo soy muy de objetos y de imaginar las historias que encierran. A mí me gusta recolectar objetos 😉 Lo triste, quizá es no poder traspasarlo, pero a pesar de las maquinitas y la impaciencia, yo creo que los jóvenes llegará un día en que quizá añores no haber escuchado las historias de la abuela Liudmila.
    Y a pesar de lo que alguien ha dicho por ahí arriba, a mí me parece que nada que ver con Doña Marga; creo que las separa la forma de ver la vida. Yo a Doña Marga, a pesar de su soledad y su vejez, la percibía mucho más optimista.

  15. Cada una de tus historias abre una ventana por lo cual nos asomamos a las vidas ajenas y sorprendentemente encontramos un reflejo de las propias. Los pequeños objetos que atesoramos, creo que no tienen otro destinatario por que no le recuerdan nada. ¿Que será de todos los que guardo? Un abrazo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .