Día: 7 noviembre, 2018

En la librería de Vi

De las dos librerías, una es grande y está en la calle principal, enfrente de la plaza de la fuente. La lleva desde hace siglos un matrimonio desganado y poco o nada aficionado a la lectura. Venden también periódicos, objetos de papelería, juguetes y golosinas. En el escaparate, que forran hasta la mitad con papel celofán de color amarillo, exponen los cuatro o cinco best sellers del momento. En otoño les tiran por encima unas cuantas hojas rojas de árbol hechas con papel y cuando se aproxima la Navidad, sustituyen las hojas por espumillón plateado y copos de falsa nieve. El resto del año no hay decoración, solo el celofán amarillo, cada vez más arrugado. Dentro, en unos estantes giratorios, cogen polvo algunos clásicos en edición de bolsillo, esos que solo compran los alumnos del colegio por obligación.

La otra librería, la que abrieron después, es la de Vi. No está muy a mano y es demasiado rara como para que suponga una amenaza para el matrimonio apático. Para llegar es necesario subir primero una de las cuestas más empinadas, torcer por un callejón, atravesar la plaza de la droga, dejarla atrás y también a sus habitantes alucinados, cruzar por delante de la casa con jardín que se transformó en bar de copas y luego en terreno abandonado lleno de gatos y maleza y, al final de la calle, en la punta más alta, ahí la tienes.

Es tan pequeña que los libros no caben, se salen de los estantes y acaban colocados formando montañas y torres por el suelo, entrecruzados unos sobre otros. Para mirarlos hay que pasear con mucho cuidado y de medio lado por la estrecha galería que ese amontonamiento forma y girar la cabeza y agacharse y retorcerse para leer los títulos. En un rincón dormita el perro de Vi con los morros aplastados contra el suelo y detrás de un mostrador diminuto está su dueña.

Vi contiene dos Vi dentro de ella, es como esos dibujos que según cómo los mires ves una imagen u otra y resulta difícil salir de lo que inicialmente hayas percibido. Hay quién la ve siempre como un hombre y quién la ve siempre como una mujer, pero también existen los que son capaces de detectar la variación, de saltar de la Vi masculina a la femenina dependiendo de la la luz que le dé, del gesto que haga o de la postura en la que coloque el cuerpo.

Lo mismo ocurre con los rasgos básicos de su personalidad, en ocasiones predomina el amable y dulce y otras el hosco y ácido . Si se da el primer caso, le hace feliz que los clientes o visitantes se queden un buen rato curioseando entre sus cordilleras de libros, se anima a charlar con ellos y les aconseja lecturas con mucho acierto. Si se da el segundo, odia a todo el que allí entra y se detiene más de la cuenta y desea que se vayan de inmediato, dejándola en paz con su perro, su música de Bach y sus tres amigos.

Esos tres entran y salen de su librería como si fueran apéndices o extensiones de la misma. Pasan gran parte del día apiñados tras el mostrador o sentados en alguno de los peldaños de la silla escalera. Leen, hablan, comparten silencios, se ríen de cosas que solo ellos entienden y se asoman a la puerta de la tienda a mirar el panorama desde las alturas de la calle.

Uno de esos amigos es Abel, un hombre muy alto que vive en la que llaman la zona rica, la que tiene casas grandes de ladrillos rojos, verjas verdes y castaños de indias a cada lado. Abel fue durante cinco años profesor de literatura pero lo dejó por incompatibilidad de caracteres. Los alumnos se reían de su tartamudez, de su gabardina, de la onda de su pelo rubio, de sus gafas, de todo él en conjunto. Suele pasear al perro de Vi cuesta arriba y cuesta abajo. Y si por casualidad, en uno de esos recorridos, se encuentra con alguno de esos antiguos alumnos con los que no consiguió confraternizar, se gira veloz a mirar los muros como si tuviera gran interés en examinar a las lagartijas que se escurren, igual que él, a toda prisa entre sus grietas.

La segunda habitual de la librería es la madre del bebé grande. Lo lleva sobre su pecho envuelto en un hatillo atado a la espalda, el bebé se revuelve mucho porque es nervioso o porque está incómodo dado su tamaño, empuja con las manos la cara de su madre o la muerde, ella se desespera porque tiene el vicio de la lectura y quiere leer y leer y leer y eso es lo que hace mientras el bebé enorme mama o duerme. Pero cuando empieza la lucha por escapar del envoltorio en el que está encerrado, la mujer ya no puede leer más. A veces Abel pasea al bebé grande al mismo tiempo que al perro. La madre le pasa el hatillo y él se lo coloca por encima de la gabardina y sube y baja la cuesta saltando sobre los adoquines del suelo, que están bastante desnivelados. Ese trote irregular le gusta al bebé gigante y suele dormirse para alivio de su adicta madre.

El tercer amigo de Vi es un hombre de barba blanca con una voz tan potente que cada vez que habla, los libros amontonados se tambalean un poco. Si se lo propusiera los derribaría a todos y dejaría la librería como el escenario posterior a un terremoto o a una guerra. Pero se ve que no se lo propone. Se conforma con emitir cada cierto tiempo, después de un prolongado silencio preparatorio, opiniones cortas, contundentes y muy dramáticas sobre los temas más dispares. Sus opiniones también son dispares, nunca opina lo mismo sobre lo mismo,le gusta variar de punto de vista, ensayar posiciones contrapuestas. Los que no lo conocen se asustan bastante y se giran a mirar con un poco de miedo al dueño de la imponente voz que hace temblar de miedo a los libros.

Que alguien se atemorice divierte mucho a Vi. En esos momentos es mujer, una mujer afilada, punzante y un poco maliciosa, una mujer a la que brilla el flequillo.