En la librería de Vi

De las dos librerías, una es grande y está en la calle principal, enfrente de la plaza de la fuente. La lleva desde hace siglos un matrimonio desganado y poco o nada aficionado a la lectura. Venden también periódicos, objetos de papelería, juguetes y golosinas. En el escaparate, que forran hasta la mitad con papel celofán de color amarillo, exponen los cuatro o cinco best sellers del momento. En otoño les tiran por encima unas cuantas hojas rojas de árbol hechas con papel y cuando se aproxima la Navidad, sustituyen las hojas por espumillón plateado y copos de falsa nieve. El resto del año no hay decoración, solo el celofán amarillo, cada vez más arrugado. Dentro, en unos estantes giratorios, cogen polvo algunos clásicos en edición de bolsillo, esos que solo compran los alumnos del colegio por obligación.

La otra librería, la que abrieron después, es la de Vi. No está muy a mano y es demasiado rara como para que suponga una amenaza para el matrimonio apático. Para llegar es necesario subir primero una de las cuestas más empinadas, torcer por un callejón, atravesar la plaza de la droga, dejarla atrás y también a sus habitantes alucinados, cruzar por delante de la casa con jardín que se transformó en bar de copas y luego en terreno abandonado lleno de gatos y maleza y, al final de la calle, en la punta más alta, ahí la tienes.

Es tan pequeña que los libros no caben, se salen de los estantes y acaban colocados formando montañas y torres por el suelo, entrecruzados unos sobre otros. Para mirarlos hay que pasear con mucho cuidado y de medio lado por la estrecha galería que ese amontonamiento forma y girar la cabeza y agacharse y retorcerse para leer los títulos. En un rincón dormita el perro de Vi con los morros aplastados contra el suelo y detrás de un mostrador diminuto está su dueña.

Vi contiene dos Vi dentro de ella, es como esos dibujos que según cómo los mires ves una imagen u otra y resulta difícil salir de lo que inicialmente hayas percibido. Hay quién la ve siempre como un hombre y quién la ve siempre como una mujer, pero también existen los que son capaces de detectar la variación, de saltar de la Vi masculina a la femenina dependiendo de la la luz que le dé, del gesto que haga o de la postura en la que coloque el cuerpo.

Lo mismo ocurre con los rasgos básicos de su personalidad, en ocasiones predomina el amable y dulce y otras el hosco y ácido . Si se da el primer caso, le hace feliz que los clientes o visitantes se queden un buen rato curioseando entre sus cordilleras de libros, se anima a charlar con ellos y les aconseja lecturas con mucho acierto. Si se da el segundo, odia a todo el que allí entra y se detiene más de la cuenta y desea que se vayan de inmediato, dejándola en paz con su perro, su música de Bach y sus tres amigos.

Esos tres entran y salen de su librería como si fueran apéndices o extensiones de la misma. Pasan gran parte del día apiñados tras el mostrador o sentados en alguno de los peldaños de la silla escalera. Leen, hablan, comparten silencios, se ríen de cosas que solo ellos entienden y se asoman a la puerta de la tienda a mirar el panorama desde las alturas de la calle.

Uno de esos amigos es Abel, un hombre muy alto que vive en la que llaman la zona rica, la que tiene casas grandes de ladrillos rojos, verjas verdes y castaños de indias a cada lado. Abel fue durante cinco años profesor de literatura pero lo dejó por incompatibilidad de caracteres. Los alumnos se reían de su tartamudez, de su gabardina, de la onda de su pelo rubio, de sus gafas, de todo él en conjunto. Suele pasear al perro de Vi cuesta arriba y cuesta abajo. Y si por casualidad, en uno de esos recorridos, se encuentra con alguno de esos antiguos alumnos con los que no consiguió confraternizar, se gira veloz a mirar los muros como si tuviera gran interés en examinar a las lagartijas que se escurren, igual que él, a toda prisa entre sus grietas.

La segunda habitual de la librería es la madre del bebé grande. Lo lleva sobre su pecho envuelto en un hatillo atado a la espalda, el bebé se revuelve mucho porque es nervioso o porque está incómodo dado su tamaño, empuja con las manos la cara de su madre o la muerde, ella se desespera porque tiene el vicio de la lectura y quiere leer y leer y leer y eso es lo que hace mientras el bebé enorme mama o duerme. Pero cuando empieza la lucha por escapar del envoltorio en el que está encerrado, la mujer ya no puede leer más. A veces Abel pasea al bebé grande al mismo tiempo que al perro. La madre le pasa el hatillo y él se lo coloca por encima de la gabardina y sube y baja la cuesta saltando sobre los adoquines del suelo, que están bastante desnivelados. Ese trote irregular le gusta al bebé gigante y suele dormirse para alivio de su adicta madre.

El tercer amigo de Vi es un hombre de barba blanca con una voz tan potente que cada vez que habla, los libros amontonados se tambalean un poco. Si se lo propusiera los derribaría a todos y dejaría la librería como el escenario posterior a un terremoto o a una guerra. Pero se ve que no se lo propone. Se conforma con emitir cada cierto tiempo, después de un prolongado silencio preparatorio, opiniones cortas, contundentes y muy dramáticas sobre los temas más dispares. Sus opiniones también son dispares, nunca opina lo mismo sobre lo mismo,le gusta variar de punto de vista, ensayar posiciones contrapuestas. Los que no lo conocen se asustan bastante y se giran a mirar con un poco de miedo al dueño de la imponente voz que hace temblar de miedo a los libros.

Que alguien se atemorice divierte mucho a Vi. En esos momentos es mujer, una mujer afilada, punzante y un poco maliciosa, una mujer a la que brilla el flequillo.

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36 comentarios en “En la librería de Vi

  1. Me encanta la librería de Vi, es la librería de alguien que ama los libros.

    A mí me gusta leer en vena, retardando o acelerando la transfusión al tiempo que paso las páginas. Yo también leía mientras que amamantaba a mi bebé. Sé del goce extremo de descubrir los libros prohibidos en la parte superior de la estantería, de conversaciones con los libreros, del mono que produce finalizar una obra.

    Me parece magnífico tu relato.

    1. Me ha gustado cómo describes esa inyección de lectura, muy visual.
      Yo he sido muy adicta pero ya no tanto, sigo leyendo pero me cuesta más encontrar algo que de verdad me enganche.

      Gracias, Ilduara :))

  2. Tú ves mundos que están ocultos para los demás.
    Ese don es un premio de la vida.
    Yo te agradezco que lo compartas.
    Ahora mismo iría a la librería de Vi y no sé… me estaría un buen rato hasta que me echara.

    Besos.

  3. Yo también iría encantadísimo a esa librería. Es verdad, es engorroso y bastante dificultoso andar ladeando la cabeza para leer títulos, sobre todo si hay libros puestos con distintas orientaciones en pilas o estanterías, pero le veo el lado gracioso, no me quejo. Es el peaje por la curiosidad literaria e intelectual.
    El comentario es obvio…¡pues qué lástima que la librería esté tan pésimamente situada! Ya solo le faltaba un campo de minas alrededor, y podemos añadir un descampado con muchas cacas de perro, hala, jajaja, así sería más inaccesible. Que ya lo es.
    Muy bien descrito todo y esos tres habituales. Qué gracia con Abel, el hombre pasea a todo quisqui… qué pena también esos exalumnos tan burlones.
    Ah, por cierto…¿Vi? Será algún diminutivo, quizá Violeta o Viviana… Ese vocablo en catalán significa vino, de ahí que me resulte gracioso.

    1. Yo creo que está mal situada a propósito. Para que no sea fácil llegar y que cuando llegues sea como una recompensa. O para estar lo más distante posible de la otra.
      No sabía que Vi significaba vino en catalán. Vi también puede ser Victoria.

  4. A mí me da que hay personajes de tu relato que a veces se demoran más de la cuenta en la plaza de la droga de camino a la librería…
    Una fauna digna de un capítulo de Félix Rodríguez de la Fuente, lástima que ya no pueda ser.
    Tu barrio es muy entretenido y tú lo haces aún más. 😉
    Un besote

  5. A mí también me gustaría ir a la librería de Vi.Y si puede ser que estuviera de buen humor…
    Me encantaría tener una pequeña librería,con discos también…aunque ya prácticamente nadie compra discos o cds.

    Besos de otra época.

    1. Sí, mejor ir cuando tenga el lado simpático pero eso nunca se sabe. Hay que arriesgar.
      Una librería es un negocio muy bonito para el que le guste leer. Rentable ya no lo tengo tan claro.
      Los discos y los cds están volviendo a comprarse, es algo minoritario pero sí que se compran otra vez.
      Muchos besos, Carmen (de ahora mismito)

  6. Un gran tesoro oculto para aquellos que lo saben olfatear y son capaces de atravesar todos los retenes que el camino lo somete. No sólo está el miedo en la voz del amigo, también se hace notar en todo lo que hay que sortear. Deja un sabor a pasado y a exotérico, un abrazo

    1. Me ha hecho gracia lo de los retenes.
      El camino es como un videojuego lleno de pruebas que superar.
      Y también tiene algo de esotérico el lugar, es cierto.
      Un abrazo, Themis.

  7. Se echan de menos esos libreros que te conocían y te recomendaban cosas. Las librerías grandes me agobian mucho. O voy buscando algo muy concreto o paso, porque me marea ver tantas estanterías repletas. Besotes!!!

  8. Esa librería es un lugar acogedor desde el que contemplar la vida y vivirla. Esa pintoresca tertulia lo demuestra.
    El ambivalente Vi parece una réplica (o un homenaje) al Orlando de Virginia Woolf. Unas veces él, otras veces ella.

  9. Los libros están muy alejados de las tendencias que muestra la sociedad actual, ya empiezan a parecer objetos de otra era, como las plumas para escribir, la tinta o los lapiceros. Creo que entraría la misma gente en la librería de Vi si estuviera en un lugar más accesible y transitado, así por lo menos se asegura la presencia de un público verdaderamente interesado porque no creo que trate de ganar dinero; una persona muy allegada a mí siempre ha querido tener una librería como la de Vi, para tocar los libros, leerlos y ayudar a los pocos clientes que puedan entrar. Una librería como esa más que un negocio es una forma de vida. Da gusto llegar contigo a estos lugares, aunque haya que subir cuestas. Saludos.

  10. Yo no creo que los libros sean objetos en vías de extinción. Siempre habrá gente a la que le guste leer y hacerlo en papel.
    Aunque puede que tengas razón y de aquí a un tiempo solo se lea en pantalla. Lo importante es poder seguir leyendo, lo malo es que ya no habrá que subir cuestas para ir a la librería y eso nos hará gordos.
    Gracias por acompañarme, Raúl
    Buen fin de semana

  11. He estado muchas veces en la librería de Vi. O tal vez no fuese la de Vi, aunque se le parecía mucho. Nunca formé parte de la “guardia de honor” de la librera, aunque, por las conversaciones y silencios que cazaba al vuelo, me sentía casi como uno más del grupo. Ellos nunca supieron.
    No me gustan las librerías con espumillón en el escaparate. Y si además ponen celofán amarillo, ni te cuento.
    Gracias, evavill. Ha sido un paseo magnífico.

  12. Lo que ocurra en cualquier librería será siempre de mi interés. Hay libros que ando buscando desde hace tiempo, sí, ya sé que está internet, pero el inmenso placer de encontrarlo en una estantería de cualquier librería es espectacular. seguro que Vi, lo tendrá.
    Te diré que cuando nacieron mis hijos, estuve años sin leer. Cuando el pequeño tenía dos o tres años, leí un libro en unas horas, estaba de vacaciones. No hacía más que intentar quitarme el libro… ahora es un gran lector.
    Besossss y feliz fin de semana largo.

    1. Pasearse entre los estantes y curiosear a ver qué encuentras también es un placer.
      Qué bien que tu hijo sea lector. Yo creo que siempre habrá lectores por mucho que las pantallas nos invadan más y más.
      Espero…
      Besos, Maite

  13. ¡¡¡Ay “chiquilla”!!!
    Me gustan tanto tus palabras que mientras las leo me huelen al mismo tiempo que me hablan… No se explicarte bien a que huelen…
    Seguro sabes a que me refiero…
    ¿Les pusiste algún aromatizante natural?
    Saludicos de colorines colorados 😉

    1. Esta puede oler a… ¿ papel y lápiz?
      Me gustaba cómo olían las cajas de lapiceros de colores. Y las gomas de nata. Daban ganas de morderlas.
      Gracias, Ruka 🙂 🙂
      Me reí mucho con el proverbio chino, jajaja

  14. Me encantan las librerias abigarradas de libros donde incluso es dificil andar. Me gustan esas libreras o libreros capaces de recomendarte libros desconocidos y de enseñarte nuevos autores. Por eso creo que me gustaría ir a la libreria de Vi y a ver si la pillo de buen humor y ma da conversación literaria. En cuanto a sus compañeros, en fin… son peculiares. Tal vez hayan salido de algún libro y de noche vuelven a meterse arropándose con sus páginas. Me ha gustado mucho este post. Así que mi enhorabuena Paloma y mi abrazo sabatino.

    1. Hola, Carlos
      Es muy bonita tu idea de que los amigos de la librera salgan de algunos de sus libros y a ellos vuelvan.
      Me imagino a Vi guardándolos con cuidado en su sitio antes de cerrar la tienda :))
      Gracias por la lectura y otro abrazo para ti.

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