Día: 25 octubre, 2018

Dos boinas pluscuamperfectas

En el edificio que está pegado al mío vive una pareja que va siempre junta. Los conozco un poco más que de vista, de cuando nuestros respectivos hijos eran pequeños y había que acompañarlos al colegio. Ya entonces iban siempre juntos. De aquella época conozco a bastante gente, un poco más que de vista. Gente con la que he intercambiado unas cuántas palabras o incluso mantenido una conversación de tamaño mediano y  que he seguido viendo  pero con los que rara vez he vuelto a hablar.

Me resulta curioso observar cómo unos han envejecido pero otros no. El tiempo no siempre actúa con justicia,  con algunos parece que se ensaña y a otros solo los roza con la punta de los dedos o ni eso. Veo mucho a una mujer que tenía un puesto de pulseras y pendientes en una plaza cercana.  Lo sigue teniendo y  también un  perro negro de lanas.  Esa está más o menos intacta: morena, delgada y  simpática. Nos sonreímos con complicidad,  una complicidad un poco nostálgica.

También veo y  saludo con frecuencia a otra pareja, los dos son músicos y rubios,  al igual que sus dos hijos gemelos, chico y chica. A veces pasan cargados con sus instrumentos, creo que llevan un violín y un violonchelo,  o con una barra de pan,  o con el violín, el violonchelo y la barra de pan.  Estos si han envejecido, a ella se le ha puesto el culo muy gordo y a él, lo poco que le queda de melena, se le ha vuelto blanca. Los gemelos son altos y guapos, también llevan instrumentos o pan, o pan con instrumentos, pero como se parecen tanto a los padres no puedo dejar de imaginármelos dentro de unos años: culona y poco pelo blanco.

Y a todo esto, ¿dónde he dejado a la pareja que va siempre junta? Saliendo del portal al mismo tiempo que yo salgo del mío y coincidiendo en la esquina, donde se esconde el viento para soplar a sus anchas. Ambos van vestidos de forma parecida, según la ocasión. Si es fin de semana más informales, si es día laborable con ropas oficinescas pero, sea como sea, coordinados y en tonos de color que conjunten. Prefiero no  pensar que van juntos de compras y que por las mañanas  se ponen de acuerdo para vestirse parejos porque si pienso eso me altero mucho.

No solo van siempre juntos,  sino que además caminan de la mano igual que novios eternos. El viento de la esquina de la calle los despeina justo hacia el mismo lado como si fueran las dos ramas paralelas de un solo árbol. Su manera de moverse es tan acompasada, tan rítmica, tan acordes sus pasos  que, por contraste, tropiezo.

Esto me ocurre en especial si me los encuentro muy seguido: el lunes y el martes, o el miércoles por la mañana y por la tarde y además, de remate, el jueves. Hace poco ocurrió eso, ya llevaba dos días consecutivos cruzándome con ellos, así que, con uno de esos disimulos tontos que  notan hasta los perros, me cambié de acera. No tenía ganas de saludar más al ente parejil.

Incluso para decir hola están compenetrados, sonríen a la vez y levantan la cabeza al unísono. Para colmo son de los que no han envejecido. Pero qué digo envejecer, si están más jóvenes. En la temporada otoño invierno se colocan unas boinas de medio lado que les favorecen muchísimo y les dan un aire parisino de lo más chic. No los soporto, ya lo voy a decir.

Prefiero mil veces encontrarme con la pareja de músicos, con su aire de etérea desesperación, con su sutil polvillo de aburrimiento sobre los hombros.Con cualquiera de aquella época en la que llevábamos a los hijos pequeños al colegio preferiría encontrarme antes que con la pareja que va siempre junta.

Hasta con la mujer pesada y ancha. Esa es la única que todavía se para a hablar y como te atrape,  despídete de vivir. Te clava unos ojos enloquecidos que dejan cortos por su poder de hipnosis a los de la serpiente Ka del Libro de la Selva y te cuentan con detallismo puntillista enfermedades tan truculentas que casi puedes oír los estertores. Pues hasta con esa prefiero topar antes que con la pareja perfecta.

Que se cambien de casa, por Dios, a una casa llena de siameses con boinas de medio lado.  Así no me tropezaré ni tendré que cambiarme de acera para evitar ese sentimiento de vergüenza y culpabilidad que me provoca tan pluscuamperfecta unión.

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