Día: 19 noviembre, 2018

Burbuja de las diez y media

Con un poco de suerte Sol no está dentro, en el obrador del pan, con un poco de suerte está fuera atendiendo, sirviendo cafés y despachando barras y ensaimadas. Con un poco de suerte la que está dentro es Lucía, la delgada que hace figuras de papel y las cuelga del techo como adorno. Lucía tiene cara de niña, de niña asustada. Con un poco de suerte Sol está libre, sin Almudena, la que manda, pululando por ahí y poniendo orden, dirigiendo.
Con un poco de suerte le atiende Sol y si es así se toma dos cafés para alargar el rato, aunque luego ande toda la mañana dando saltos y con ardor de estómago. Es demasiado fuerte ese café, pero quiere oír cómo ella dice, “con esto te pones las pilas para toda la mañana” y ver cómo, al decirlo,  se le quedan los labios un poco pegados a los brackets y cómo los despega y se aleja con su coleta rubia saltando entre sus omóplatos. Y que después, cuando le vaya a cobrar, le diga “yatá” con ese acento argentino que tiene tan gracioso y musical.

Y sí, ha habido suerte, Sol está y le atiende y le gasta una broma y él se la gasta a ella y en un momento todo lo de alrededor retrocede,  se aleja y  borra.  Por encima de sus cabezas se mecen las lunas azules  y los pájaros rojos de papel confeccionados por  Lucía. Pero ellos no los ven, no pueden verlos, ni  tampoco las tuberías de diferentes grosores y colores dejadas a la vista para darle al local un aspecto moderno, industrial, de Manhattan  madrileño, ni  a todos esos impacientes que se empiezan a aglomerar en la puerta y alrededor de la barra . Un murmullo de protesta  va subiendo, sin necesidad de levadura, de esa masa aglomerada. No entienden por qué esa chica tarda tanto envolver cuatro ensaimadas y se le escurre el papel entre los dedos ni por qué se ha formado a su alrededor y alrededor de ese que la está mirando, una especie de burbuja  invisible dentro de la cual nadie ni nada más cabe.

Pero en realidad claro que lo entienden, algunos sin darse cuenta de que lo están entendiendo,  y les incomoda porque ellos no pueden aislarse así. Para ellos ese espacio íntimo está vedado, se han quedado fuera, en el día abierto y hosco con sus obligaciones repetidas, en la calle con esa gente que se desplaza sin mirar o se detiene a  fumar en las esquinas, las hojas cayendo un año más, los pitidos de los coches, las nubes que se deslizan y ese constante mirar al teléfono buscando lo que fuera no existe y en realidad tampoco dentro.

Y hasta el hombre gordo y desaliñado de la tienda de electricidad, de aspecto siempre  satisfecho, se asoma a por su barra de pan y al ver el panorama, recula como si se hubiera asustado, regresa a su tienda revuelta  de cables y siente una especie de vacío que confunde con hambre, no es muy ducho en descifrar emociones. Y para ahuyentar eso que siente y le molesta,  vuelve a entrar, da dos palmas enérgicas y grita, “vamoooos, ese pan…”  A la llamada aparece Almudena, la jefa. Enseguida se pone a meter prisa y le dice a Sol por lo bajo, “espabila que mira la que tienes montada”. Sin ruido se explota y deshace la burbuja.

Con un poco de suerte mañana a las diez y media…piensa él atravesando la fila malhumorada y saliendo a la calle con un paquete de ensaimadas que no se piensa comer. Por la puerta del fondo, asoma la nariz roja y asustada, como de tímido ratón, de Lucía, a la que tantas veces se le queman las barras por estar soñando con lunas azules, con pájaros rojos.